23 de Oct de 2021

  • Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Educar la educación, sanar la educación

Hay que educar la educación. Hay que curar la educación.. Recordemos que el niño es destino, y que el hombre es un ser-en-camino. La cr...

Hay que educar la educación. Hay que curar la educación.

Recordemos que el niño es destino, y que el hombre es un ser-en-camino. La crisis en el campo educativo, en nuestro país, es expresión de la crisis social, política y económica; expresión, a su vez, de la profunda crisis moral que vive la República. Es una crisis de los valores superiores del espíritu, en el hombre. Y esta situación engendra, a su vez, una crisis de identidad en el hombre: el horror de no conocer ni su raíz ni su destino, y de no entender su presente como ser-en él-mundo, y entre sus semejantes. Angustia visceral del hombre. Ya no parece ser el “ Homo Viator ”, el ser en camino; ahora el hombre es el ser en el pozo, en la profunda oscuridad. Es la crisis moral que lleva a la crisis de identidad: Es el agostamiento y el agotamiento de la familia. Enfermedad de los gobiernos y del Estado, que llega hasta las murallas de la Nación. El malestar profundo de la cultura, de la política.

La familia es la institución primordial donde el niño se hace persona, ser humano. El hombre, al nacer, es el ser más desvalido de la creación; pero es el único ser capaz de aprenderlo todo, absolutamente casi todo, desde un medio rico en valores personales y familiares, tanto morales, como espirituales. Alma, voluntad y espíritu.

Desde la riqueza o desde la pobreza integral del núcleo y del entorno familiar se formarán las personas o las subpersonas, los seres humanos o los subhumanos que habrán de llenar las aulas escolares, primarias y secundarias; y más tarde, las universitarias. El entorno mundo.

En Panamá desaparece la familia como ente formador de personas. El niño crece en una especie de desierto de relaciones interpersonales. Es la carencia de estímulos afectivos, intelectuales y espirituales positivos. El niño crece como un tullido, como un minusválido afectivo, intelectual y espiritual. Hay pobreza del ser. Y hay pobreza de vocabulario, que lleva a la pobreza del pensar y del saber, y a gravísimas limitaciones del conocer, del pensar, del idear y del hacer. Un mundo empequeñecido, sin horizontes y sin cielo; y casi sin tierra: Horror del existir y del no ser ser.

La existencia de estos ejércitos de mutilados afectivos e intelectuales es una realidad nacional. Estos niños ya están en las aulas escolares, y constituyen fuente de problemas y conflictos en el ámbito educativo del país. La violencia juvenil, estudiantil. La conflictividad negativa, oscura. Las repeticiones de grado y de año. Las malas herencias, de cuatro décadas perdidas para la salud de la Patria. Hoy el gobierno, el Estado y la Nación deben tomar clara y profunda conciencia de esta verdad. Sólo de esa manera se pondrán en camino para el encuentro de verdaderas soluciones, trascendentes. ¡Qué al niño no se le robe ni el nacimiento ni la infancia ni la niñez!

El hombre es, fundamentalmente, lo que vivencia los primeros cinco años de la vida. Son los años en que el niño debe vivir en el seno amoroso de una familia completa y madura, una familia rica, sobre todo, en valores espirituales y morales.

Que lo que yo llamo la bondad infinita del útero (del nido) materno, se prolongue en el nido familiar y en el nido escolar, y en el nido social, y más. En Panamá sufre hoy la familia. Los gobiernos y el Estado han hecho muy poco para la buena permanencia del núcleo familiar. Se fomentan parejas en lugar de familias.

Recordemos que ninguna institución puede reemplazar a la familia buena, completa y madura, como ente formador de personas.

El maestro y el pediatra han de entender debidamente al niño, en el mundo y en su mundo; para ayudarlo eficientemente en su caminar para ser, para ser persona. Recordemos: saber más (educarnos y educar integralmente) para ser más; no para tener más. Para ser más conciencia, más persona, más humanidad. Más ser. Debido a la pobreza o a la ausencia del entorno familiar, sólo llegarán al mundo escolar minusválidos afectivos, tullidos intelectuales y espirituales. ¿Y que podrá hacer o realizar un maestro con escolares que llegan al aula como reales infradotados afectivos e intelectuales? (De allí la gravísima responsabilidad de la educación preescolar. Si existe la educación parvularia fuera de la institución familiar, la misma debe ser responsabilidad del sector educación y no del sector trabajo). Algunos podrán pensar que es muy poco lo que se puede hacer frente al problema de niños provenientes de desiertos afectivos, intelectuales y espirituales; pero creo que pueden realizarse acciones positivas; sobre todo si el maestro comprende cuál es su verdadera misión, y si conoce profundamente el problema social, político, económico, intelectual, educativo, y ético del país, del hombre, del niño.

Y si se conoce a sí mismo, como ser humano y como humanidad, y quiere al niño.

¡Qué donde existan niños de lento aprendizaje (o niños normales o niños superdotados) no existan nunca maestros de lenta enseñanza!

*El autor es médico, escritor y Académico de Número de la Academia Panameña de la Lengua.roszanet@cableonda.net

***