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28 de Sep de 2020

Nacional

El histórico viaje del vapor Ancón, el día 15 de agosto de 1914, para inaugurar el Canal

(Crónica publicada por 'La Estrella de Panamá' hace 106 años, el 16 de agosto de 1914)

Con el exitoso cruce del Canal ayer, por el vapor Ancón de la Panamá Railroad en nueve horas y media aproximadamente, la gran zanja cavada por el hombre fue oficialmente abierta al mundo, y la más grande obra de ingeniería jamás realizada fue puesta a disposición de todos los barcos que deseen usarla.

El histórico viaje del vapor Ancón, el día 15 de agosto de 1914, para inaugurar el Canal

La labor de muchos años, el sueño de centenares de personas y el sitio del fracaso de nuestros intentos de cortar la espina dorsal del hemisferio occidental, está ahora para todas las apariencias terminada.

Lo que pareció un proyecto imposible hace pocos años, ha sido realizado ahora, y lo que ha sido por largo tiempo deseado, es decir, un camino más corto hacia el oriente, es actualmente un hecho.

Por primera vez ha pasado un barco del océano Atlántico al Pacífico en unas pocas horas, siguiendo un curso que meses atrás fue una línea de selva tropical. Los fantásticos sueños de muchos con sus erradas ideas y sugerencias para obtener ventajas de la estrechez del istmo para el rápido transporte de mercaderías de la costa oriental a la occidental del continente, han dejado de ser escuchadas o consideradas. El Canal, con esclusas suficientemente profundas para poner a flote los barcos más grandes, está aquí, listo para el negocio, con su ahorro de miles de millas en distancia y centenares de horas en tiempo.

Aunque algunos trasatlánticos han precedido al Ancón por el Canal, hasta pasando todas las esclusas, no pasaron aguas profundas; este honor, el de seguir de un océano a otro, fue reservado para el Ancón por orden del secretario de Guerra.

Cerca de 300 personas estaban a bordo del barco cuando hizo su viaje oficial de inauguración. Todas ellas fueron invitadas por el secretario de Guerra, e incluían al secretario de Guerra y a los dignatarios de las naciones representadas en Panamá. Se había pensado que el secretario Garrison estuviera a mano para cruzar el Canal en persona, pero a último momento se dio cuenta de que le era imposible abandonar Washington.

Justamente a las 7:08 a.m. con un estridente anuncio de su silbato, el Ancón despegó del muelle, dispuesto a efectuar su histórico viaje. Su capitán, G. E. Sukeforth permaneció en el puente y los capitanes Osborne y Constantino estaban en la cabina de los pilotos. Así que soltó sus amarras, saliendo para la bahía; la vista era inspiradora y bella. Oficiales del ejército y de la marina, con sus esposas, vestidos de blanco, y los marineros en sus elegantes uniformes, alineados todos a las barandas saludaban a sus amigos en tierra quienes, a su vez, jubilosamente deseaban éxitos a la vez que sacudían frenéticamente sus pañuelos. Pitazos tras silbatos se escucharon de todos los trasatlánticos amarrados a los muelles y estos tomaban vida con los saludos y movimientos de sus tripulantes.

Sin ninguna demora el Ancón entró en el surco del Canal y avanzó majestuosamente hacia Gatún, el primer punto en donde sería levantado al nivel del lago Gatún, 85 pies sobre el nivel del mar.

Fastuosamente engalanado con banderas y banderolas colocadas en toda soga y lugar disponible, el gran barco parecía participar en las festividades a bordo.

Todos estaban ocupados. Algunos saludaban a sus amigos, otros estaban diciendo a sus compañeros de los distintos puntos de interés a lo largo de la línea de la costa, mientras otros se unían a los grupos de aquellos que nunca habían estado en viaje similar. Los fotógrafos se movían continuamente buscando los puntos más ventajosos desde los cuales podrían tomar sus vistas y la tripulación estaba haciendo todo lo posible por mantener al barco limpio para que armonizara con el panorama.

Al pasar por el punto de unión del viejo canal francés con el actual, viró el barco y todos se dirigieron a ese lado del barco para contemplar los restos de una esperanza abandonada, una verdadera “causa perdida”. Aquí y allá se veían restos de maquinarias y acero, mudos testimonios de un proyecto indirectamente iniciado e incorrectamente llevado a cabo.

Casi antes de que alguien se diera cuenta se contempló el acceso a las esclusas de Gatún, y al acercarse a ellas se detuvo el Ancón.

La hora de llegada a la primera esclusa fue 8:00 a.m. Tres mulas eléctricas para conducir al barco en posición en la esclusa estaban listas a cada lado de la dársena y fueron enganchadas inmediatamente. Las compuertas traseras fueron cerradas y el agua dejada dentro. El barco iba a ser levantado 26 pies en la primera esclusa y esto se hizo en 7 minutos. Al término de estos, las compuertas anteriores fueron abiertas y el agua penetró en la segunda esclusa. Aquí se hizo un levantamiento de 33 pies en 6 minutos y luego se hizo la entrada a la última esclusa. El resto del levantamiento de 27 pies se hizo en 9 minutos y la última compuerta que separa al barco de tierra firma, lago artificial, fue abierta y el Ancón flotó en agua fresca, a 85 pies sobre el nivel del mar. El tiempo transcurrido desde el arribo del vapor al acceso a la esclusa hasta su entrada al lago Gatún fue de una hora y diez minutos, y el paso a través de las esclusas fue hecho en 53 minutos. Ningún obstáculo se presentó para dañar el cruce a través de las esclusas, y cuando el barco entró al lago Gatún movido por sus propias máquinas, recibió un caluroso aplauso de parte de los centenares de personas que se habían reunido para contemplar el acontecimiento.

El gobernador Goethals no comentó el viaje en el Ancón y prefirió adelantársele para poder contemplar el trabajo de las esclusas. Su presencia en la estructura fue la señal para una ola de saludos de mano y congratulaciones. Tanto de los pasajeros como de los espectadores. Aquí también los fotógrafos de la prensa y del cine estuvieron muy ocupados, oyéndose a cada segundo el ruido seco de los obturadores. El desaguadero y la represa de Gatún causaron muchos comentarios y explicaciones, y los pasajeros estaban moviéndose con celeridad a fin de no perder detalle de los sucesos.

“Máquinas, a todo andar adelante” fue la orden recibida en el cuarto de máquinas del Ancón, mientras cruzaba el lago, y durante este tiempo se sirvió el almuerzo a los invitados en el comedor del barco. Como muchos de los hombres a bordo habían sido obligados a abandonar sus hogares sin desayunar, debido a la hora temprana de la iniciación del viaje, es innecesario decir que la invitación al comedor fue altamente recibida.

Debido a la gran extensión de las aguas del lago, los árboles caídos y enredaderas que tanto se observan desde la costa no podían verse plenamente para desencanto de los fotógrafos. A cada lado, en la lejanía, oscuramente aparecía una delgada línea gris sobre la superficie del agua.

Las 24 millas de largo del lago Gatún fueron recorridas en dos horas y diez minutos, y cuando se realizó la entrada al corte Culebra, todos se interesaron por escudriñar bien ese punto, el de mayor gasto y el esfuerzo supremo. Los altos bancos a cada lado fascinaban intensamente, y cuando alguien dirigía su mirada a la cima de los altos cerros, la insignificancia del hombre no parecía estar, después de todo, tan marcada.

Cuando el Ancón se acercaba al deslizamiento de Cucaracha, salió a su encuentro al remolcador Gatún para estar a mano en caso de cualquier emergencia. Todo el trabajo fue suspendido allí, así que el Ancón se acercaba, todas las dragas y lanchas fueron estacionadas en las orillas. Sin embargo, no reinó la quietud porque tal recibimiento fue acordado al barco como no se había visto antes. Las desnudas orillas de los cerros recogieron y devolvieron, no una sino muchas veces la voz aguda de los silbatos y pareció que todo se había vuelto un manicomio. Aquí, también, no ocurrió ninguna dificultad y el temido derrumbe, tan temido una vez, era tan insignificante como la orilla más plana. El derrumbe fue pasado a las 12:25 p.m. y exactamente 35 minutos después el Ancón entró a la esclusa de la mano izquierda de Pedro Miguel.

Solo se necesitaron 12 minutos para bajar los 33 pies en esta esclusa, y todo el recorrido a través de las aguas del lago Gatún hasta las del lago de Miraflores tomó 30 minutos exactos.

El lago de Miraflores fue cruzado en 20 minutos y el descenso de 30 pies en la primera esclusa fue realizado en 12 minutos. En la próxima y última esclusa bajaron al barco en una distancia de 22 pies en 20 minutos y fue entonces cuando se presentó una de las vistas más interesantes de todo el viaje. Al pasar de la última esclusa de Miraflores al propio Canal, los remolinos del agua cuando comenzaron a mezclarse el agua salada con la dulce fueron tan peligrosos para el barco como fascinantes para el espectador. No estando seguros de la acción del agua sobre un barco atravesando el Canal, todo el mundo permaneció alerta esperando que pasara la perturbación; tampoco hubo cambio alguno en la programación de ayer. El Ancón fue demorado media hora, mientras el agua se revolvía turbulentamente a su alrededor causando mayor interés en los pasajeros y a las personas aglomeradas en la orilla.

Pasando los accesos a las esclusas de Miraflores a las 3:30 p.m. Balboa, terminal del Pacífico, apareció a la vista a las 3:50 y a las 4:00 de la tarde estaba directamente en oposición. Aquí la mayor colección de vivas que se habían visto durante todo el viaje estaba a mano y todos ellos se unieron con sus silbatos en un estruendoso saludo al primer barco en pasar del Atlántico al Pacífico en nueve horas.

Contestando saludo por saludo, el Ancón pasó elegantemente por la ciudad, más agitada y floreciente a lo largo de la costa occidental de Centro o Sur América dirigiéndose mar adentro y aguas profundas. Ya cerca de la isla Perico el barco dio vuelta y luego con gracioso avance, regresó.

Al llegar a Balboa por segunda vez, las anclas fueron echadas y el viaje llegó a su fin. El Canal quedó abierto y desde entonces todos los barcos de cualquier tamaño, forma o nacionalidad, pueden aprovechar el maravilloso trabajo realizado por América y americanos, y utilizar el cruce que hace 100 años no fue ni siquiera soñado.

Desde hoy, la República de Panamá comenzará a gozar de mayor prosperidad, la costa occidental de América del Sur empezará a sentir a un país comercial que ha realizado la obra maravillosa de romper la espina dorsal de un continente, a fin de sentirse más seguro y por donde sus barcos de guerra pueden pasar de una costa a la otra salvando distancia y tiempo.