La Estrella de Panamá
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15 de Oct de 2019

Nacional

Amenazan a integrante de la planilla del hipódromo

La madrugada del viernes tres sujetos burlaron la seguridad del Presidente Remón. Ingresaron a los establos y amarraron a uno de los mozos, que en el 2012 cobró cheques como parte de la partida 172

Amenazan a integrante de la planilla del hipódromo

-No me vayas a matar, hijo, acertó a decir, Camilo Antonio Vallejos Yau, mozo de los establos del Hipódromo Presidente Remón, antes de que los dos hombres que lo encañonaron y lo inmovilizaron con zunchos en sus manos y pies le sellaran la boca con un trapo.

Aproximadamente 20 minutos antes se había despedido de su tío, un colonense de varios sortijas y tatuajes que también trabaja y reside en el área de establos del hipódromo. Con el se había tomado un par de cervezas -que vende uno de los vecinos-después de bañar al caballo al que Camilo le pagan 25 dólares a la semana por ciudad, y que horas antes había corrido en la cartilla del jueves 19 de julio.

A eso de la una de la mañana, Camilo escuchó a alguien tocando a la puerta de metal asegurada con un candado y cubierta por una malla. Afuera, en la oscuridad del zaguán invadido por la maleza, alguien gritaba: “Patilargo”. Al reconocer el sobrenombre con el que lo llaman los preparadores, jinetes y el resto del personal que labora en los establos, Camilo salió del colchón, en la minúscula pieza que ocupa junto a uno de los establos.

Confiado, abrió la puerta metálica. Nunca pensó que afuera iba a encontrar a tres hombres; que dos de ellos, de piel morena, entrarían y le enseñarían un arma. Era cromada, caliber 9, según registra una medida de protección que el Ministerio Público diligenció el pasado viernes, en favor de Camilo.

Pero aquella madrugada, el mozo de corral no se imaginó que los sujetos a quienes había abierto le pedirían que se acostara en la cama para amarrarlo, mientras afuera un tercer individuo vigilaba los establos cercanos.

“No te vamos a matar pero, te vamos a tomar una foto para mandársela a esa persona, para que vea que te amarramos”. No fue sino hasta después de escuchar aquellas palabras que Camilo supo quién los había enviado: Bernabé Pérez, ex diputado y presidente de la Asociación de Dueños de Caballos. La misma persona que le hizo firmar contratos de asesoría con la Asamblea Legislativa durante la administración Martinelli.

Los tres individuos se retiraron, dejándolo amarrado sobre su cama. Esperó 20 minutos antes de salir. Temía que los hombres de Bernabé Pérez siguieran entre los establos. Finalmente se atrevió y salió del cuarto. Fue socorrido por unos aprendices de jinete, quienes lo desamarraron. Pasó el resto de la noche en la habitación de su tío.

Esa misma mañana fue a poner la denuncia. La fiscal Fanny Hidalgo Saavedra firmó una resolución de protección que le garantiza a Camilo recibir el “auxilio policial inmediato en caso de que así lo necesite”, al tiempo que su domicilio es puesto bajo vigilancia periódica. Es una medida para prevenir que Pérez, o alguien que trabaje para el exaspirante a Contralor de la República, trate de evitar que diga lo que sabe sobre las planillas hípicas.

Y conoce bastante. Una búsqueda en el Sistema de Seguimiento, Control, Acceso y Fiscalizacion de Documentos reveló que el 16 de febrero de 2012 la Contraloría General refrendó el contrato número 71634, por un monto de 11, 866.67 dólares en concepto de servicios profesionales otorgados a la Asamblea. El contrato fue emitido a favor de Camilo, quien asegura que en total cobró tres cheques, recibiendo un porcentaje de cada uno de ellos. El resto del dinero se lo entregaba a Alberto Bérmudez, mano derecho de Pérez, quien llevaba a Camilo y a otros cuidadores de caballos a cambiar los cheques al Banco Nacional de Brisas de Golf. “La Estrella de Panamá” intentó infructuosamente contactar a Bérmudez y Pérez.

Camilo lo hizo porque, comenta, no gana lo suficiente como mozo de establo, trabajo que complementa con el de cortar maleza. “Es otro mundo acá dentro”, expresa su tío, refiriéndose a la zona de los establos, que parece un pequeño pueblo incrustado en Juan Díaz, con caballos y carros de marca pasando por una calle fangosa que atraviesa el lugar, resguardado por la seguridad del hipódromo y por un destacamento del Servicio de Protección Institucional. Un asentamiento dedicado a la hípica, que guarda celosamente sus secretos.