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25 de Jan de 2021

Nacional

La dura vida durante la era colonial, según Mariano Arosemena

En el libro 'Apuntamientos históricos', Mariano Arosemena describe las terribles condiciones en que vivían las colonias americanas que motivaron el deseo de independencia de España

Todo tiempo pasado no fue mejor. Quienes sufran ocasionalmente de añoranza por los tiempos que pasaron, podrían leer la obra Apuntamientos históricos, de Mariano Arosemena, para comprender que la incultura, corrupción y desacuerdos entre bandos políticos opuestos son constantes humanas que requieren de un combate perpetuo desde los sectores más iluminados.

La dura vida durante la era colonial, según Mariano Arosemena

Mariano Arosemena, miembro de una de las familias más distinguidas que ha tenido este istmo –su padre fue el coronel de milicias Pablo Arosemena, caballero de la Orden de Carlos III; su hijo fue Justo Arosemena, considerado el mayor genio que haya producido este país–, fue un lector voraz, de inteligencia aguda, con una pluma viperina que en más de una ocasión lo pondría en conflicto con las autoridades.

Comerciante, político y escritor, fue también fundador del primer periódico del país, La Miscelánea del Istmo, con el que intentaba despertar en la masa popular el espíritu de emancipación.

En su libro Apuntamientos históricos, Arosemena narra algunos de los principales acontecimientos ocurridos entre los años 1801 y 1840, especialmente aquellos que condujeron a la independencia de las colonias de España.

En el camino va tejiendo el cuadro horrífico de una potencia española en pleno proceso de implosión (enfrentada militarmente a Inglaterra y Francia), y de una colonia arruinada en lo moral y lo económico, ajena a los avances de la industrialización y a las grandes ideas que en Europa y América del Norte movían a las gentes a gestionar su propio destino a través de la educación, la ciencia, y gobiernos más representativos. En el prólogo de su edición, colección de Biblioteca de la Nacionalidad, Ernesto Castillero R., califica esta obra como la “más completa y mejor redactada (por el lenguaje, la fidelidad histórica y la sobriedad de juicio) que hemos leído sobre esta época turbulenta”.

Sociedad española

Desde el principio del libro, Arosemena deja claro su aborrecimiento por la estructura del gobierno colonial español que, a su criterio, descansaba “en la fuerza bruta de las bayonetas, el absolutismo gubernamental, las prácticas religiosas fanáticas y la ignorancia del saber humano”.

También denuncia 'los hábitos engendrados por ellos' (españoles), 'como la lidia de toros, las carreras de caballos, las peleas de gallos, y el ocio perpetuo –al cual, dice, 'se le dedicaban más de cien días festivos al año”.

Habla también “del abatimiento y degradación”, impuestos con la única intención de “que los hombres estuvieran sumisos a la autoridad ciegamente, y siempre entregados a frívolas diversiones, para que no se ocuparan de su infeliz suerte”.

Educación

La situación imperante la achaca Arosemena, en gran medida, a “la falta de establecimientos de enseñanza formal, la prohibición de libros que no fueran de la creencia católica, apostólica romana, además de la falta, en fin, de trato con los extranjeros”.

“La España no solo se abstenía de establecer escuelas y colegios en sus colonias americanas, en que se educasen los colonos, sino que tenía prohibida la introducción de obras que pudieran ilustrarnos en nuestros derechos, en el conocimiento del gobierno representativo y en la marcha de la libertad política y civil, que llevara a los pueblos no españoles a su civilización”, relata el prócer.

“En estas regiones, apartadas del trato con los hombres que pudieran ilustrarnos, solo se veían libros como Las veladas de la Quinta, La voz de la naturaleza, Las fábulas de Samaniego, La medicina doméstica, El año cristiano, El ejercicio cotidiano, El semanario santo, El ramillete de divinas flores y otros semejantes en el idioma español y el latín. Las cartillas, cartones y prontuarios de aritmética nos venían de los puntos americanos donde había imprentas y se ocupaban de estas impresiones. Panamá no conocía el invento de Gutemberg”, cuenta.

Para educarse, “los jóvenes de familias acomodadas eran enviados por sus padres a los colegios de Bogotá, Lima y Quito”. Así, dice el prócer, “en los primeros años del presente siglo (XIX) salieron de Panamá para los referidos puntos, a instruirse en las matemáticas, la jurisprudencia, la teología y la medicina, respectivamente, los Urriola, los García, los Arosemena, los Icaza, los Jiménez, los Calvo, los Espinar y otros más. Ellos, después de recibir una regular educación, regresaron a prestar sus servicios a su patria, de una manera provechosa a las luces”.

Fanatismo y religión

A la falta de estructuras formales para la educación se añadía la Inquisición y los fanáticos, que, según Arosemena, hacían creer a la población “en la existencia de brujas, de duendes, de almas en pena, de aparecidos del otro mundo, de introducciones del diablo, a veces en nuestros cuerpos, hechicerías, etc. etc. Hacíase, además consistir la bondad de la religión en prácticas exteriores y en actos ridículos y extravagantes, lejos de ejercerse el culto con la decencia y compostura requeridas por una religión toda pura y grande, cual es la del Crucificado”.

“Al extranjero que tenía la desgracia de venir accidentalmente al istmo, lo desdeñaban los colonos llamándolo judío, enemigo del cristianismo. Por el contrario, al forastero de las otras colonias que aparecía entre nosotros, y en la iglesia se daba fuertes golpes de pecho, oía la misa toda de rodillas, confesaba y comulgaba, a ese hombre se le brindaba la estimación de todos, teniéndosele por buen cristiano, fuera cual fuese su conducta en lo demás”.

Los panameños, dice Mariano Arosemena, “sabíamos lo que los españoles querían que supiéramos, y por supuesto que nos ocultaban los hechos de la revolución de Francia y los de la América británica del Norte”.

Sumida así en su infortunio de la guerra (en Europa), las autoridades religiosas dominantes han atribuido estos males, cuenta el prócer, “al enojo de Dios por el olvido de la religión”. Para calmar su cólera, cuenta, “los misioneros del colegio de propaganda fide emprenden una misión solemne en esta ciudad de Panamá. Todos los vecinos salen con sus hijos, iniciados ya en los actos religiosos, llevando coronas de espinas en sus cabezas, cruces de gruesas maderas en sus hombros y sogas colgando del pescuezo”.

Ocio y trabajo

En los meses de enero y febrero, cuenta Arosemena, “la gente se entretenía con reinados, o juegos de guerras. Combatían a los colonos formando grupos, a los que daban los nombres de algunas naciones, como España, Portugal, etc. y dábanse batallas, armados de palos”.

“En los días de Pascua se tenían paseos al campo, para bailar y jugar naipes, estrenándose vestidos nuevos. Las procesiones de la Semana Santa y del Corpus Christi eran motivo de desorden, en vez de ser un objeto sagrado y respetable. Los espectadores de esos actos religiosos gritaban a voz en cuello, se reían descompasadamente, alborotaban la ceremonia, y por último, pasando en porciones numerosas de unos lugares a otros, aumentaban la descomposición, y fuera imposible guardar el orden debido”.

“En la celebración de la festividad del Corpus Christi había danzas de diablos, parrampanes, cucambas, montezumas y otras más, impropias de la santidad de una procesión, en que se llevaba el Pan Eucarístico. Las peleas a puño, o sea los pugilatos, eran de todo tiempo, pero especialmente los domingos de Ramos, en cuyos días los hombres enemistados combatían bárbaramente, hasta que alguien los quitaba del puesto de la pelea”.

“Del estado de vagancia resultaba que los hombres estuvieran mal entretenidos, y se dieran a la bebida de licores fuertes, o a la chicha o guarapo, y luego embriagados se trabaran contiendas entre los unos y los otros, degenerando en maltratamientos de obra. Las noches precedentes a los días festivos las pasaban bailando al son del tamborito. Luego el día de fiesta lo empleaban lidiando toros, corriendo a caballo, y peleando gallos”.

Pero también establece que esta situación era producto, no solo de lo “poco adictos al trabajo personal”, o a que fuera relativamente fácil 'mantener su vida física con arroz, plátano, frijoles y pescado, que adquirían sembrando los primeros en una fanegada de tierra baldía, que cualquiera podía tomar conforme a la ley, y el último, con solo poseer un anzuelo, para pescarlo”.

También existía un marco legal y social, y hasta un sistema estricto de castas que distorsionaba los valores y desincentivaba el esfuerzo contra la pobreza.

Sistema de castas

“La población del istmo de Panamá se componía de blancos, indios aborígenes y negros, como razas primitivas, y de los cruzamientos de estas, de que resultaran el sesterón, el quinterón, el cuarterón, el mestizo, el mulato y el zambo; los españoles hicieron de los colores personales de los colonos una escala social ingeniosa, en provecho de la seguridad del mantenimiento material de la colonia”.

“Supusieron que según el color del hombre, era su valimento para con la sociedad. De aquí la graduación siguiente: primero el blanco, luego, por este orden sucesivo, el sesterón, el quinterón, el cuarterón, el mestizo y el mulato, como engendros de la raza blanca, y más después el zambo y el negro, siendo aquel engendro del indio. Divididos de este modo los colonos en la manera de estimarse por el juicio público, se hacía difícil que se unieran para una conjuración contra el dominio español, por cuanto los que ocupaban un lugar elevado en esa escala artificial, se habrían no solo creído degradados formando causa común con los que se hallaban en un lugar inferior, sino que reputaran la sublevación contra los españoles como propia, por emanar, en parte, de ellos, en su conformación física”.

“Tal era la preocupación de los pobladores del istmo a este respecto, que para los matrimonios había sus reglas de proceder relativamente a los esponsales. Un blanco, por ejemplo, no podía comprometerse al casamiento con una mestiza, o mulata, porque su padre no le otorgaría su permiso, y un mulato no podía esperar la licencia paterna para unirse en matrimonio con una zamba, o negra. ¡Cuánta ofensa a la naturaleza, cuánta falta de filosofía! Respecto del servicio doméstico, ocurrían también embarazos: un blanco no servía en clase de mozo a un sesterón o quinterón, y un mulato no se sujetaba al servicio de un zambo o negro. Hasta en los negocios eclesiásticos se daba atención a esta aristocracia de nuevo género, pues solo a los blancos, o a los bastante adelantados a estos en su color, se les conferían las órdenes in sacris”.

Monopolio comercial y contrabando

Había, entre otros, un monopolio comercial que impedía todo comercio que no fuera el de buques españoles, con productos españoles, en transacciones realizadas únicamente por individuos nacidos en la península.

Al emprender la Madre Patria su guerra contra Gran Bretaña, el tránsito de buques hacia las colonias llegó a grado ínfimo. En el año 1803, dice, no llegó al istmo un solo buque comercial procedente de España.

“En semejante estado de cosas, no quedaba a los istmeños otro expediente que abrazar, que proveer, como remedio al mal, a sus poblaciones, de géneros de contrabando. Así se hizo en consideración a que la necesidad carece de ley”.

El prócer va describiendo cómo se hacía el contrabando, a través de buques procedentes de Jamaica, que venían a nuestras costas, de vez en cuando, cargados de manufacturas inglesas. “Algunas veces se presentaban en la costa de Coclé, otras en la de Chagres, y los interesados en obtener las mercancías iban en embarcaciones menores hacia los buques, a bordo de los cuales se ajustaban los contratos”.

Deseos de libertad

“En 1808 empezaba a despertarse entre nosotros, el espíritu público, ya fuera porque el estado político y social de la metrópoli excitaba a la independencia de sus colonias de América, ya fuera porque venían los extranjeros de otros países y aconsejaban a nuestros hombres de influjo que proclamaran el gobierno propio sin ningún temor, pues que (España) dejaría pronto de existir independiente y soberana, y sus posesiones americanas romperían los vínculos que a ella la unían por la fuerza”.

“Mientras tanto, la rivalidad entre los españoles y los americanos en todas estas colonias, había llegado a su más alto grado. El espionaje era terrible, de parte de nuestros conquistadores para con nosotros. No se nos permitía hablar de política, se impedían las reuniones de los criollos, y nuestra vida era un tormento. No existía a la verdad otra cosa que victimarios y víctimas. Sin embargo, nadie dudaba ya que había sonado la hora de nuestra independencia. Para prevenirla, se adoptó por los españoles la política aviesa de fingir que en la guerra de S.M.C. con el emperador de los franceses, estos eran batidos en toda la península; pero esos cuentos no eran creídos, se tenían por un ardid para engañarnos, como lo eran en realidad. En este istmo, donde se recibían periódicos de la isla de Jamaica, con frecuencia, veíamos en ellos los grandes triunfos de Napoleón y las derrotas españolas; y dábamos por seguro que nuestra odiada metrópoli dejaría de existir pronto, cual nación soberana e independiente”.

El libro puede verse online en la siguiente dirección: http://bdigital.binal.ac.pa/bdp/tomoIP1.pdf