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29 de Mar de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Cada cuatro años, una pasión global

En el fútbol y sus mitos descansan muchas de las constantes que hacen singular a una sociedad, por lo que rastrear en la historia de ese...

En el fútbol y sus mitos descansan muchas de las constantes que hacen singular a una sociedad, por lo que rastrear en la historia de ese deporte sirve para entendernos un poco más. La sociedad global se conforma con los relatos periféricos. Al principio comienza con argumentos originados principalmente de la literatura, la cátedra y la política, pero al final llega a escenarios múltiples como la danza, las costumbres, la cocina y el deporte. En torno de ellos se discute la representación de lo nacional. En ese sentido y en muchos países, el fútbol se hace cargo de lo patriótico de una manera vigorosa y ayuda a diseñar la idea que se tiene de la palabra pasión. Y en los mundiales es cuando esto más se manifiesta.

Independientemente de que el fútbol sea un deporte de origen inglés, ha terminado siendo una goma cohesiva para la totalidad de los países del mundo. Este proceso de popularización arranca con fuerza en las primeras décadas del siglo XX y parte de los viejos clubes de la comunidad británica y de la oligarquía local, hasta llegar a los clubes de América y el resto de Europa.

En aquel entonces se estaban formando las nuevas clases populares por la inmigración, y ellas construyen identidades nuevas, sin que perduren, como en Estados Unidos, las comunidades originarias. El lugar central para alcanzar una identidad será el barrio, donde se crean una cooperativa, una biblioteca obrera y un club. Se trata de un fenómeno nacional. Posteriormente estalla la polémica del amateurismo y el profesionalismo; antes había un amateurismo ‘tibio’ y se pagaba por debajo de la mesa. Luego y desde entonces, el fútbol empieza a verse como una vía de ascenso social legítimo.

Pareciera que en esa época hubo un momento de sustitución del viejo estilo inglés de pases largos y correr mucho, por el estilo más lujoso de la gambeta y la pared. Narrativamente, esto se fue emparentando con el carácter individualista del jugador. Esto es dudoso como descripción sociológica, porque los equipos de fútbol funcionan como una metáfora de la sociedad industrial: no en vano surgen en la segunda mitad del siglo XIX, con la división del trabajo. Un equipo tiene que funcionar como con división de trabajo, hay quien se encarga de defender y quien de atacar. Hay que jugar colectivamente, y entonces el individualismo es bastante relativo. Los grandes héroes deportivos han sido a la vez grandes individualistas y grandes jugadores de equipo.

Las competencias internacionales, básicamente los Juegos Olímpicos, surgen con el desarrollo de la sociedad industrial y reemplazan a las guerras. Argentina y Uruguay se suman a este fenómeno desde comienzos del siglo XX. Ambos eran países jóvenes, que se percibían a sí mismos como modernos, pujantes y triunfadores, y necesitaban de la opinión de los otros como manera de fortalecer su autoestima.

Los Mundiales de fútbol no siempre nos regalan al mejor equipo como el campeón. Y desde hace un par de décadas, la expectativa queda casi siempre centrada en torno al marketing hacia los clubes locales, más que en el desempeño de los jugadores con las selecciones nacionales. Y aunque en el fondo es una lamentable realidad y hace años hubiera sido algo impensable, lo cierto es que ahora el jugador es el que resalta a la camiseta y no la camiseta al jugador.

Frente a la caída de los argumentos y de los abusos del pasado, el fútbol como deporte tiene muchas condiciones a favor. Es fácil, cálido, universal, totalmente inclusivo y democrático, porque no le pregunta a nadie de dónde viene. Hoy, es notorio cómo el espectáculo futbolístico tiende a capturar a las mujeres, ratificando el carácter democrático e inclusivo del fútbol, que por supuesto sigue siendo administrado y relatado por hombres.

Se dice que el fútbol refleja a la sociedad. Eso es falso. El fútbol no es un espejo, el fútbol es parte de la sociedad, y como tal muestra muchas de las peores cosas de ella. A veces, las mejores también aparecen. La vida de Pelé o la saga de Maradona, en ese sentido, son buenos ejemplos. Pero el fútbol tiende a poner en escena las consecuencias que la sociedad no ha sabido saldar. Y allí están la carga de intolerancia, de fanatismo y de discriminación. Pero mientras existan los Mundiales, todo se olvida y todo se perdona. Y hasta que nuevamente en el 2014 en Brasil se dé el pitazo inicial, las cosas no estarán tan sospechosamente en calma.

*EMPRESARIO.