La Estrella de Panamá
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14 de Oct de 2019

Nacional

El nuevo Viejo Veranillo

Hace 60 años un grupo de precaristas procedentes del interior invadieron tierras en el corregimiento de Curundú. De ahí surgió esta comunidad, donde hoy en día el peligro convive con la solidaridad

Entre cielo y tierra siempre habrá buenos samaritanos. El chepano Rito ‘Cachaco' Armuelles revivió un episodio de caridad humana resguardado en el morral de experiencias. Sucedió a mediados de la década de 1970 en Viejo Veranillo, asentamiento humano localizado en la vía Transístmica, frente a la Universidad de Panamá y al lado del prestigioso Instituto Tommy Guardia.

La historia de Cachaco ve la luz durante una ronda de café en la oficina del periodista Pantaleón Henríquez Bernal, jefe de prensa del Ministerio de Comercio e Industrias (entonces ubicado en el edificio Prosperidad de vía España). Rito cuenta que al acudir a la Dirección de Recursos Minerales a averiguar un asunto llegó tarde y mareado por la fatiga del largo viaje en bus y los achaques de la ‘dulzura sanguínea'.

Una especie de desmayo lo obligó a recostarse con la visión borrosa en una mugrienta acera. El atardecer lo sorprendió indefenso y, para su desventura, poco a poco se hacían visibles las siluetas del hampa nocturna, rondando como lobos hambrientos en un área ‘solo para valientes'.

De pronto, sintió dos brazos, pesados como manos de pilón, que lo levantaban como si fuera una pluma. No supo de más nada. Cuando despertó estaba hundido en un maltrecho sillón de mimbre, con la camisa desabotonada, arrimado a una mesita con un vaso de agua con pétalos de rosa menuda. ‘El agua de rosa te refrescará', le susurró al oído Conradina Córdoba, conocida como la ‘Negra Concha', una mulata darienita guapa, robusta, alta, casi interminable, de piel lisa y brillante como una berenjena. Visitaba a unos familiares de Viejo Veranillo. Era tan fuerte que podía nadar llevando un motor fuera de borda sobre la espalda y cargar un chivo en cada mano, sin ruborizarse ni inmutarse por la berreadera de los animales.

‘Mientras el enfermo coma, hay esperanza... aquí no hay tiempo para sopas de ‘baño María', te voy a dar comida de hombre', comentó la negra en un arranque de inédita delicadez. De un tajo cortó un gajo de guineo chino y, en menos de lo que sale un préstamo de jubilado, agasajó a su inesperado huésped con patacones, cojinúa frita y un vaso de saril.

La gente de la casa rodeaba al enfermo para verlo comer y disfrutar su gradual recuperación. En vez de irse al Seguro Social, se tomaron unos cañazos de ginebra Pikeman, muy de moda en esos tiempos.

La historia de Cachaco Armuelles testimonia que donde hay gente mala el balance lo hacen los buenos. Viejo Veranillo, al igual que otras zonas pobres de la metrópolis, ha sido víctima de los prejuicios, pero esto está cambiando.

LOS PRIMEROS TIEMPOS

Viejo Veranillo es una de las joyas de la corona del corregimiento de Curundú, fundado mediante Acuerdo Alcaldicio No. 235 del 17 de noviembre de 1971, según información que reposa en la hemeroteca de La Estrella de Panamá .

Cuenta con una extensión de 110 hectáreas. Es pequeño pero populoso. Limita con centros urbanos como Bethania, Ancón, Calidonia y Bella Vista.

Las tierras de los asentamientos humanos del corregimiento (Viejo Veranillo, Curundú, Cabo Verde, Brooklincito, Hollywood, La Locería, Llano Bonito y Santa Cruz) fueron parte de fincas que pertenecían a Domingo Díaz, Olmedo Fábrega y Blas Bloise. Hace aproximadamente unas seis décadas estas tierras fueron invadidas por precaristas procedentes del interior del país que levantaron su nuevo hogar con cartones, madera y zinc.

En las décadas de 1950 y 1960 se aceleró el crecimiento poblacional, sin ninguna planificación y con altos índices de pobreza, desempleo y criminalidad. Se acentuó la migración de las provincias centrales, Darién, la comarca indígena de San Blas (hoy Guna Yala) y de Colombia. Actualmente en el lugar viven más de 600 familias.

A lo largo de los años las condiciones de vida han mejorado, con el esfuerzo propio y el apoyo de grupos evangélicos, representantes de corregimiento, Asamblea Nacional, la Universidad de Panamá y el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorio (Miviot). Programas como el de ‘Convivencia Pacífica', organizado por el Órgano Judicial y la Universidad de Panamá, lograron bajar los altos índices de violencia.

Una fuente legislativa indicó que la Universidad de Panamá y el Banco Hipotecario Nacional son los propietarios de las dos parcelas de terreno de Viejo Veranillo. Según nota de la Asamblea Nacional, el titular del Miviot, Mario Etchelecu, negocia un acuerdo con la Universidad de Panamá para que ceda dichos terrenos y se pueda entregar los títulos de propiedad a los moradores.

VIDA COTIDIANA

En la entrada de Viejo Veranillo se encuentran tres emblemáticos edificios construidos por el Miviot. En la planta baja, la tienda Liu, cuyo dueño atiende presuroso a la clientela que desfila hacia la abarrotada parada de la Universidad de Panamá. A pesar de la suciedad del inmueble, se puede leer con claridad una propaganda política de 2014.

Las estrechas veredas guían al escenario de una movida vida cotidiana. Es notable el apiñamiento de casas sin patio, la mayoría limpias. En el aire fresco de la mañana se entremezclan las alegres notas musicales de los hermanos Sandoval con el popular reggae .

Los cuidadores de gallos finos ejercitan a sus ejemplares para garantizar una buena defensa de la vida y la bolsa a la hora de la pelea. A lo lejos se escucha el llamado del vendedor de pescado: ‘Traigo revoltura, la cojinúa fresca... también hay camarones, compre filete fresco...'.

De la modesta arquitectura de la barriada sobresale el hermoso templo de la Inmaculada Concepción. También hay una estación de la Policía Nacional en las cercanías del río La Noria. Un mecánico sudoroso me hace señas y grita: ‘No se acerque a la orilla, por ahí merodea la culebra equis, una bicha que no deja testigos'.

Hay casas con muchas mejoras. ‘Me ha costado muchos años arreglar la casa', subrayó Adriano, un fontanero conversador, propietario de un carro viejo cuyo interior nada tiene que envidiarle al buhonero de Pedrito Altamiranda.

LA GENTE COMO AGENTE DE CAMBIO

En Viejo Veranillo falta mucho por hacer, como en el sector deporte. Eduardo Ríos, experto en telecomunicaciones, residente del sector C, muestra el abandono en que se encuentra la cancha de fútbol. Pensé: ‘Este sí es un buen resort para las temidas equis'.

‘Estamos esperando patrocinio para formar equipos y alejar a los muchachos del vicio'. Hizo un llamado al representante de corregimiento de Curundú, Germán Sánchez, a que le meta la mano al deporte y ayude a bajar el desempleo. ‘Quiero trabajar; se han empeorado las cosas con la huelga en la construcción', agregó Ríos.

Dijo que hay mucho capital humano para el fútbol. En la barriada vive Jonathan Córdoba, uno de los estelares del Santa Gema FC, equipo de la Liga Panameña de Fútbol. Los niños de 7 a 17 años son entrenados en un club de fútbol dirigido por Yessid Mosquera, muy querido en la comunidad por su voluntariado.

La mejor muestra de las carencias deportivas de la comunidad se obtiene al observar a niños como Carlos Acevedo, Rodrigo Acevedo y Edwin Moreno, estudiantes de la escuela República de Jamaica, desgastando sus pies desnudos en un pedregoso sendero, detrás de una desinflada pelota de playa.

‘Queremos tacos, pelotas, camisetas... de todo... queremos ser como Jonathan y como Román Torres', gritaban. En medio de la algarabía apenas se oye la voz de Willy, de cinco años: ‘Queremos ir pa' Rusia...'.

Pasado el mediodía comienzan a llegar los universitarios. Ileana del Carmen Garrido, estudiante de informática de la Universidad de Panamá, reitera que Viejo Veranillo se ha superado mucho, ya no es la zona roja de antes. ‘De aquí han salido médicos, abogados, enfermeras, economistas, contables. Hay varios profesores que viven aquí'.

Reconoció la solidaridad que existe entre los vecinos; cuando uno está en problemas, los demás ayudan a levantarlo. Según ella, la ayuda de las iglesias -católica y evangélica- ha sido valiosa. Pide apoyo a las autoridades para que se lleven la cantidad de chatarra que hay en la calle principal y que impide el estacionamiento de los autos de los residentes.

El escritor colombiano Gabriel García Márquez decía que para que cambie el mundo primero tiene que cambiar el hombre. En todos los rincones de la Tierra siempre habrá hombres y mujeres convencidos de que nunca es tarde para ser mejores ciudadanos, como sucede en Viejo Veranillo.