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19 de Sep de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La indolencia en Panamá

Esta inopia es un enorme inconveniente si recae sobre la legislación y el seguimiento sobre su efectividad. Esto es sumamente importante...

Esta inopia es un enorme inconveniente si recae sobre la legislación y el seguimiento sobre su efectividad. Esto es sumamente importante primero, por el presupuesto y luego por la eficiencia. Este es un asunto que se devela con una investigación cualitativa. Aquí no estamos frente a las leyes científicas cuya efectividad es exacta, más bien navegamos sobre leyes sociales, de las cuales debemos medir su eficacia. No sólo la legislación debe ser efectiva, es imprescindible también la correcta aplicación de la ley.

No es con la acometida contra el crimen como se resuelve el problema de la delincuencia, más bien con la prevención o la rehabilitación, que a todas luces es mucho más costosas, pero con la que se puede disminuir la creciente ola de desenfreno. En todas las capas sociales surgen sociópatas cuyas raíces más que biológicas son las respuesta del medio en que se desarrollan, alentados con las necesidades y la facilidad de trasegar drogas, un delito que los medios abanican como incontenible junto a los otros crímenes consecuentes que dejan en la orfandad o a menudo mueren los inocentes.

La epidermis cobertora es muy delicada en este sensible tema. La ausencia de una política criminal adecuada promueve la prevalencia del estado de anarquía en el que nos encontramos, las inadecuadas garantías sobre educación, salud, vivienda, electricidad, agua, calles, canasta familiar, salario mínimo, etcétera, nos tienen a todos los panameños tan indignados y desorientados que cada uno hace los que le parezca y en cualquier momento cierran calles, suspenden servicios como la recolección de basuras, cierran las escuelas, paralizan el trasporte público o la atención médica y todo esto afecta la administración de justicia.

La mejor muestra que existe en nuestra sociedad es la organización de los delincuentes en pandillas, un acto incontrolable cuando descuella el desorden, porque donde no hay ley este comportamiento delictivo llena el espacio. Este fenómeno sociológico es común en toda sociedad, ante la carencia de controles eficaces que deben estar cimentados más en la maña que en la fuerza.

Si a los malhechores no los tratan debidamente en los periodos en los que permanece en la cárcel, con una atención científica y de solidaridad humana, no hay esperanzas de su recuperación. Los perseguidos y condenados sin ningún reparo entran y salen del claustro peores.

La corrupción incontenible enarbolada que más se comenta es la judicial, pero existen modalidades ensambladas intermedias, cuyo nacimiento está localizado en el seno de la familia. Los menores observan lo que dicen los mayores, pero hacen lo contrario, porque es lo que aprenden de sus mentores, con los actos que promueven y no con las palabras.

Son estos eventos de corrupciones menores los que velozmente trascienden, hasta coronar con los rejuegos del soborno. Lo cierto es que la descomposición pareciera desapercibida, por la falta del conocimiento para atender los asuntos que revierten con efectos dañinos. De este modo, tenemos la singularidad de la ignorancia consciente y la incultura inconsciente, esta última menos perniciosa, puesto que el autor se lo lleva a la tumba sin tener conciencia del mal que ha provocado.