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21 de Jan de 2020

Nacional

Epistocracia o el Gobierno de los que saben

¿Deberían votar solo aquellos ciudadanos que cuentan con un nutrido conocimiento del ámbito político? ¿Y qué tan factible sería esta propuesta?

Epistocracia o el Gobierno de los que saben
Epistocracia o el Gobierno de los que saben

Jason Brennan, filósofo estadounidense y profesor en la prestigiosa Universidad de Georgetown señala que existen tres especies de ciudadanos en una democracia: los hobbits, los hooligans y los ‘vulcanianos' (Brennan, 2016).

Los hobbits son mayormente apáticos e ignorantes acerca de la política, carecen de opiniones fijas y fuertes acerca de la mayoría de los problemas políticos, y frecuentemente no tienen opinión alguna acerca de dichos problemas. No solo ignoran eventos corrientes, sino las teorías científicas sociales y la información necesaria para evaluar y entender adecuadamente dichos eventos.

Los hooligans, en cambio, son los furibundos fanáticos del deporte de la política, poseen puntos de vistas fuertes y fijos y pueden presentar argumentos para sus creencias, aunque no pueden explicar puntos de vistas alternativos de una manera que personas con otros puntos de vistas encontrarían satisfactorios. Son consumidores de información política, pero de un modo sesgado; pueden confiar en las ciencias sociales, pero aceptarán solamente aquella información que confirme sus propios puntos de vista. Son personas con un exceso de confianza en sí mismos y en lo que saben. Las opiniones políticas forman parte de su identidad, y son personas orgullosas de ser miembros de los partidos a los que pertenecen. Tienden a despreciar a quienes piensan distinto a ellos, sosteniendo que quienes tienen puntos de vistas distintos son personas estúpidas, malas, egoístas o están profundamente equivocadas.

Los ‘vulcanianos', por su parte, piensan científica y racionalmente acerca de la política; sus opiniones tienen un fuerte fundamento en ciencias sociales y filosofía. Son personas autoconscientes y seguros, tanto como lo permitan las evidencias. A diferencia de los hooligans, los ‘vulcanianos' pueden explicar puntos de vistas contrarios de un modo que las personas que los adoptan encontrarían satisfactorios y no piensan que quienes sostienen puntos de vistas distintos son personas estúpidas, malas o egoístas.

Se trata de tipos ideales o arquetipos conceptuales. Algunas personas encajan mejor que otras en ellos. Aunque no se puede hablar de ‘vulcanianos' puros, pues cada uno de nosotros está expuesto a ciertos sesgos, y posiblemente nuestras posturas puedan ubicarse en un punto medio entre hobbits y hooligans, la clasificación propuesta no deja de ser interesante.

Se puede decir que tiene como marco el hecho de que -siguiendo a Schumpeter- ‘Las formas más comunes de compromiso político no solo no nos educan o nos ennoblecen, sino que también tienden a atontarnos y corrompernos'. Se trata, en el fondo, de una demoledora crítica a la idea de democracia moderna.

POR LO ANTERIOR, BRENNAN PIENSA QUE NO TODOS DEBERÍAMOS VOTAR, PUES IGUAL QUE UNA PERSONA QUE ESTÁ BEBIDA NO DEBERÍA CONDUCIR, TAMPOCO LAS PERSONAS QUE NO SEPAN LO QUE ESTÁN HACIENDO, CUANDO DE POLÍTICA SE TRATA, DEBERÍAN VOTAR.

En efecto, parte del problema que hay con la democracia -sobre todo por las formas en que se eligen las autoridades- tiene que ver con la idea o principio de una persona, un voto. Aunque se supone que con ello se realizan ideales fundamentales del Estado de derecho, como lo son la igualdad y no discriminación, sus resultados suelen ser deplorables. Esto se debe a que el votante medio, modelo y mediano está mal informado o ha ignorado la información política básica; así, termina apoyando medidas políticas y candidatos que no apoyaría si estuviera mejor informado. ¿A qué obedece esto? De acuerdo con sus palabras, ‘el ciudadano típico cae a un nivel inferior de desempeño mental tan pronto como ingresa al campo político. Argumenta y analiza de una manera que reconocería fácilmente como infantil dentro de la esfera de sus intereses reales. Se vuelve un primitivo de nuevo.' (Brennan, 2016).

Por lo anterior, Brennan piensa que no todos deberíamos votar, pues igual que cuando una persona que no está bebida no debería conducir, tampoco los que no saben lo que están haciendo, cuando de política se trata, deberían votar. ¿Quiénes deberían hacerlo? Pues aquellos con más conocimiento de la realidad política, es decir, los epistémicamente mejor ubicados en el espectro que idealmente va desde el hobbit, pasando por el hooligan hasta el ‘vulcaniano'. Pasamos así de una democracia en la que presuntamente todos deciden a una epistocracia donde los ciudadanos más competentes y con más conocimiento político tienen más poder y capacidad de decisión que los menos competentes (Brennan, Las personas que no entienden de política no deberían votar , 2018).

PESE A QUE NO TODOS DEBERÍAMOS VOTAR, LA IDEA DE RESTRINGIR EL SUFRAGIO ES PELIGROSA Y EL PROPIO BRENNAN NO LA APOYARÍA; SIN EMBARGO, EL RETO ES HACER QUE EL SUFRAGIO SEA MÁS EFICIENTE.

No es la primera vez que la democracia es sometida a cuestionamientos de este tipo. Platón, por ejemplo, en el símil o parábola del barco presenta una visión crítica de lo que supondría para el Estado el hecho de que personas incompetentes y sin conocimientos tomen control o se involucren en sus asuntos (Platón, 2003); Aristóteles la presenta entre los regímenes políticos desviados, junto a la tiranía y la oligarquía (Aristóteles, 1957); Borges se ha referido a ella como un curioso abuso de la estadística (Borges, 1989) y un fervoroso admirador de la democracia como Rousseau, sostuvo que esta forma de gobierno no es posible para los hombres (Rousseau, 1762) y -de acuerdo con el teorema de Arrow (Arrow, 1950)- tampoco lo sería para los dioses.

Pero, al margen de estas y otras objeciones a la democracia, ¿es la epistocracia una alternativa viable en algún sentido y cómo podría llevarse a cabo realmente? Pese a que no todos deberíamos votar, la idea de restringir el sufragio es peligrosa y el propio Brennan no la apoyaría, sin embargo, el reto es hacer que el sufragio sea más eficiente. Una forma sería a través de lo que llama ‘gobierno por oráculo simulado'.

Aristóteles. (1957). Política.

Arrow, K. (1950). A difficulty in the Concept of Social Welfare.

Borges, J. L. (1989). Obras completas (Vol. La moneda de hierro).

Brennan, J. (2016). Against Democracy.

Brennan, J. (2 de julio de 2018a). Las personas que no entienden de política no deberían votar.

Brennan, J. (13 de junio de 2018b). Un alegato a favor de la epistocracia.

Platón. (2003). Obras Completas (Vol. IV: República).

Rousseau, J. J. (1762). El contrato social.

Este método consiste básicamente en lo siguiente: Se permite que todos voten, hasta los menores de edad. Cuando las personas votan deben hacer tres cosas. Primero, deben decir quiénes son y anónimamente se recopila su información demográfica. Lo segundo que se hace es pedirles a los votantes que hagan un examen sobre conocimientos políticos básicos, cosas como quién es el presidente de la república, qué partidos controlan la Asamblea, a qué partido pertenece el presidente, qué cambios políticos ha habido recientemente, algunos datos sobre el país, como la tasa de desempleo, comportamiento de la economía en los últimos años, etc. Es importante destacar que la prueba no determina quién tiene derecho a votar, solo recopila información. Lo último sería preguntar qué quieren: que escojan un partido, un candidato, su decisión en un referéndum. Obtenida la información se analiza con modelos estadísticos para estimar que querría un país demográficamente idéntico si todo el mundo estuviera bien informado. Mediante este método no se da votos extra ni se los quita a nadie, pero se podría conocer la intención de voto de alguien si, por ejemplo, hubiera sacado la máxima puntuación en la prueba de conocimientos políticos. De este modo, no se le da más poder a los blancos, ni a los ricos, solo se toma el conocimiento de la gente y se hace un mejor trabajo con él (Brennan, Un alegato a favor de la epistocracia , 2018).

¿Es esto viable fácticamente? Tal vez no. Se podría pensar que un sistema así excluye a quienes se sitúan en las posiciones epistémicas más bajas, tal vez las personas en peor condición económica, con menores niveles de escolaridad y/o que implica un retroceso en términos de derechos humanos al introducir una variante de voto censitario, ya no fundado en el origen del votante, sino en el conocimiento que pueda poseer. Aunque estas objeciones son debatibles, al menos filosóficamente.