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02 de Jun de 2020

Nacional

La leyenda de los 'indios blancos de Darién'

El libro escrito por el controvertido Richard Marsh y publicado en 1934 narra las aventuras de este estadounidense ligado a la Revolución Dule en las selvas de Darién

En el verano de 1924, R.O. Marsh se embarcaba desde Nueva York con rumbo a Panamá. Su vasto equipaje incluía varias decenas de baúles, entre los que destacaba una enorme pieza, difícil de mover. Al ponerla en la báscula, el agente del barco le informó que pesaba 370 libras y que debía pagar una cuota extra por ella.

La leyenda de los 'indios blancos de Darién'

Marsh no regateó ni protestó. Aquel baúl cargado de machetes, hachas, cuchillos de caza, armas, perlas y abalorios, espejos, telas de colores llamativos y especialmente doradas, sería la clave para el éxito de la misión que estaba a punto de emprender.

Con él pretendía abrirse paso en las selvas darienitas y concretar su último objetivo: encontrar la mítica raza de “indios blancos”.

Hasta ese momento, los llamados “indios blancos” eran considerados leyendas promovidas por gentes supersticiosas e ignorantes. Toda persona que sostenía haberlos visto era convertido rápidamente en hazmerreír.

Pero Marsh sabía que eran más que un mito. Él los había visto.

La historia del paso de Richard Oglesby Marsh por los territorios darienitas y de San Blas está documentada en el libro White Indians of Darien, publicado en 1934 por GP Putnam Sons.

El libro cuenta cómo Marsh y su grupo de exploradores logran ganar la confianza de los indígenas, hasta terminar involucrándose con el Nele Kantule y el cacique Colman en la revolución de 1925 y ser finalmente expulsado del país por el gobierno de Rodolfo Chiari.

Quién era Richard Marsh

La figura de Marsh ha sido expuesta en los libros de historia panameños como la de un excéntrico, loco y soñador, mitómano, pero su libro Los indios blancos de Darién (se puede descargar gratuitamente en www.archive.org) revela otra cosa.

Se trataba de un hombre educado y de buenas maneras, sensible y refinado, con importantes contactos en el mundo de los negocios y la política.

Era un explorador profesional que había estado en los lugares más recónditos del mundo –el norte de China y Mongolia, las montañas de Filipinas, los Andes– buscando oportunidades de negocio para varios intereses comerciales.

En Panamá había estado a cargo de la embajada americana y durante este periodo logró desarrollar una relación personal con el presidente Belisario Porras.

“Mientras estuve a cargo de la legación americana en Panamá, yo fui directamente responsable de establecer las condiciones que hicieron posible su elección durante dos periodos presidenciales. Por eso, siempre me mostró un honesto y sincero agradecimiento. Solo lamento que no se hubiera mantenido en este puesto por el resto de su vida”.

De su sucesor, Rodolfo Chiari, decía lo siguiente: “Mi amigo el presidente Porras había sido sucedido por Rodolfo Chiari, tío del doctor Raúl Brin, quien había iniciado la expedición conmigo y fallecido a su regreso a Panamá. Chiari era conocido como “el candidato de las deudas”. Le debía a los bancos locales y a los intereses financieros tanto dinero que la única esperanza de estos de recuperar las deudas era elegirlo presidente”.

Según se desprende de la lectura de White Indians, Marsh era un hombre dotado especialmente para lidiar con la complejidad humana, lo que le había permitido abrirse paso en los ambientes más competitivos del mundo, ya fueran los altos círculos políticos y económicos de Washington y Nueva York, o las selvas más impenetrables. Tenía una intuición extraordinaria que le hacía deducir el momento preciso para recurrir a los halagos, celebrar y ceder; pero también el de presionar o hasta de insultar y amenazar.

Marsh también se revela como un romántico, apasionado, que veneraba a los indios, especialmente a los cunas (“atractivamente libres y orgullosos, muy superiores a los chocoes”, decía), pero quien no desaprovecha la ocasión para criticar a los negros darienitas a quienes consideraba “semiesclavos”, degenerados y salvajes.

Descubrimiento de los indios blancos

El interés de Marsh por los indios blancos de Darién se había originado en el año 1923, durante una expedición pagada por las compañías Firestone y Ford con el fin de buscar oportunidades para hacer plantaciones de caucho, un producto necesario para expandir la industria automotriz y que estaba siendo acaparado por Inglaterra y Brasil.

El momento que cambiaría su vida ocurrió cuando se encontraba cerca de Yavisa, al ver pasar a unas muchachas indígenas de piel blanca.

“Rápida y graciosamente ellas cruzaron el espacio abierto y desaparecieron en la selva. Eran indias blancas, algo que ningún explorador respetable se atreve a creer”.

Marsh siguió a las muchachas y tuvo la oportunidad de conversar con ellas. A partir de ese momento, el caucho perdió todo interés y su obsesión fue mostrar al mundo académico estadounidense su hallazgo.

Estaba convencido de que las chicas no eran albinas.

“Sus largos cabellos caían sueltos sobre los hombros y eran de color dorado brillante”. Más parecían, decía, “saludables noruegas, que monstruosidades biológicas”.

Motivado por esta experiencia, Marsh volvió a Estados Unidos y encontró financiamiento para su expedición. Un amigo personal “proveyó amplios fondos para la nueva aventura”.

También logró la colaboración de la Universidad de Rochester, The American Museum of Natural History of New York, and The Smithsonian Institution de Washington, D. C . Estas instituciones proporcionaron a varios especialistas para la expedición, entre ellos un antropólogo y etnólogo, un ictiólogo, un geólogo, un botánico y un fotógrafo.

“Su amigo”, el presidente Porras, le dio los permisos necesarios y recibió apoyo de las autoridades del Departamento de Guerra en la Zona del Canal, quienes le proveyeron de tiendas de campaña, una cocina militar transportable, un radio, y otras cosas útiles.

El libro de Marsh

Aunque con pasajes de poco interés, la lectura del libro White Indians resulta fascinante. Describe a Darién como un territorio desconocido, misterioso, cuyos mapas eran del todo inútiles por incorrectos y falsos.

Era un sitio en el que convivían, entre la mayor desconfianza, indios y negros, y uno que otro personaje que huía de la civilización: renegados, criminales... espías alemanes que mantenían una base militar en medio de la selva.

Las poblaciones indígenas estaban aquejadas de enfermedades como la tuberculosis y la malaria, y carecían de medicamentos, pero rechazaban la ayuda del Gobierno panameño. No querían vacunas, no querían maestros ni escuelas, no requerían religión católica.

Paradójicamente, su disposición hacia los estadounidenses era mucho más positiva. Admiraban la hazaña de la construcción del Canal y sí estaban dispuestos a dejarse aconsejar o educar por esta cultura.

Las relaciones con los panameños estaban irremediablemente rotas por razones históricas. Los indios se esmeraban en pasar de generación en generación las experiencias de sus antepasados con los conquistadores españoles, cuya arrogancia y belicosidad los obligó a dejar los terrenos más ventajosos y encontrar refugio en sitios impenetrables.

Más recientemente, durante el gobierno de Porras se habían dado otro roces. El nombramiento del malévolo intendente de San Blas de apellido Mojica había sido funesta. Marsh se ensaña contra él, describiéndolo como “típico de la clase media panameña”: negroide, ignorante, malvado.

También había otros asuntos. La concesión de permisos de exploración en su territorio, y con ellos, la llegada de “negros que abusaban de sus mujeres”.

En ese ambiente, el plan de Marsh resultaba maquiavélico: “Mi plan de acción estaba enteramente basado en ganar la amistad de los indios con bondad, generosidad, trato justo y absoluta justicia”.

Su experiencia le había enseñado que los indios ponían especial importancia a la pureza genética y detestaban el abuso de sus mujeres, por lo que les aseguró que “cada hombre de su grupo, blanco o negro, entendía que no se podía maltratar a ninguna mujer o niño; y que cualquiera de ellos que lo hiciera, recibiría de inmediato un disparo en el punto”.

El Valle del Chucunaque

Marsh describe el Valle del Chucunaque como “uno de los más hermosos sitios del mundo, especialmente para mí, uno de los pocos hombres blancos que lo han visto”.

Menciona los “árboles costeros cargados de aves cantoras y tropas de diferentes especies de monos que los acosaban desde los bancos del río”.

“Era mi valle. Ya me sentía posesivo hacia él y hacia su gente, cuya existencia había deducido a la distancia”.

Marsh estaba convencido de que Darién había sido el asiento de una antigua civilización bastante desarrollada, destruida tiempo antes de la llegada de los españoles y cuyos remanentes se mantenían preservados entre las tribus Tules.

El fonógrafo

“Después de mis experiencias en Darién, nunca me atrevería a incursionar en un territorio indio sin un fonógrafo. Vez tras vez, nos encontrábamos con indios poco amistosos e incluso amenazantes. Nosotros hacíamos el gesto de ignorarlos completamente y hacer sonar nuestros discos. La atención de los indios inmediatamente pasaba a la caja de música. Su hostilidad cesaba y era reemplazada por la curiosidad. Gradualmente, se iban acercando al instrumento discutiendo entre ellos y finalmente terminaban rodeándolo, tocándolo y sintiéndolo”.

Para Marsh era de interés observar que tanto los chocoe como los tules preferían las grandes óperas y las marchas de John Philip Sousa, mientras que el jazz parecía más bien confundirlos.

“La vitriola, los fuegos artificiales, los motores fuera de borda y la dinamita son instrumentos esenciales sin los cuales nunca se habría podido entrar a Darién”, dice en un momento.

Continúa la próxima semana