Temas Especiales

25 de Sep de 2020

Nacional

Aún es tiempo para la buena siembra

Una sociedad tan deficientemente integrada condiciona o provoca los actos criminales que tanta alarma causa a los asociados. Ante esta corriente real que transita libremente por todo el tejido social, el Estado y la familia deben adoptar medidas preventivas que tiendan a contrarrestar esa tendencia o que tengan por objetivo competir con el mejor de los afanes docentes.

Aún es tiempo para la buena siembra

El conocimiento de los buenos ejemplos contribuye a la consolidación de los valores cívicos y morales de la sociedad. Su divulgación generaría nuevos ídolos en los sueños de la juventud. Los psicólogos han explicado que a falta de esa divulgación, otras fuentes alternas sustituyen lo que es bueno, por otras conductas o por otros actores. Los últimos crímenes cometidos en Estados Unidos por adolescentes y que tanto dolor y pavor todavía despiertan, son explicados como producto de la cultura de la violencia, de la agresión y del delito, que es estimulada por los medios de comunicación que no responden a la pedagogía del buen ejemplo. Y sí, además, esa masa de adolescentes no se beneficia con el calor y la oportuna palabra de los padres, si ya ellos no constituyen los héroes a quienes anhelan imitar, entonces se embriagan de equívocas ilusiones y desean emular a los rudos de la pantalla chica.

Como corolario surgen las conductas extraviadas, los hechos punibles, las obsesiones por la vida fácil, por el enriquecimiento rápido, la entrega a los vicios de toda clase. Una sociedad tan deficientemente integrada condiciona o provoca los actos criminales que tanta alarma causa a los asociados.

Ante esta corriente real que transita libremente por todo el tejido social, el Estado y la familia deben adoptar medidas preventivas que tiendan a contrarrestar esa tendencia o que tengan por objetivo competir con el mejor de los afanes docentes.

Hace poco hablaba con el doctor Juan Roberto Morales sobre este tema y le sugerí que los clubes cívicos recomendaran la creación de una dirección nacional de los valores morales como entidad oficial del Ministerio de Educación, provista de un programa de divulgación de los buenos ejemplos, para que los jóvenes alimenten su alma observando el espejo de los hechos positivos, de los hechos trascendentales que revelan en sus autores la posesión de grandes virtudes.

Ese programa destacaría la conducta de tantos panameños y panameñas que han sido excelentes en la grandeza, en el sacrificio, en la humildad, en la propia estima, en la palabra empeñada y en el renunciamiento. Los frutos serían de tal provecho, que en el cielo inocente de los adolescentes surgirán nuevos héroes, nuevos caminos y nuevos propósitos.

Yo podría ofrecer la primera lección de las buenas conductas dignas de ser imitadas. Comenzaría recordando un gesto nobilísimo de Alfonso Preciado. Este caballero, cuenta José Isaac Fábrega, llegó un día a Colón con el objeto de comprar un bien inmueble. Lo encontró y pactó con su dueño el precio. Se dieron un apretón de manos, y Preciado le dijo al vendedor: “La casa es mía, el próximo lunes firmaremos la escritura”. Ese fin de semana un voraz incendio destruyó el bien totalmente. El lunes siguiente, el señalado para formalizar la transacción, se presentó Alfonso Preciado a la residencia del vendedor y este le dijo: “Lamento mucho no venderle la casa; el fuego de ayer la destruyó totalmente”.

Preciado dio su respuesta: “La casa que se incendió era mi casa. Yo le dije el viernes que la casa era mía en señal de cierre de trato. Esa fue mi palabra”. La venta del inmueble destruido se hizo y Preciado lo recibió en ruinas, pero sobre sus cenizas edificó un monumento al decoro humano, a la palabra empeñada, al valor de la palabra como escritura pública.

Son lecciones que deben llegar sistemáticamente al alma de los adolescentes 
para que surquen los campos del país inspirados en los buenos ejemplos, para 
que se arraiguen tan profundamente en el hondón ético de sus vidas, 
tanto, que las otras corrientes, las disolventes, las del crimen, 
no logren socavar el desarrollo pleno de su personalidad cívica.
“Aún es tiempo para la buena siembra”.

Recordemos otro caso. En la Asamblea Nacional de 1953 se discutía un proyecto relativo a unas exoneraciones de impuestos, presentado por el oficialismo. Un diputado de la oposición dio su voto para que fuera aprobado en el primer debate. El diputado oposicionista Simeón Cecilio Conte censuró la conducta de su colega: “Nunca pensé –le dijo– que usted era capaz de semejante brinco”. El diputado aludido contestó: “Lo que me extraña es que usted no lo ha dado todavía”. Conte, airado, ripostó: “No lo he hecho por mis propias convicciones y sobre todo porque tengo una memoria que venerar, la de mi padre”. He aquí una lección de respeto a las cualidades paternas, las que deben heredarse. Un acto de lealtad a quien lo instruyó para transitar por el camino correcto.

El gran error de España, decía recientemente Camilo José Cela, es que entierra muy rápido a sus muertos. A los padres, aunque mueran, hay que tenerlos siempre vivos, como protectores y vigilantes, como custodios de todas las virtudes acumuladas en la conciencia de los hijos y siempre determinantes, tales virtudes, del buen hacer.

Poseo un recuerdo adicional que enseña a ser grande y a ser humilde en el trato que se debe dispensar al prójimo aun cuando fuese su adversario. Un caso así lo protagonizaron el expresidente de la República Ramón Maximiliano Valdés y Carlos A. Mendoza. Hubo un distanciamiento de rivales irreconciliables; se rechazaban mutuamente por sus diferencias electorales y políticas. La controversia siempre estuvo al borde del trato desagradable. Pero al morir Carlos A. Mendoza, Valdés no ignoró la muerte de su antagonista y envió a la viuda un telegrama que es un canto profundo a la reconciliación y a la renuncia de toda soberbia. Valdés se sumó al dolor nacional con las siguientes palabras: “Cuando mueren los panameños ilustres, la patria tiene un solo corazón para llorarlos”. He aquí toda una lección antológica, de humildad y de altura, las dos vertientes siempre visibles en las almas superiores.

Si no abusara del espacio recordaría en detalle las lecciones de Roberto F. Chiari cuando dejó la Presidencia de la República, el poder tan codiciado, por acatar un fallo de la Corte Suprema de Justicia. Fue un homenaje al estado de derecho, el de la separación de los poderes, protagonizado por un discípulo de Montesquieu, en un país donde Montesquieu ha muerto tantas veces, siempre decapitado.

O podría rememorar el gesto de Ricardo J. Alfaro, a quien el Juzgado Tercero de Circuito le devolvió una demanda porque estaba fundada en disposiciones derogadas que no eran de su conocimiento y, al explicársele la nueva disposición, expresó con la modestia propia de los grandes eruditos: “Bendito sea Dios, entre más se vive, más se aprende”. Es la lección del perpetuo aprendizaje, del afán sostenido en la búsqueda de la verdad. Es la lección del sabio que por serlo, no vive la farsa de la petulancia.

Recuerdo también a los jóvenes aquella escena histórica registrada en el salón de audiencias del Tribunal de Penonomé. El fiscal se erigió amenazante y dijo al presidente de la audiencia, Gustavo García Amador: “Señor, en mi segundo alegato voy a atacar duramente al procesado. Como observo que su madre se encuentra en el recinto, ruégole le ordene abandonar la sala”. La madre, panameña, porque no tenía que ser espartana para consagrar el gesto, tomó la silla, corrió a sentarse al lado de su hijo y rogó: “Señor presidente, por lo mismo que el fiscal ha dicho que va a atacar a mi hijo, permítame estar más cerca de él”. Es otra lección pronunciada por una madre para que estas siempre extiendan su manto protector sobre los hijos y no los dejen nunca en el desamparo, y menos en sus horas terribles.

Estas son algunas de las enseñanzas de la historia escritas por panameños y panameñas raizales. Son lecciones que deben llegar sistemáticamente al alma de los adolescentes para que surquen los campos del país inspirados en los buenos ejemplos, para que se arraiguen tan profundamente en el hondón ético de sus vidas, tanto, que las otras corrientes, las disolventes, las del crimen, no logren socavar el desarrollo pleno de su personalidad cívica.

Aún es tiempo para la buena siembra.

(Publicado originalmente el 22 de junio de 2000).

La delincuencia y sus crueldades
Carlos Iván Zuñiga Guardia

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, ciudad de Panamá

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.