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31 de Mar de 2020

Nacional

Incertidumbre sobre ruedas en una ciudad herida

Una mirada reflexiva a lo que acontece en nuestras calles, barrios y ciudad, para recobrar la esperanza y la fortaleza de seguir adelante aun bajo la temporada de dificultades por el Covid-19 que compartimos con naciones vecinas

En mis 21 años de vida nunca había experimentado un desahogo en la rutina vial de Panamá, más allá de los tres meses de calma mientras los niños están en sus vacaciones de verano. “Cuando entren al colegio nuevamente, tendremos que salir más temprano porque, de lo contrario, nos agarra el congo”, decía mi mamá cada año al salir de casa para conducir hacia su trabajo, un rezo que podía escucharse en casi todos los hogares panameños, con o sin estudiantes.

Incertidumbre sobre ruedas en una ciudad herida

Es jueves y al roce de las 7:30 a.m. ya hay autos en la vía, pero se nota el vacío de una ciudad que ahora respira por obligación tras puertas y ventanas tapadas por la incertidumbre y el temor. Al conducir por las calles que han sido mi mapa desde niña, aun con la música que parece reventar las bocinas de mi sedán, la tensión del exterior hace que me pierda dentro de mí misma.

Ya no es mi ciudad, ya no es mi barrio, y ya no es aquella mezcla de tranquilidad y saludos cotidianos; vecinos que no salen, risas de niños que no se escuchan, manadas de perros callejeros buscando alimento, el pasar de los autos frente a hileras infinitas de casas que parecen estar abandonadas... cuando no lo están. Hoy, la ironía de desear un día tranquilo, sin el zumbido incansable de las cornetas vehiculares, se palpa en las calles que hasta hace poco estaban atiborradas y ahora son caminos desérticos, únicamente transitados por quienes vamos a cubrir nuestra cuota con la sociedad.

Luz roja en un semáforo en Calle 50, una de las venas principales en el corazón de la ciudad, los pasos peatonales despejados, un horizonte que –por primera vez en mucho tiempo– deja ver el resto de la ruta, reposando en paz, como si de una película postapocalíptica se tratara. Cuento los autos que pasan a mi lado, no más de 100, camino a sus compromisos laborales, médicos, familiares... quién sabe; y aun así, el rostro de los conductores no desmiente la paranoia colectiva, sino que la refuerza y la transmite involuntariamente.

La luz es verde y es tiempo de seguir: “adelante, la pica y la pala, al trabajo sin más dilación” –exhorto firme de nuestro himno nacional–, lo que nos lleva por un río de asfalto que fluye como nunca antes lo había visto. Esquinas de bancos vacías, restaurantes cerrados o con clientela fantasma que se asoma con timidez a través de puertas o ventanales, mirando todo el panorama desde aceras brillantes.

Tres motorizados de diferentes compañías de entrega a domicilio van delante de mí, como escoltas no planeados, tomando el viento matutino, pese a que van cubiertos de la cabeza a los pies con sus cascos, botas, ropa, guantes, tapabocas y lentes; así se defienden de la verdadera razón por la que no hay embotellamientos en la mañana, el opresor invisible y microscópico que ha logrado controlar a más de un país y ha llegado a nuestro pequeño puente del mundo.

“Ve con cuidado y no le abras la ventana a nadie”, me aconseja mi madre cuando la dejo en su trabajo, una pequeña publicitaria, a un cuarto para las 8:00 a.m. Sus palabras aparecen en mi mente al llegar a otro semáforo, esta vez en Bella Vista, y ver a un canillita caminar entre los autos con dos periódicos diferentes en sus manos cubiertas por guantes negros. Su gorra está derecha para cubrirse del sol agobiante y su boca está tapada por una mascarilla blanca. Mientras tanto, pasa junto a dos vehículos que rechazan su venta: una conductora le señala efusivamente desde el interior de su auto que no quiere comprar; otra le cierra la ventana tan pronto él se acerca.

Asombra ver el extremo de 'cautela' al que la población se inclina conforme pasan los días; la falta de calor que se siente entre vecinos y compañeros en un momento en que la calidez humana –así sea de lejos– se necesita para albergar esperanza.

El joven vendedor camina hacia mi auto sin detenerse y le dedico una sonrisa fugaz y un saludo con la mano, que responde con tranquilidad antes de caminar de vuelta a la acera. Luz verde y todos seguimos nuestro curso.

Al llegar a la calle, ahora desierta, frente a la Quality Leadership University (antigua sede de Louisville University) la comparación del 'antes y después' se hace aún más notoria por la ausencia de estudiantes y administrativos que antes se paseaban frente a la casa de estudios, riendo o desayunando alguna empanada de la pequeña refresquería de la esquina, al final de la calle.

Los locales cerrados y la falta de autos estacionados a un costado de la vía hacen del recorrido un viaje aún más solitario, un paisaje gris que presenta un cielo blanco cubierto de nubes y poco azul, e incluso los pájaros se mantienen distanciados de nosotros, como si supieran lo que tememos y no quisieran formar parte de ello.

Este no es un momento de viaje despreocupado en una carretera abierta y sin interminables colas, sino una marca dolorosa que nos recuerda la fragilidad de un pueblo sumido en un caos sin precedentes, sin hoja de ruta más allá de los lineamientos que dispone el Estado, y sin saber si el mañana será mejor o amanecerá con menos autos porque no habrá quien los conduzca.

En los últimos kilómetros de mi trayecto, con la voz de James Taylor acariciando mis oídos mientras entona 'Our Town' (Nuestro Pueblo, por su traducción al español), se asienta en mí un sentimiento de pertenencia y cariño hacia mi país resiliente, que ha visto desde saqueos, incendios, dictaduras y sujeción, hasta la libertad, la solidaridad y la prosperidad que llegan después de la tormenta. Y esta circunstancia es solo eso, una tormenta más, que no hemos podido evitar, pero a la que nos enfrentamos desde cada lugar en el que estamos.

“Es nuestro pueblo, lo amamos de todos modos, pase lo que pase... es nuestro pueblo”, canta Taylor hasta que la última melodía desaparece y debo limpiar mis lágrimas para mirar la carretera que me conduce hacia esta sala de redacción, donde escribo estas palabras esperando que hagan eco en nuestros lectores, con esperanza y sin indiferencia a lo que nos envuelve, pero con seguridad de que al acabar esta pandemia estaremos unidos, porque sin importar lo que suceda, este es y siempre será nuestro pueblo.