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15 de Oct de 2019

Nacional

En busca del arca perdida

La tragicomedia de una espera de 35 años que se aproxima a su fin. El júbilo al recibir el dinero largamente esperado. La odisea de los jubilados en su intento por cobrar los décimos caídos

En busca del arca perdida

Por fin llegó el gran día. Era hora de ir a buscar el ansiado Certificado de Pago de la Segunda Partida del décimo tercer mes (CEPADEM). Primero tenía que encontrar a la Asociación de Pensionados de la Caja de Seguro Social, en Parque Lefevre. Caminé bajo un ardiente sol, tan caliente que se podía freír un huevo sobre la capota del carro.

‘Nos volvió el alma al cuerpo cuando un par de aspirantes levantaron su papel en señal de victoria. De la emoción, algunos apuntaban el dedo índice al cielo, igual que los futbolistas cuando meten un gol'.

Entre tantas vueltas, arribé al gimnasio Gringo De La Guardia, en la avenida de la histórica Iglesia de Piedra. Pregunté a una doña alta y robusta, parecida a la tía Jemima. La dirección que me dio no pudo ser más panameña: ‘Vaya a la calle después del Colegio José Dolores Moscote, cerca del taller de Yunito y la fonda Don Chicho, aquella famosa por su himno de batalla: El hambre nunca dice adiós, sino hasta luego'.

Después pude dar con la dirección sin mayores problemas. En la entrada de la Asociación, un señor de aspecto vetusto, pero con cabello sospechosamente negro había asumido el voluntariado de hacer de protocolo. ‘Pasen, pasen, nada de nervios, que tengan suerte... nada de nervios...', repetía con un entusiasmo contagioso.

Me uní a la dispareja fila de cabecitas blancas con cuidado de no colarme. Una señora, de esas resueltas, recordaba a capela: ‘Fíjense bien al que tienen detrás y adelante, recuerden que el juega vivo no tiene edad'.

A medida que transcurría la mañana, aumentaba el número de solicitantes. El evento semejaba una convención política, solo faltaba el charlatán de turno y los repartidores de perros calientes y soda aguada. Pronto llegó el desánimo. Muchos se salían de la fila para descansar las desgastadas rodillas en unas sillas plegables, duras como sopa de corozo.

PACIENCIA DE SANTO

El tiempo pasaba como el tren bala chiricano. Es justo reconocer que los funcionarios del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) hacían bien su trabajo. Nos sentíamos como sembrados en potes de cemento. El único entretenimiento visual era una ardilla que ya había agotado su repertorio de piruetas. ‘Me siento como en la procesión del Cristo de Portobelo, solo falta Ismael Rivera', comentó ‘Negro' Galindo, un ex compañero de brigada de la campaña contra la fiebre amarilla, por allá, a finales de la década de 1960, en tiempos de golpes y contragolpes militares.

Y para colmo, nadie salía con el sacro documento en mano. Nos volvió el alma al cuerpo cuando un par de aspirantes levantaron su papel en señal de victoria. Vieron la luz que conduce al cajero. De la emoción, algunos apuntaban el dedo índice al cielo, igual que los futbolistas cuando meten un gol. Y no faltaron ganas de quitarse la camiseta, pero prevaleció el dominio propio.

La fila volvió a ponerse como un engrudo; hasta la ardilla cogió tiempo libre. La espera lo pone a uno a pensar lejos. Recordaba cuando en 1970 inicié labores en el Ministerio de Comercio e Industrias, entonces ubicado en el edificio Rafael, en Perejil. Fueron tiempos de funcionarios de oro, como Gerardo González, siempre con su oloroso tabaco y agilidad de colegial; Fernando Manfredo, Juan Saucedo Polo (abogado peso pesado), Adelaida de Bohórquez, Julio Sosa, Luis Patiño, Esperanza ‘Mami' Morales, Yolanda de Real, Veridilsa de Acevedo, el jamaiquino Charlie Barnet, uno de los fundadores del servicio ‘bien cuidao'; Gustavo Villa, el caballeroso Aristides Romero, Jaime Pino, Nicomedes ‘Cholo' Batista, con un PHD en hípica criolla, Noel Ferrán... y otros.

JUSTO A TIEMPO

De pronto, se escuchó el confuso eco de voces y fuertes pisadas. Entraba una faraónica comitiva, parecida a los séquitos de manzanillos que acompañan a los campeones mundiales de boxeo. ¿Será Durán?, preguntaban algunos. Alguien gritó que era Román Torres. El cortejo se tornó lento, pero no menos solemne.

No tardó en despejarse la incógnita. Era un grupo de jóvenes robustos y muchachas ‘buenas mozas' acompañando al héroe del día: un viejito bien togado, con su impecable camisilla blanca, pantalón negro y boina azul marino. Los funcionarios del MEF le dieron cortesía de fila. Las miradas estaban clavadas sobre la mesa de entrega. Silencio total; ni siquiera se escuchaba esa tos imprudente y picosa, muy de moda. Fue emocionante ver al patriarca cuando desarrugó su frente y dobló su cansada espalda para firmar el recibido. El gladiador de la vida se quitó la boina y levantó las cartulinas numeradas; con una euforia semejante a la del torero español Manuel Benítez, ‘El Cordobés', al momento de cortar su primer rabo y oreja. La delegación familiar se fue como un zepelín, prestos a culminar la hazaña. ‘Vamos antes que cierre el Banco Nacional', fue la línea. Un historiador dijo que el señor se llama Aníbal y trabajó en los talleres de Caminos, Aeropuertos y Muelles (CAM), dependencia que precedió al actual Ministerio de Obras Públicas.

HUMOR Y SOLIDARIDAD

La fila continuaba a media marcha. Una doña carismática, de semblante maternal, habló de la importancia de ser precavido: ‘Yo sabía que esto iba a pasar, por eso dejé los frijoles en agua'. Un coro de risitas apagadas dio ‘like' a la ocurrencia.

EL PAGO ESPERADO

La segunda entrega masiva del CEPADEM se realizará del 5 al 9 de febrero

La misma se realizará en un horario de 8:00 a.m. a 4:00 p.m., en diferentes centros educativos y en la Arena Roberto Durán.

Entre los centros asignados están: Instituto Rubiano, Colegio Estado de Israel, Richard Newman, etc.

Los jubilados que cobren sus cheques por planilla recibirán el certificado en los centros habituales de pago de la Caja de Seguro Social, del 7 a 9 de febrero, en horario de 7:00 a.m. a 1:00 p.m.

Para más información, consultar el sitio ‘cepadem.mef.gob.pa'.

Otros intercambiaban anécdotas cómicas. Negro Galindo, quien perdió la pena en la incubadora, tomó la palabra. Dijo que su esposa debía estar contenta porque ese día, un miércoles, él no estaba en casa, de necio, barriéndole los pies a la gente y ‘salándole' la lotería. Citó el caso de una vecina de Parque Lefevre que mandaba todos los días al esposo a comprar víveres y artículos a un supermercado de Hato Pintado. Cuando el marido regresaba lo devolvía a comprar fósforos; después horquillas, bay rum y hasta palillos de diente. La idea era mantenerlo fuera de casa para que la dejara hacer los oficios en paz. La táctica se acabó cuando Chente le dijo: ‘Gracias, mujer, por mantenerme en forma, de tanto caminar me siento más joven que nunca'. Dios cuida a los inocentes.

Entre risas y cuentos llegamos a la meta, a recibir a ‘darling'. Todo estaba en orden. Salí más agradecido que el cantante mexicano Pedro Vargas, cuando se despedía de los televidentes. Después vinieron los abrazos de despedida al estilo cubano, con golpetazos en la espalda.

Cuando salí a buscar el carro y ajustar cuentas con el ‘bien cuidao' noté que una dama fina me hacía señas. ‘¿Sabe usted dónde están entregando los Cepadem y hasta qué hora?'. Detrás de ella venían otros émulos de Indiana Jones, en busca del arca perdida.

Fue un buen tiempo con un grupo circunstancial, solidario y ameno, que quizá no volvamos a ver en la vida. ¿Cuánto nos durará el Cepadem? A lo mejor menos que un rosquete en la puerta de una escuela. Pero sin duda, la devolución de este dinero constituye un pétalo de alegría en el atardecer de la vida. ‘Nada de nervios...', dije a la interlocutora. Ella, con una envidiable seguridad, afirmó: ‘Soy devota de San Judas Tadeo, el de las causas difíciles'. Y con la cartera balanceándose en su brazo lleno de brillantes pulseras, se perdió entre las resquebrajadas baldosas de la calle. Iba contenta.