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18 de Oct de 2019

Política

Los desafíos de la educación de una persona sorda

Cuatro décadas más tarde, la Ley 1 de 28 de enero de 1992, por la cual se protege a las personas discapacitadas auditivas

En Panamá, mediante la Ley 53 de 30 de noviembre de 1951, se crea el Instituto Panameño de Habilitación Especial (IPHE), con el objetivo de habilitar a los jóvenes con retardo mental, sordera y ceguera en la Escuela de Enseñanza Especial, la Escuela Nacional de Sordos y la Escuela de Ciegos, respectivamente.

Cuatro décadas más tarde, la Ley 1 de 28 de enero de 1992, por la cual se protege a las personas discapacitadas auditivas, reconoce la lengua de señas como la lengua natural del discapacitado auditivo profundo, gracias a las iniciativas de los padres de los niños, porque ‘los aportes de la psicología, neurología y lingüística demostraron que las lenguas de señas eran lenguas naturales, como las lenguas orales y por ende, los sordos debían recibir educación en su propia lengua para propiciar un desarrollo integro' (Betancurt, 2011).

A pesar de estos hitos, muy separados en el tiempo, en la actualidad, la población sorda en Panamá no ha alcanzado los niveles educativos ni laborales adecuados que les permitan lograr su independencia personal y profesional. La sociedad, la escuela y muchas veces, la familia, por desconocimiento, subvaloran el potencial de la diversidad funcional auditiva.

Mientras que en los espacios científicos internacionales se han generado nuevos enfoques y estrategias en esta educación y se reconoce la importancia de la educación bilingüe bicultural, en la educación del Sordo, persiste la discusión infructuosa sobre qué modelo, oral o signado, es el mejor en la educación para los estudiantes sordos.

Otra dimensión por considerar y evaluar es la persistencia casi incólume de las instituciones de educación especial, en donde persiste el fantasma de lo clínico, de la especialización y habilitación, por un lado, y un sistema duplicado de ‘educación inclusiva especial' en el Ministerio de Educación.

La primera, con una tradición rehabilitadora de más de seis décadas, con menos estudiantes, recibe más recursos del Estado; el segundo, más numeroso, con un reducido presupuesto para educación inclusiva está huérfano de apoyo institucional. Esta situación mantiene una duplicación de esfuerzos con resultados cuestionables (CRPD, Ginebra, 2017).

Es necesario superar la fragmentación de políticas, planes y programas sociales, educativos, sanitarios y jurídico-administrativos en torno a la problemática de la atención a las personas con discapacidad en general, y de la comunidad Sorda, en particular, Ante el desafío Sordo, proponer, desde la academia y la investigación en la educación superior, intervenciones programáticas institucionales e interagenciales que mejoren la capacidad de los actores o grupos excluidos, al propiciar las condiciones de aceptación y superación de las necesidades lingüísticas, sociales y educativas en todo el desarrollo de la personas con sordera, con la gestión y participación de ellas en los estudios de sus necesidades de educación, apoyo y formación laboral.

Se requiere una corresponsalía en la educación que combine la prevención y atención clínica-sanitaria, la rehabilitación audio lingüística, con el enfoque socio bilingüe y bicultural, la Lengua de Señas como vehículo temprano de identidad y de comunicación, los modelos adultos sordos y la lengua escrita como meta de inclusión educativa y social de la comunidad Sorda.

En ese sentido, como una muestra de la apertura a la diversidad en el nivel superior, la UDELAS tiene quince estudiantes Sordos en las carreras de Educación Especial, Docencia en Informática Educativa y Gestión Turística Bilingüe.

Además, la UDELAS está desarrollando la Licenciatura en Traducción e Interpretación en Lengua de Señas Panameña, con la participación de 22 estudiantes, de los cuales tres son sordos, actualmente en su práctica profesional en diversos escenarios.

Por lo tanto, hay que impulsar y sustentar una educación de calidad para los Sordos en Panamá, desde la infancia temprana hasta la madurez, que asegure las bases de su bienestar y autonomía, al propiciar la educación bilingüe-bicultural, el apoyo clínico y validar sus derechos humanos sostenibles en toda su amplitud.

Realmente, es una tarea pendiente de larga data.