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03 de Jul de 2020

Nacional

Los indios blancos: Margarita, Olo y Chepu, tres niños gunas en Nueva York

Eran 'especímenes científicos' ofrecidos a los científicos, que debatían, confundidos, el color de su piel - Tercera parte del resumen del libro 'White Indians of Darién', de Richard Marsh (GP Putnam Brothers en 1934, versión pdf en www.archive.org).

En junio de 1924, concluida su expedición de seis meses en las selvas darienitas, el aventurero estadounidense Richard Marsh se despedía temporalmente de sus amigos gunas para tomar una goleta rumbo a Colón.

Los indios blancos: Margarita, Olo y Chepu, tres niños gunas en Nueva York

Atrás quedaban largas caminatas por la selva; extenuantes jornadas de navegación por el río Chucunaque, miles de dólares repartidos en forma de obsequios y atenciones para los jefes indígenas... el recuerdo de compañeros fallecidos a causa de la malaria y otras enfermedades tropicales. (Ver “La leyenda de los indios blancos de Darién”, La Estrella de Panamá, 22 de mayo de 2020 y “Encuentro con los gunas, una cultura en peligro”, La Estrella de Panamá, 29 de mayo de 2020).

Para Marsh, los inconvenientes y sufrimientos se coronaban con una victoria. Regresaba a la civilización acompañado por un grupo de ocho indígenas, tres de ellos jóvenes tules menores de edad, de piel blanca y cabellos amarillos.

Ellos eran su pasaporte a la fama, la prueba que necesitaba; con ellos demostraría al mundo la veracidad de su reclamo sobre la existencia de los llamados “indios blancos” de Darién, considerados hasta ese momento en los círculos académicos y científicos como una leyenda.

En la ciudad de Panamá y la Zona del Canal, muchos de los que antes se habían burlado de Marsh, calificándolo de mitómano y embustero, lo recibían con los brazos abiertos.

El gobernador de la Zona del Canal, Jay Johnson Morrow, ofrecería en su honor una recepción en el Edificio de la Administración del Canal. El presidente Belisario Porras lo recibiría en el Palacio de las Garzas.

Los tres niños blancos

Margarita tenía 16 años y le decían Mimi; medía 5 pies y 2 pulgadas y pesaba 132 libras. Olo-ni-pi-guina, tenía 14 años y más o menos su misma estatura. El más pequeño, Chepu, solo tenía 10 años. Los tres fueron acicalados para el viaje.

A Margarita, un peluquero colonense le hizo un “bob”, corte de pelo de moda; le enseñaron cómo empolvarse la nariz y otros secretos de las mujeres urbanas; le obsequiaron un baúl cargado de ropas lindas, vestidos de organza y encaje, sombreros, medias, zapatos.

Olo-ni-pi-guina y Chepu recibirían el equivalente: pantalones, camisas, medias, ropas iguales a las que vestiría un joven estadounidense de clase media alta. Cuando se vieron en el espejo, vestidos con estas ropas, no pudieron evitar soltar una carcajada.

Probablemente ansiosos, pero protegidos por los cinco indígenas de mayor edad y por Marsh, abordaron en Colón el buque Calamapes con destino a Nueva York.

Al entrar en Manhattan, las autoridades migratorias objetaron su ingreso al territorio estadounidense. Eran “especímenes científicos”, decían los oficiales, pero la ley no permitía “importar” a seres humanos.

Marsh tendría que hacer un depósito de 5 mil dólares por cada uno de los indígenas, con la promesa de que saldrían del país en tres meses.

Titulares

Hospedados en el Waldorf Astoria y objeto de agasajos, banquetes y recepciones, los “indios blancos” llenarían durante esta primera etapa de su viaje los titulares de los diarios.

Eran como “peces de colores expuestos en una pecera, un germen bajo un microscopio, diseccionados por barbudos científicos y miembros de organizaciones del gobierno”, decía un artículo publicado en un diario de la ciudad con fecha 21 de julio.

Los tres muchachos “parecían ajenos a lo que pasaba a su alrededor”. Los edificios, monumentos, las multitudes, no llamaban su atención. “No hablaban entre ellos, no hablaban con sus anfitriones, solo seguían instrucciones”.

Solo en una ocasión Margarita pareció conmoverse con el tumulto surgido a su alrededor.

“Vestida con su traje de organza blanca con cintas azules, medias de seda negra, zapatos negros, y sombrero Panamá, se asustó cuando el flash de una cámara se encendió muy cerca de ella. Por un momento, las lágrimas rodaron por sus mejillas, pero de inmediato recuperó la compostura, sacó el espejo del bolsillo, y se empolvó la nariz como si hubiera vivido en Nueva York toda su vida”, decía el mismo artículo.

La “batalla de los científicos”

En Estados Unidos, los “indios blancos” panameños eran objeto de discusiones y debates. ¿Qué misterio de la naturaleza había provocado el nacimiento de niños blancos entre gentes de piel color marrón? ¿Eran producto de un gen recesivo, resultado de la mezcla interracial de sus ancestros con gentes de raza blanca? ¿Era el resultado de una mutación genética, el mismo fenómeno que había tenido lugar en el norte de Europa en la era paleolítica?

Los indios blancos: Margarita, Olo y Chepu, tres niños gunas en Nueva York

Agotada la agenda neoyorkina, Marsh y su grupo se trasladaron a la casa de campo de su propiedad para iniciar una jornada de estudio con reputados científicos.

El etnólogo del Instituto Smithsonian, John Peabody Harrington, y el Dr. William Gates, de Tulane University, una reconocida autoridad en cultura maya, se alojarían en la misma casa para tomar notas para las investigaciones.

Ocasionalmente, recibían visitas de representantes de instituciones como el American Museum of Natural History, de la Universidad de Columbia, Harvard, el Instituto Johns Hopkins, el Carnegie Institution, el New Jersey State College, the National Geographic Society y la Asociación para el Avance de la Ciencia.

Eran científicos de primera línea, pero las limitaciones de la época los hacía sostener posiciones que hoy parecen descabelladas.

Algunos apoyaban las teorías de Marsh, quien se adscribía a la idea de que, con su cabello amarillo, ojos color marrón y excelente salud, tanto mental como física, “sus indios blancos” constituían el nacimiento de una nueva raza, producto de una mutación.

Era el mismo fenómeno ocurrido entre los grupos del norte de Europa durante la Era Paleolítica.

Los estudios linguísticos iban en la misma dirección: “Los antropólogos pueden decirte lo que quieran, Marsh, pero ciertamente el lenguaje guna proviene de los antiguos noruegos”, supuestamente le habría dicho el etnólogo del Smithsonian Institute, John Harrington, a Marsh.

De acuerdo con el testimonio ofrecido en el libro White Indians of Darién, Harrington había logrado identificar en la lengua guna más de 60 palabras provenientes del lenguaje noruego.

Washington

Acabada la estadía en Canadá, Marsh rentó una vivienda en la elegante zona de Chevy Chase, en las afueras de la ciudad de Washington.

Cuando el explorador sufrió una recaída de la malaria contraída en Panamá, Mimi, Olo y Chepu iniciaron la parte más agradable de su viaje. Más acostumbrados a la vida en Estados Unidos, se dedicaron a “atender almuerzos, tés y funciones sociales” con todo éxito.

“Con su innata cultura y dignidad, y rápida percepción, se habían adaptado a las maneras civilizadas y mostraban un sentido de propiedad y confianza que sorprendió y tal vez desilusionó” a sus anfitriones, señala Marsh en su libro.

Para diciembre ya el anfitrión se había recuperado y un comité de científicos había emitido su reporte de conclusiones. No se pronunciaban con respecto al color de la piel, pero sostenían que “los indios blancos representaban un importante tema de estudio”.

El comité recomendaba “nombrar un grupo de científicos para que viajara a Darién e hiciera un estudio detallado del caso en el ambiente natural de los indígenas”.

Con esta declaración, Marsh dio inicio al último punto de la agenda cuidadosamente preparada y la razón de su estadía en la capital estadounidense.

Apoyo para la revolución Tule

Era el momento de denunciar el peligro que corrían los indígenas gunas de San Blas y pedir a las autoridades científicas y al Gobierno estadounidense su apoyo.

Con el respaldo de numerosas asociaciones interesadas en el destino de los tules, Marsh solicitaba que el gobierno de Calvin Coolidge promoviera la creación de una comarca para los gunas, que asegurara la preservación de sus costumbres y cultura, y les permitiera permanecer libres de la interferencia de los intentos de “civilizarlos” del Gobierno panameño.

En el Club Cosmos, de Washington, Marsh se reunió por última vez con los científicos y funcionarios del Gobierno para “planear formas de proteger a la gente tule”.

“Fue un encuentro cargado de intensidad. Estaban los representantes del Departamento de Estado, de Guerra, de Comercio, de Agricultura, del Interior, representantes de centros científicos de Nueva York y Washington” ... “Les dije que mi intención no era hablar sobre cómo salvar a los tule, sino salvarlos...”.

La conclusión de los presentes fue que “Los tules debían pelear por sus derechos. En ninguna parte del mundo se hacía justicia a la gente que no peleaba por sus derechos”.

“Si los tules se rebelan, en virtud del tratado Hay Bunau Varilla, el Gobierno de Estados Unidos estará obligado a intervenir y esta intervención deberá estar a favor de los indios y no contra ellos”, señalarían.

Así hacía Marsh un balance de su viaje: “Había alertado a hombres influyentes del Gobierno estadounidense sobre la necesidad de los indígenas y había levantado la simpatía hacia ellos. Después de aquella reunión (en el Club Cosmos), supe que mi propósito en Washington se había cumplido”.