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19 de Sep de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Crueles septiembres

En septiembre de 2001 el inicio de la guerra contra el terrorismo irrumpió en los escenarios mundiales y cambió el equilibro de fuerzas ...

En septiembre de 2001 el inicio de la guerra contra el terrorismo irrumpió en los escenarios mundiales y cambió el equilibro de fuerzas para siempre. Tres años después el espectacular anuncio de la inminencia de un ataque con armas de destrucción, que nunca fueron encontradas, justificó la expansión de la guerra instituyendo el ataque preventivo como arma diplomática. Cinco años después todavía las tropas norteamericanas están combatiendo en Irak, dejando un país destruido y miles de muertos.

Este septiembre de 2008 también será recordado como cruel, esta vez fue el sensacional descubrimiento de armas financieras de destrucción masiva, que a diferencia de las armas en la guerra de Irak, no fueron creadas por terroristas árabes, sino por patriotas norteamericanos e inescrupulosamente sembradas como terroristas financieros en Wall Street, sólo esperando el momento de su detonación.

Al igual que en 2003 la inminencia de una catástrofe apremiaba la acción inmediata. En esta ocasión, una catástrofe financiera en la mayor economía mundial debía ser evitada. Una catástrofe que fue ocasionada por la avaricia y las acciones sin control de los poderosos CEOs, fieles discípulos del neoliberalismo, como la única filosofía económica a seguir, la cual consideraba contraproducente el intervencionismo en materia económica.

Como una burla a la opinión pública mundial, siendo EEUU un feroz defensor del libre mercado, interviene abierta y decididamente para frenar el descalabro de su economía y desechando el sagrado e inviolable dogma impartido a otras naciones. A todo esto los posibles culpables, igual que las armas que nunca fueron encontradas, jamás serán llamados a juicio.

Al contrario, como parte de sus contratos tienen estipuladas cláusulas millonarias de indemnizaciones, independientes del colapso de sus corporaciones.

La historia se repite en espiral y no parece que la nación que intentan imponer los destinos del mundo aprenda sus lecciones.

La guerra de Irak con su despliegue propagandístico creado para que fuera apoyada por los contribuyentes norteamericanos al final sólo benefició a las grandes corporaciones, a las compañías privadas de seguridad, contratistas y suplidores de material bélico.

En esta ocasión inicia una nueva guerra. Una conflagración financiera donde se cambian las reglas del juego, dependiendo de que le convenga al más poderoso y que nadie puede predecir como terminará.

El único factor que se mantiene es la utilización de impuestos de los contribuyentes en la financiación de las acciones que salvarán a la nación.