La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Nacional

Los mandatos testamentarios de mi vida

La lectura me ha dado instrumentos incomparables para llenar mi mente y mi espíritu de grandes bienes. Gracias a esta, completé todos mis estudios guiado por los inalterables consejos de mis padres y con la protección de mi acervo cultural

Yo soy de aquellos que no tuvieron una infancia feliz. Tenía ocho años cuando murió mi padre y como ya poseía un grado de conciencia muy desarrollado, su muerte me golpeó sin misericordia. Por ese hecho siempre he reprochado a la vida y a mi Dios esa amputación ejecutada en el mundo de mis afectos.

Era tan pequeño cuando ocurrió el deceso que los rasgos de toda su fisonomía se fueron desdibujando con el tiempo y he tenido el perpetuo afán obsesivo de encontrar su rostro, no el aplanado que guarda la fotografía, sino el global y pleno; y también sus gestos, su risa, su mirada, su habla, su vida entera, como quien busca una imagen en un torbellino de aguas enrarecidas. No he logrado encontrar y fijar en mi memoria su presencia nítida, pero he querido encontrarla de modo abstracto al acatar uno de sus consejos.

Al cursar el segundo grado, pocas semanas antes de su fallecimiento, mi padre me obsequió el Libro Segundo de Lectura y en él escribió una dedicatoria maravillosa: ‘Encontrarás en el libro y en el trabajo la salvación de la vida'. El libro, sin duda, me ha producido muchas satisfacciones, me ha dado instrumentos incomparables para llenar mi mente y mi espíritu de grandes bienes. Fundado en la lectura completé todos mis estudios y he andado por esos caminos de Dios guiado por los inalterables consejos de mis padres y con la protección de mi acervo cultural. En mi andadura terrena he encontrado más abrojos que facilidades y por andar lanza en ristre contra los malos intereses creados, todo lo que he creado ha sido luego de tenaz lucha cuesta arriba. Y precisamente, al alcanzar algún objeto honroso, allí se presenta el rostro idealizado de mi padre, confundido, gracias a las magias del alma, en uno solo con el real rostro de mi madre. Son dos faros en uno, conjugados, cual estrellas del Norte de mi vida.

Ya he de contar alguna vez sobre por qué he encontrado en el libro la salvación de mi vida, pero ahora quiero escribir sobre la formación de mi ser en la primera etapa de mi existencia, en virtud del trabajo.

A los pocos años de haber quedado huérfano, siempre atendiendo la dedicatoria del Libro Segundo, me inicié de monaguillo para escalar pronto al rango de sacristán mayor. Durante varios años ejercí esa función tan especial y por dedicarme a ella con devoción quise, al igual que mi hermano Gerardo, abrazar la carrera del sacerdocio. En ese deseo influyó sin duda el ejemplo de mi tío, el padre Alfredo Vieto Guardia, egresado del Colegio Pio Latino de Roma y quien era querido en el seno de la familia.

Un levita, Don Antonio Rabanal Castrillo, oriundo de Navarra, ejerció influencia notable en mi formación cultural y política, hasta el punto que siendo niño me estimulaba a la lectura de los clásicos y también de niño me hice republicano durante la Guerra Civil Española. Al padre Rabanal se le ocurrió colocar un gran mapa de España en la casa cural y seguimos paso a paso los avances rebeldes o leales por toda la geografía española —la que conozco por ello como la palma de mi mano— atendiendo las noticias que diariamente ofrecía La Estrella de Panamá ; igualmente el cura organizó dos bandos entre los muchachos que girábamos en torno a la Sacristía, puso el nombre a cada uno de algún general español que se distinguía en la guerra y yo resulté felizmente del bando republicano, el otro bando era franquista, y por una sola vez en la vida fui General, yo era el General Miaja, el defensor de Madrid.

El padre Rabanal estableció claras reglas de juego. Cuando caía alguna ciudad en manos del adversario, el General perdedor recibía ‘peloneras' y rechiflas de todos los que integraban el grupo contrario.

El asedio a Madrid despertó tensión y gran expectativa a todos y yo viví durante ese tiempo con verdadera angustia. El día que cayó Madrid, meses después que el Gobierno se trasladara a Valencia, la pelonera que me dieron los del otro bando fue excesiva, lo que aproveché para dar rienda suelta a mi emoción de vencido de modo que no sabía realmente si estuve a punto de llorar por los golpes recibidos, o por la tristeza que me produjo la caída de Madrid, pero debo confesar que entonces entendí lo que significaba tener dolor y rabia a la vez, sensación que concreté dando trompadas a diestra y siniestra. Si no hubiera sido por la oportuna mediación del Sacerdote, la caída de Madrid hubiese tenido sus bajas lamentables en Penonomé.

Estos antecedentes podrían servir para explicar la formación de mis principios democráticos que me han acompañado toda la vida y también para comprender el gran disgusto que me causó la medida del Gobierno del Dr. Arnulfo Arias de anudar relaciones diplomáticas con el dictador Franco en el año de 1949.

Son tan hermosos estos pasajes de mi vida que cuando los escriba en todos sus detalles mis lectores convendrán conmigo en que don Antonio Rabanal y el verdadero general Miaja eran personas dignas de admiración.

A los trece años me convertí en servidor público. Me nombraron ‘Pinche' o aguatero en la construcción de la vía principal de Penonomé. Había salido ya de la escuela primaria, pero mi madre no pudo enviarme de inmediato a la Normal de Santiago. Un año largo, de verano a invierno, estuve repartiendo agua a los trabajadores. Los días de pago brindaba algunas especialidades, ponía hielo al agua o raspadura o hacía naranjadas. Odiaba particularmente los días lunes porque era cuando más agua pedían para apaciguar las entrañas ‘engomadas'. El llamado de ‘pinche agua' retumbaba por toda la calle y ese grito me acompañaba hasta en los momentos en que quería conciliar el sueño. Algunas veces soñaba toda la noche que me encontraba repartiendo agua y despertaba con un cansancio atroz.

Mi salario de ‘pinche' era de B/.0.50 diarios, luego me aumentaron a B/. 0.75, porque tenía que pagar el Fondo Obrero.

FICHA

En homenaje al Dr. Carlos Iván Zúñiga, se decretó el 14 de noviembre de cada año como Día del Patriota

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 en Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular y fue dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994, fue rector de la Universidad de Panamá. Distinguido con la Orden Manuel Amador Guerrero, la Orden Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.

El encargado de la obra era Agustín Carrillo y recuerdo, entre otros, a Miguel Calandraca, un ángel sobre la tierra; a Guillermo Carrillo y a Francisco Ayala. Ayala manejaba mezcladora y su hijo Osvaldo prolonga en la vida con su arte el gran amor que Pancho sentía por los cantares de Paritilla, Guillermo Carrillo, a quien le decían, no sé por qué, ‘baila cumbia' era trompadachín de primera, y solo fue vencido por quien fuera luego el abuelo malogrado Romel Fernández, el fornido Félix Fernández, descendiente de español.

Mi madre se compadecía de mis quehaceres, porque debía madrugar para abrir las puertas de la iglesia, tocar las campanas desde las 5: 30 a.m, ayudar al sacerdote en el Oficio y luego partir a mis menesteres de ‘pinche'. Ella solo me decía: ‘¡Ay, hijo! No te olvides nunca que sólo donde hay sacrificio habrá beneficio!'.

Desempeñé otros trabajos durante mi adolescencia. Trabajé en todas las vacaciones de verano y en turno nocturno durante el periodo escolar. En unas vacaciones durante le Segunda Guerra Mundial trabajé de ayudante de carpintero en la base militar de Coclé. El maestro de obra, don Atanasio Rodríguez, hombre paciente, sabía disimular mi absoluta incompetencia para los trabajos manuales. Era tan testarudo que jamás pude construir una pared de madera con su debido plomo o nivel.

Durante mi época de institutor, trabajé las jornadas mixtas de la Cervecería Nacional, ubicada entonces cerca de la hoy Casa del Marisco, en el barrio de El Marañón. Era durante el año de 1943 ó 1944. En el país existía una gran bonanza económica denominada ‘la danza de los millones' y también existía el consumo descomunal de cerveza. En ese turno mixto desempeñé el cargo de estibador de cajas vacías. Como estibador logré alcanzar el salario más alto percibido hasta la fecha, era de B/. 0.30 la hora, si mal no recuerdo.

Posteriormente fui vendedor, con Ernesto Castillero Pimentel, de jabones y productos detergentes traídos por él de Argentina y España. En fin, los primeros años de mi primera edad no los viví como un desocupado.

Es hermoso llegar a esa altura que llaman ‘cierta edad' y pensar que el orgullo que se siente por todo lo vivido se debe al fervoroso acatamiento de los consejos de los padres y al apoyo amoroso recibido siempre por quienes comparten hoy la miel y sal del hogar.

‘Estos antecedentes podrían servir para explicar la formación de mis principios democráticos',

CARLOS IVÁN ZÚÑIGA GUARDIA

‘Encontrarás en el libro y en el trabajo la salvación de tu vida', expresaba mi padre ya al borde del sepulcro.

‘Sólo donde hay sacrificio habrá beneficio', recordaba con cariño mi madre.

Son los mandatos testamentarios de mi vida y hoy los recuerdo con tinta humilde para lo que pueda servir a todos los niños que inician su andar por la inmensa llanura de la existencia y de la patria.