Temas Especiales

14 de May de 2021

Nacional

Notas panameñas en Cuasimodo

Nota del editor: A principios del siglo XX circulaba en Panamá, con alguna repercusión internacional, la Revista 'Cuasimodo', que se denominaba 'Magazine interamericano de información mundial, afirmación de ideas renovadoras y aquilatación de los valores intelectuales predominantes en España y América'. Esa publicación estaba bajo la dirección de Nemesio Canales y José Dolores Moscote. Revivimos un extracto de una columna publicada en la edición de agosto de 1919 por Moscote, quien 25 años después sería uno de los padres de la Constitución de 1946

Hechos y cosas A modo de preámbulo

Notas panameñas en Cuasimodo

Nos hemos encontrado un recurso muy cómodo, para la confección de estas notículas, que consiste en entretenernos con nuestros lectores en discretos coloquios sobre temas ligeros antes de presentarles el plato de ideas – o de sandeces – que en cada mes nos hemos comprometido a servirles. Esto, por un lado, nos resulta, casi sin quererlo, un expediente de buena política que ningún esfuerzo nos cuesta y que, en cambio, nos ayuda mucho; por otro, es tiempo que ganamos mientras nos recogemos en nosotros mismos y nos preparamos, con ánimo resuelto, al sacrificio que, indudablemente, es escribir para un público que de cualquier cosa sabe tanto o más que nosotros.

Esta vez divulgamos sobre el pesimismo que prevalece en todas las manifestaciones sociales de nuestra colectividad y que, como flagelo implacable, está arruinando el organismo nacional.

Tal tema precautorio sería, de poder abordarlo con tiempo y suficiencia, un “caso” de desbordante interés por lo que respecta a sus causas, a sus consecuencias actuales y al influjo que necesariamente tiene que ejercer en el futuro.

Ni en las máximas de La Rochefoucauld, el solitario de Verteuil, ni en las terriblemente desconsoladoras reflexiones de Schopenhauer, el crítico inmisericorde del optimismo, hay una fuerza de convicción, de sentimiento, tan arraigada y firme, acerca del predominio del mal en las cosas de este mundo como la que, sin mayor esfuerzo, se descubre a los ojos del observador en la conciencia de nuestro pueblo, por otra parte, alegre y confiado como la ciudad que imaginó el célebre dramaturgo español. Por cualquiera de los aspectos que se la estudie encontraremos confirmada esta observación, lo mismo en lo referente a la vida privada, que a la pública, así en la económica y comercial como en la meramente espiritual y desinteresada. En la vida política, por ejemplo, el pensamiento se manifiesta por una ausencia permanente de todo noble ideal, en cuanto éste puede ser una aspiración definida y concreta en orden a la felicidad del Estado y de sus elementos componentes. Sus causas son, ya psicológicas, es decir, individuales, ya objetivas o de índole y significación evidentemente social. Unas y otras concurren, en feliz consorcio, a explicar el modo de ser de nuestros gobernantes y hombres dirigentes, los cuales, en general, y salvas unas pocas excepciones, que todos nos sabemos de memoria, no han poseído esas individualidades fuertes que, según Spencer, estimulan el progreso humano. Ellos han sido, por el contrario, figuras ya moldeadas por el medio ambiente, prisioneros de todos los respetos, de todos los intereses y de todas las rutinas, personajes sin inquietudes, sin ambiciones y sin anhelos de inmortalidad que miraron las circunstancias de su actuación pública no como estímulos obligantes sino como ocasiones propicias para defender los fueros egoístas de su “causa”. Por eso ninguna gran reforma social, cuyos efectos hayan perdurado, se les debe. Por eso ningún gran movimiento de política fundamental y civilizadora concibieron ni por su esfuerzo caldea las páginas de nuestra historia ese vivificante amor a la Libertad y al Derecho, que es el orgullo de otros pueblos. Trabajo va a costar, en suma, a las generaciones venideras, que la estudien sin prejuicios, comprender la significación de una historia “hecha” por voluntades enfermas y abúlicas, que si alguna actividad se gastaron fue solo en obras de alcance indiferente o efímero.

La historia que estamos haciendo se distingue por las mismas características y tonalidades. Nadie cree en nada: El mérito del esfuerzo propio real, los prolíficos resultados que se obtienen de la práctica constante del Bien, los milagros que el espíritu de empresa, la posibilidad de vivir dignamente fuera del maleante influjo de la “política”, cualquiera categoría mental, en fin, que dé a entender que llevamos dentro del pecho la alma ardiente del optimismo, equivale, para la mayoría de los que tienen el monopolio de las funciones directoras de nuestra sociedad política, a simples ideologías, carentes de sentido práctico, a calenturientas imaginaciones de retóricos y literatos. Y porque es el único criterio que tienen, sin dificultad alguna propagan, y estimulan a los demás a que hagan lo mismo que ellos, que nuestros males sociales no tienen remedio, que la más racional línea de conducta que debemos seguir es la del “dejar hacer” a cada cual lo que le venga en gana, antes de que se le apague la luz de su existencia, es decir, dánle carta de naturaleza a la peor forma del individualismo, que es esa que solo tiene en cuenta la inmediata satisfacción de los apetitos desordenados de la bestia que cada quien lleva dentro de sí. Intentad poneros en contacto mental, por un minuto siquiera, con uno de esos superhombres del mal y veréis cómo, sin dejar de emplear los mismos términos que todos empleamos en la conversación corriente, su lenguaje posee una expresión singular, como de doble sentido. Ellos os hablaran del amor, de la amistad, de la lealtad, del honor, de la patria, de los principios, etc., pero a pesar de sus capacidades simuladoras, de lo bien que imiten el lenguaje propio de la sinceridad y de la convicción íntima, no podréis evitar que vuestra imaginación evoque otras representaciones que resultan caricaturas grotescas de tan nobles idealidades y afectos.

¿Cuál es, francamente, la obra que debe esperarse de un presente tal, que así cínicamente trastrueca los más preciados valores que constituyen el “saneta sanctorum” de la vida de una colectividad…?

Por poco caemos en contradicción, diciendo por respuesta que toda esperanza es ilusoria. Así es de oscura la realidad actual. Mas, después de todo, alcanzamos a ver una luz lejana, pero distinta, présago de más consoladoras claridades… El reconocimiento explícito de nuestros defectos, la obra de la escuela y de las demás instituciones educativas. El camino del porvenir está abierto ante nuestros ojos.

La Prensa

No queremos dar la impresión de que vamos a tratar un asunto en el cual haya algo nuevo que decir. El caso es que mientras ciertas ideas y conclusiones no estén en la conciencia de los que ya en el gobierno o fuera de él han asumido de hecho – valga la verdad – la dirección de nuestra vida social, será justificado que haya quienes constantemente estén repitiendo las mismas cosas. Diremos también, por vía de excusa a tal insistencia, lo que otras veces hemos dicho, a saber, que la cultura por la que realmente vale la pena abogar es por la que se manifiesta en hechos, ya que aquella otra que no transciende de los límites de la pura inteligencia tiene a su favor un culto general, entusiasta y desinteresado.

¿Es la prensa entre nosotros una institución verdaderamente cultural, según el valor entendido que, debe saberse, damos a estos conceptos?

Puede haber quien así lo crea, pero nuestra opinión es del todo contraria puesto que afirmamos que lo que constituye su misión primordial, su razón de existir, lo tiene completamente olvidado o relegado al plano secundario, cuando menos, de sus actividades. Vamos a verlo.

Nuestra vida colectiva ciudadana, como la de cualquier otro pueblo, tiene que ser, y lo es, una oposición actual de todos los momentos entre los intereses que el progreso, siempre luminoso, prometedor, revolucionario e irreverente trata de crear. ¿Cuál es la actitud de nuestra prensa ante esta necesaria y bien comprobada oposición? ¿Por qué lucha? ¿Qué partido sigue? ¿Cuáles son los ideales que prefiere en presencia del eterno conflicto que media entre la vieja y la nueva humanidad? No sabemos decirlo, tal vez sea por incapacidad de comprender o por falta de observación, pero después de haber abierto mucho los ojos y esculcado mucho dentro del horizonte que alcanzamos, solo hemos encontrado una prensa anodina, miedosa, “circunspecta”, respetuosísima de los intereses que en diferentes formas representan esa tradición venerada contra la cual se ha desatado una guerra sin cuartel por donde quiera han pasado los vientos de la nueva y verdadera libertad y existían, además ansias de positiva regeneración. Nuestra prensa no habla, por regla general sino de lo que se tienen por intangibles. No quiere ser libre para estudiar ampliamente, sin reservas forzadas, ni disimulos, los problemas que surgen de nuestra vida en común y cuotidiana. La vida política, si tal cosa existe, es de una desesperante monotonía, la vida industrial, la científica y literaria, en cuanto sea acertado hablar de tales vidas, nos parecen vastos templos desiertos, sin sacerdotes, sin fieles, sin ritos y sin nada que proclame que en ellos alientan los gérmenes activos de la existencia porque nuestros periódicos, que debieran ser exposiciones permanentes de esas modalidades sociales, muy poco es lo que de ellas se ocupan en sus páginas que así resultan descoloridas y faltas de interés. Su culto favorito es el de la frivolidad, su espíritu el de una transigencia extremadamente complaciente y su obra, en resumen, benévolamente juzgada, casi negativa.

No necesitamos traer hechos en auxilio de nuestros juicios. No recordaremos, por ejemplo, cuál ha sido su nota saliente en nuestras periódicas contiendas civiles las que, lejos de ser edificantes certámenes de civismo, lo han sido de locura y de deslealtad desenfadada a los principios republicanos. No hemos de imputarle que a ella se debe esa especie de ruina moral a que han sido condenados algunos de los que debieran ser nuestros más connotados hombres públicos. No le increparemos la habitual y estudiada indiferencia con que mira las cuestiones permanentes y vitales que provienen de la convivencia de nuestra pequeña y débil nacionalidad con la más grande y poderosa del mundo. Mucho menos nos preocuparemos por evidenciar lo significativo que es para el estudio de los fenómenos sociales el hecho manifiesto de que nuestro país sea el único de la sociedad de las naciones cuyo servicio público, cuya administración pública, sean tan excelentes, tan perfectos, que no necesiten de la colaboración de la prensa ya sea para señalarles los errores de que adolezcan, ya para indicarles, entre críticas y censuras, orientaciones saludables y renovadoras. Los hechos son siempre demasiado elocuentes por sí mismos y no hay para qué violentarlos.

Lo que importa muchísimo es dejar establecido que aunque tal carácter de nuestra prensa es revelador de grave y profundo mal, y sus causas, innegables y evidentes, éstas no consisten en que nuestros periodistas sean incapaces de comprender y de cumplir, llegado el caso, los deberes consagrados por la institución, o de que existan, como algunos pretenden, reales y poderosas influencias, insidias o peligros que coarten la libertad de los que escriben para el público. Todo proviene de que ellos se abstienen deliberadamente de ejercer sus naturales derechos porque se hallan convencidos de antemano de que aquí no se puede hacer nada por el bien general, de que el progreso y el bienestar, si no vienen de arriba, de las alturas gubernamentales, es inútil buscarlos por otros caminos porque creen que la fuerza de los “intereses creados” es tan poderosa que quien intente oponérsele inevitablemente tiene que ser arrollado por ella. No vacilaríamos en afirmar que el pesimismo que reina en los estadios de la prensa es obra exclusiva de una autosugestión inexplicable de los mismos que mayor interés debieran tener en convertirla en un poder decisivo del progreso social.

Es cierto que en donde quiera existen, fuera de las leyes positivas, limitaciones naturales, diremos, a la libertad de la prensa que debilitan mucho su acción cultural y educativa y que no es Panamá una excepción de esta regla; pero, por eso, no añadamos a éstas, que dictan, a veces, el respeto, la prudencia bien entendida y la conveniencia pública, otras que vengan a ser como pesadas cadenas por nuestras propias manos forjadas. Afirmamos que no existen tales insidias ni influencias que obren sobre los que más eficazmente pueden ejercer la sanción pública, pero esto no lo hemos dicho por ignorancia del medio, que demasiado conocemos, ni por complacernos en negar lo que, acaso es de evidencia absoluta para todo el mundo, sino para agregar más adelante, como lo hacemos, que si las ha habido y es posible que siga habiéndolas, ellas también son el resultado directo de nuestra falta de valor cívico para afrontarlas, el que, a poco, convertido en puro y simple temor a las situaciones difíciles, crea fantasmas y embrujamientos que anonadan nuestra voluntad y oscurecen nuestra inteligencia.

Además, ¿no es cierto que hay una relación estrecha entre el poder de los tiranos, de los déspotas, de los vicios sociales, por un lado, y la corrupción, la debilidad y la complacencia de los pueblos por la otra? Pues bien, nuestra prensa es la voz de nuestro pueblo y si ella es débil y medrosa, señal es de que algún grave mal padece que todos debemos empeñarnos en curar, como si fuéramos los médicos de nuestras propias dolencias. Los fuertes y los poderosos no lo son sino a costa de nuestra debilidad. Los “intereses creados” son una red cuya resistencia no depende sino de nuestro “dejar hacer”. Los males sociales, en general, los que afectan así a la parte física de la humanidad, como a su parte espiritual, hijos legítimos son de la falta de previsión y de profilaxis moral oportuna y eficaz. ¿No sería una hermosísima presea para nuestra prensa el que de ella partiera la iniciativa, el impulso primero de un movimiento regenerador de nuestra colectividad desprendiéndose de las garras medrosas de la autosugestión y entrando en franca lucha con esta realidad social que todos condenan, de la que todos detestan, y con la que nadie se halla satisfecho?