07 de Oct de 2022

Publicando Historia

El “incidente” de Cecilia Remón en el aeropuerto de Puerto Rico

Quien fuera primera dama de la República de Panamá entre 1952 y 1955 protagonizó un controversial suceso convertido en tema de interés internacional

El “incidente” de Cecilia Remón en el aeropuerto de Puerto Rico
El “incidente” de Cecilia Remón en el aeropuerto de Puerto Rico

“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Esta frase atribuida a Joseph Goebbels representa una buena síntesis de la labor propagandista realizada por el ministro de Adolf Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, tan eficaz que incluso hoy en día hay quienes defienden el Tercer Reich.

El mismo parece ser el caso de la leyenda negra que pesa sobre doña Cecilia Pinel de Remón con respecto al “incidente” que protagonizara en el aeropuerto de Puerto Rico mientras fuera primera dama, el 19 de octubre de 1953.

La versión —que todavía se repite en los ambientes sociales y políticos panameños— sostiene que Doña Cecilia fue detenida por un funcionario de aduana puertorriqueño tras encontrar sustancias ilícitas en su maleta y que solo fue liberada tras ocultos acuerdos entre su esposo, el presidente José Remón, y altos mandos del Ejecutivo estadounidense.

Una revisión de los diarios de la época —panameños, puertorriqueños y estadounidenses— no muestra una sola evidencia de que esta historia que se repite con tanto gusto fuera verdad.

Al contrario, el relato de los sucesos, tal cual fuera recogido en su momento, apunta a que la entonces primera dama sufrió del sobre celo de un funcionario de migración decidido a cumplir con todos los protocolos de su cargo.

Quién era Doña Cecilia

El incidente ocurrió en un momento en que Doña Ceci, como le gustaba ser llamada, se encontraba en lo más alto de su popularidad. Era una de las primeras damas más activas de la historia del país, una mujer de 37 años, más que hermosa según los cánones clásicos, extremadamente atractiva, conversadora, vivaz y desenvuelta. Hablaba inglés perfectamente, pues se había educado en Estados Unidos, sin la rigidez que caracterizaba los ambientes de la conservadora clase burguesa panameña.

Deportista consumada, había pertenecido al equipo nacional de natación y representado al país en los Juegos Panamericanos y del Caribe en 1938. Practicaba la esgrima, el ballet y, como esposa del comandante José Antonio Remón, estuvo detrás de la fundación de la Escuela Nacional de Danzas, a la que ella misma acudía para mantenerse en forma.

Lo que pesaba contra Doña Cecilia era la fama de su consorte, José Remón Cantera, líder absoluto del país y cuasi dictador entre los años 1949 y 1955.

Si desde 1941 Remón había sido influyente como alto dignatario de la Policía Nacional, tras la muerte del presidente Domingo Díaz (1948-1949) se convirtió en el máximo árbitro de la vida republicana, ganándose el apodo de “hacedor de presidentes”.

Cansado de sus desmanes, el presidente Daniel Chanis (1949), otrora primer vicepresidente de Domingo Díaz, decidió despedirlo.

“El que se va es él”, aseguró el comandante de la Policía Nacional, amenazando con atacar el palacio presidencial si Chanis no renunciaba.

El siempre correcto Chanis, queriendo evitar un baño de sangre, terminó firmando su carta de dimisión, que fue anulada días después por la Asamblea Nacional en reconocimiento de su carácter forzado. Ni siquiera así Remón aceptó que se torciera su voluntad. Exigió un recuento de votos de las cuestionadas elecciones de 1948, que el Jurado Nacional de Elecciones procedió a hacer, encontrando que el candidato ganador no había sido nunca Domingo Díaz, sino su contrincante, el doctor Arnulfo Arias.

Con el apoyo de Remón, Arias fue instalado como presidente (1949-1951) hasta que dos años más tarde, el coronel se deshizo también de él, esta vez sí en un ataque armado – parece que se quedó con las ganas - , al Palacio Presidencial, en el que murieron dos personas y más de cien civiles resultaron heridos.

Todas estas maniobras cuestionables las llevaba Remón a cuestas al momento que lanzó su candidatura presidencial en 1953, en unos comicios marcados por el clientelismo y las maniobras de la maquinaria gubernamental a su favor, en los que resultó ganador.

Fue este el escenario en el que hizo aparición su esposa, Doña Ceci, dándose a conocer durante la campaña política por sus incansables recorridos por toda la geografía nacional para repartir víveres, máquinas de coser y utensilios de cocina, incluidas curiosas pailas con el rostro del candidato. “La Dama de la Bondad”, la llamaron entonces.

Una vez como primera dama, Doña Ceci consolidó su reputación como una mujer adelantada, que desarrolló una incansable labor a favor de la educación y mejores condiciones de vida para la mujer panameña.

Reconocimiento internacional

El brillo de Doña Cecilia Pinel de Remón fue reconocido por prestigiosos medios informativos norteamericanos como Newsweek o el Washington Post, que la llamaron “el nuevo símbolo de la mujer latinoamericana”, “heredera de Evita Perón” y “una mujer a la que hay que observar”.

Todavía envuelta por la estela de glamour de un exitoso viaje a Estados Unidos, durante el cual se hospedó en la Casa Blanca con su esposo, fue invitada por el gobernador de Puerto Rico a visitar la isla. Allá llegó el 13 de octubre de 1953, con una comitiva de alto nivel, formada por los ministros Ricardo Arias Espinosa, Ricardo Arias, el ing. Juan A. Galindo, el contralor Henrique de Obarrio, el doctor Luis Vallarino y sus respectivas esposas.

Puerto Rico se modernizaba rápidamente bajo la administración de Luis Muñoz Marín (1949-1965) y una nueva constitución (1952). La que fuera una posesión de Estados Unidos tras ser entregada por España como parte de los acuerdos del Tratado de París de 1898, era ahora el pujante Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

El rápido progreso en los campos de salud pública y servicios sociales resultaba de interés para doña Ceci.

El 'incidente'

Después de una exitosa visita de siete días, en la que estuviera hospedada en La Fortaleza —residencia oficial del gobernador de Puerto Rico—, correspondía a la primera dama y sus acompañantes tomar el avión de regreso a Panamá.

Doña Ceci llegó al aeropuerto escoltada por su anfitrión, el gobernador Luis Muñoz Marín, en el automóvil oficial. Este se bajó del vehículo, queriendo liberarla de los engorrosos trámites correspondientes, aunque eran mínimos pues viajaba con pasaporte oficial. La condujo hasta la entrada de abordaje del avión de Pan American Airways, donde explicó al empleado de la aerolínea que se trataba de la primera dama de la República de Panamá.

Doña Cecilia se disponía ya a abordar el avión, cuando un oficial del departamento de migración, un estadounidense llamado Paul Grob, le colocó la mano sobre el hombro.

“¿A dónde cree que va?”, le preguntó.

“A Panamá”, respondió ella.

“Muéstreme su pasaporte”, pidió Grob.

Dándose cuenta de la situación en que se encontraba su invitada, el gobernador de Puerto Rico se acercó rápidamente para aclarar al oficial el estatus de la viajera y pedirle la cortesía que requería el caso.

“Eso está muy bien, pero ¿dónde está su pasaporte?”, insistió el funcionario.

Doña Ceci no lo tenía consigo. Se lo había entregado con anterioridad al ministro Ricardo Arias para que este la representara en el aeropuerto, sin saber que el gobernador la conduciría directo a la zona de abordaje.

Pasaron ocho minutos de fuertes discusiones mientras el gobernador exigía inútilmente al funcionario que pasara por alto los procesos regulares, en virtud de la posición de Doña Ceci. El asunto solo se solucionó cuando hizo su aparición el ministro Arias, mostrando el pasaporte.

El más avergonzado de todo aquello fue Luis Muñoz Marín quien prontamente emitió una protesta pública: “Las relaciones entre las autoridades federales y el Estado Libre Asociado de Puerto Rico deben caracterizarse por la armonía y la mutua confianza. Aunque este no es un caso en que se deba despedir o trasladar a ningún funcionario de inmigración, no hay duda de que los esfuerzos de Puerto Rico por mostrar a los visitantes distinguidos las ventajas del gobierno democrático que Estados unidos ha concedido a la isla no deben ser puestos en peligro por empleados irresponsables que se atienen férreamente a la letra de la ley, sin emplear la imaginación ni la cabeza”.

Un asunto internacional

En los días siguientes, el incidente de Doña Ceci se convirtió en un asunto internacional.

En Panamá, el ministro de Relaciones Exteriores José Ramón Guizado presentó una protesta formal ante el embajador de Estados Unidos en contra de “la acción descortés del oficial de migración del aeropuerto de Puerto Rico”.

El 23 de octubre, la Asamblea Nacional aprobó una resolución similar.

Lo mismo hizo el Senado de Puerto Rico, que criticó “la falta de cortesía mostrada por el oficial de migración en el aeropuerto el 18 de octubre” y pidió disculpas a la primera dama panameña.

Incluso el comisionado de Puerto Rico en Washington, Antonio Fernosa Isern, en una carta dirigida al Comisionado Federal de Migración, Argyle R. McKay, acusó al inspector Paul Grob de hacer una afrenta a la dignidad de su pueblo.

Los periódicos panameños apoyaron a la primera dama con fuerza e indignación y estuvieron discutiendo el tema durante una semana. Las palabras más duras fueron las del diario La Hora que calificó al suceso como producto de la “actitud insolente, procaz y desabrida de un gaznápiro inculto empleado del Departamento de Migración de los Estados Unidos”.

Las quejas llegaron hasta las más altas esferas del gobierno estadounidense, no solo contra el funcionario Paul Grob sino también contra su jefe, el director regional de Migración de Puerto Rico, Henry Burnside, quien condonó su conducta.