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13 de Dec de 2019

Nacional

Ciudadanía, amor y violencia de género

Según Jean-Paul Sartre en el amor es cuando la libertad de ambas personas se encuentra más en conflicto y es ahí donde su ejercicio se hace tan necesario como en los otros ámbitos

Ciudadanía, amor y violencia de géneroShutterstock

A lo largo de la historia del amor, las mujeres han sido pacientes esposas, obedientes hijas, preservadoras de la tradición y encargadas del cuidado familiar. Pero también han sido las “malas mujeres” y amantes a tiempo parcial encargadas del erotismo del hombre fuera del hogar. No eran ni autónomas, ni libres ni independientes.

Las mujeres siempre fueron definidas por los otros como esposa de, amante de, hija de, novia de. Dentro de esas posiciones había un lugar común: aguantar e incluso sufrir por amor y esperar a que la pareja cambiara, si las cosas no iban bien. La única forma para ser plenas era fundirse en los demás como cuerpos, como personas para los otros.

Violencia de género

La violencia de género dentro de la pareja es de diferentes clases: sexual, física, patrimonial y social, entre otras. El concepto de violencia de género es extenso, no sólo incluye aquella que se da dentro de la pareja, también supone aquella que está fuera de este ámbito.

Pero ¿por qué las mujeres son consideradas como seres carentes de derechos sobre las que se puede ejercer poder de forma violenta? Esencialmente es el resultado de un sistema patriarcal basado en la desigualdad entre los hombres y las mujeres, donde los primeros ejercen su poder de dominio sobre las segundas.

Amor sin libertad

La intrusión de la violencia de género en la vida en pareja tiene, entre otros, una serie de ideas heredadas sobre el amor. Además del miedo, la indefensión aprendida y otros factores, hay ideas interiorizadas que inciden en la persistencia de la violencia de género.

Una de las ideas heredadas recurrentes en lo cotidiano tiene relación con la búsqueda del amor romántico encarnado en el “príncipe azul”, que entre flores y halagos se transforma en el hombre ideal. A quien posteriormente la mujer le entrega su libertad y destino. El hombre plenipotenciario tiene siempre la última palabra.

Cuando el príncipe azul aparece en la vida de las mujeres, comúnmente llegan las felicitaciones por haber sido elegidas, por haber encontrado la pareja ideal y con ello el amor. Pero ¿qué podemos hacer con el destino, sino aceptarlo? Porque, además, a las mujeres se les ha enseñado, a través de distintas formas de socialización, a colocarle al hombre ideal el título simbólico y literal de “hombre de nuestra vida”, “nuestra media naranja”. Con ello se anula toda forma de subjetividad de la mujer y se perpetúa la violencia de género en un campo casi infranqueable: los sentimientos.

La perpetuación de la violencia de género tiene una función importante en la sociedad patriarcal, porque enseña que aguantar, ser para el otro y la vida, son lo mismo y uno solo. Al interiorizar el amor se sufre porque hay que sostener las relaciones de pareja incluso y a pesar de la violencia. El patriarcado, según Marcela Lagarde de los Ríos, demanda a una mujer sin voluntad, sin inteligencia y ciega para el amor.

El acto de sufrir por amor está en el corazón mismo de la sociedad patriarcal. Pero hasta dónde aguantar, hasta dónde darnos a los otros, hasta dónde cuidar de los otros, hasta dónde fundirse, perderse entre los otros.

Libertad en el amor

Para la mujer pensarse a sí misma la coloca en el centro de la vida misma para luego, crear vínculos con los demás. Ese ser “yo misma” tiene en su base la libertad: construir a base de práctica concreta. Es decir, el amor es también un campo para la inteligencia y la voluntad. Discernir es necesario para priorizar las necesidades como el cariño. Es por ello por lo que el acto de conocer y dibujar nítidamente la identidad de la mujer —con sus necesidades, límites, deseos—, permite la construcción de una subjetividad que la define desde la libertad.

La libertad hay que hacerla a diario en lo concreto como si fuera una prenda de lana: punto por punto, en la concreción, en la política, en la sociedad y en el ámbito personal. Ser libre para amar implica “ser yo misma” y eso pasa por autorreconocerse, tener tiempo y soledades suficientes para saber que bien-vincularnos a los demás pasa también, por poner condiciones al otro, por poner límites porque yo soy en mi libertad y tú eres en tu libertad. Según Jean-Paul Sartre, en el amor es cuando la libertad de ambas personas se encuentra más en conflicto y es ahí donde su ejercicio se hace tan necesario como en los otros ámbitos.

Ciudadanía y amor

Las mujeres han luchado y luchamos de muchas maneras por sus derechos y libertades, pero en muchas ocasiones esas reivindicaciones han tocado el ámbito de vulnerabilidad: el amor. Las reivindicaciones deben llegar también al ámbito más íntimo y personal.

La ciudadanía con sus derechos y libertades debe alcanzar también las relaciones de pareja y los ámbitos en los cuales amar, amarse y ser amado es un espacio común. Esa ciudadanía se concreta en la negociación, en el pacto con el otro, con la pareja.

Un pacto en el que las mujeres tienen, en el que se define qué queremos, qué deseamos, qué necesidades tenemos, qué limitaciones pongo. De este modo, el amor pasa de ser ciego y espontáneo a ser vidente, inteligente y con voluntad.

La mujer es así protagonista en una historia de amor. Porque es muy diferente decir “por ti yo muero” que “yo, en mi libertad, me vinculo a ti” y en pareja construimos nuestra historia de amor.

La autora es académica e investigadora española.

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