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21 de Jan de 2020

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Marco A. Gandásegui, Hijo

Columnistas

Los valores y el santo padre que vive en Roma

Columna de opinión

Los valores y el santo padre que vive en Roma
Los valores y el santo padre que vive en Roma

Recibí un artículo de una revista argentina anunciando la Asamblea Mundial de Obispos que se inició en el Vaticano hace casi dos semanas. El cónclave de la Iglesia Católica lo convocó el papa desde Roma (Italia). El debate girará en torno a los valores que defiende la estructura eclesiástica. Estas reflejan la actual realidad en crisis (en proceso de cambios) de la Iglesia. El enfrentamiento entre los cuadros dirigentes del cristianismo no deja de ser interesante. Más aún, si se tiene en cuenta el debate que se desarrolla en Panamá en torno a un proyecto de Ley que se refiere a los mismos puntos en la agenda papal.

En nuestro caso, el debate desatado por el proyecto de Ley no tocó los temas de fondo que le podrían haber dado sentido: ¿Qué sociedad queremos? ¿Qué valores son los que se relacionan con esa sociedad que queremos? ¿Cómo fortalecer las instituciones que enmarcan esos valores? ¿Cuál es la situación de la familia panameña? (¿Es la institución que conserva los valores tradicionales?) ¿Pueden sobrevivir los valores asociados a la sociedad que queremos en un país devorado por un sistema subordinado a una economía salvaje? Todos reconocen que el sistema privilegia a una clase social que arrasa con todo lo que obstaculiza su sed por acumular más riqueza.

La cuestión sobre la educación sexual no se reduce a las partes corporales. Son los valores que asociamos a nuestra sexualidad los que debemos trasmitir a todos los miembros de la sociedad, incluso a quienes aún no son responsables (menores de edad). En este proceso hay que respetar las costumbres y tradiciones de los distintos grupos sociales, etnias e, incluso, nacionalidades.

Nadie debe arrogarse el derecho de imponerles a otros sus creencias o puntos de vista. Los padres, por ejemplo, tienen la responsabilidad de introducir a sus hijos en la vida social. Tarea compleja y difícil. La sociedad reconoce a los padres algunos derechos básicos como son el darles sus nombres, socializarlos en sus costumbres. A la vez, prohíbe que los padres maltraten física o psicológicamente a sus hijos. Igualmente, en el caso de Panamá, les prohíbe que eduquen formalmente a sus hijos hasta cierta edad.

Estos derechos y deberes sociales son cambiantes y no provienen de alguna fuerza suprema. Las transformaciones son sin duda el resultado de nuestras relaciones sociales. Pero la mayoría de la gente —no importa de qué clase social— ignora que las decisiones que toman hoy tienen repercusiones muy serías en el futuro... cercano. Cuando las decisiones que tomaron nuestros gobernantes, a mediados del siglo XX, desintegraron a la familia campesina, no prepararon el terreno para la nueva familia que apareció en su lugar en las ciudades. Nos damos el lujo de exigir un panameño preparado para afrontar nuevos retos profesionales o técnicos. Pero no creamos las instituciones educativas para lograr ese objetivo. Al contrario, destruimos el sistema educativo y convertimos al educador en un apéndice de una entidad burocrática disfuncional (el Ministerio de Educación).

Subvencionamos a los ricos (cinco mil millones de dólares anuales del presupuesto nacional que se está aprobando en estos días) para sostener una estructura social desigual e injusta. Al mismo tiempo, subvencionamos a los más pobres (400 millones de dólares) para mantener una ‘masa’ de trabajadores informales, dispuestos a realizar cualquier trabajo. No nos damos cuenta, en el proceso, de que estamos sembrando las semillas para que el crimen organizado se apodere de nuestros adolescentes y comunidades. Los gobernantes siguen promoviendo las mismas leyes, la ‘clase media’ grita que es necesario subir las penas de cárcel y los pob res siguen con su calvario.

El papa en Roma tiene la información y las estadísticas para sacar las conclusiones necesarias. ¿Estarán los obispos a la altura? La situación en Panamá es muy parecida a la del resto del mundo. ¿Los obispos panameños jugarán algún papel en el cónclave vaticano? ¿Se asesoraron los obispos? La misma pregunta podemos hacerla a los diputados que presentan proyectos de Ley con poco conocimiento sobre los problemas. El todopoderoso Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) cita a las entidades que deben justificar sus presupuestos sin programa ni plan de desarrollo nacional. Al final, la improvisación de los gobiernos convierte el país en una caricatura. ¿Será que tienen otros objetivos, otras metas más relacionadas con sus cuentas bancarias? Veamos cómo le va al santo padre que vive en Roma.

*PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE PANAMÁ E INVESTIGADOR ASOCIADO DEL CELA.