Temas Especiales

29 de Nov de 2020

Federico José Guillermo Tejada

Columnistas

Castigar al corrupto, como al corruptor

Las leyes son permeables y, bajo el argumento de la legalidad, los criminales de cuello blanco se aprovecharon

Panamá es un país con apenas unos cuatro millones de habitantes, con un potencial económico envidiable, cuya mayor riqueza es su posición geográfica. Aún así, el margen de pobreza en su población sigue siendo alto, lo que indica que la fortuna que se genera no llega a todos, por múltiples razones, entre ellas la corrupción, el delito de cuello blanco que juegan un papel determinante, pues consume recursos que pueden ser dirigidos a beneficiar a aquellos que reclaman mejores salarios, seguridad, salud, mejor educación, agua potable, entre otras necesidades.

A finales del siglo pasado, las tres últimas décadas fueron desgarradoras, pues se violentaron las instituciones democráticas para dar paso a un Gobierno castrense, cuyo primordial argumento era que los partidos políticos estaban usufructuando del erario a diestra y siniestra, sin el mayor rubor, y haciendo que cada contienda electoral fuera más violenta donde en muchos casos tuvieron que intervenir las fuerzas policiales. Estos últimos no quisieron seguir siendo ‘convidados de piedra’ ante la situación imperante, por lo que decidieron participar dando el golpe de Estado del 68, con el saldo que todos conocemos, la invasión del 20 de diciembre de 1989, que la defenestró. Durante ese periodo, muchos funcionarios militares y civiles lograron amansar fortunas que no han sido recuperadas hasta el sol de hoy.

Luego de ello se impone un régimen democrático por medio de la fuerza con todos sus reglamentos, y leyes amparadas bajo la Constitución castrense del país. Pero resulta que, a pesar de estar en un Estado democrático, las leyes son permeables y, bajo el argumento de la legalidad, los criminales de cuello blanco se aprovecharon, y la venalidad volvió a enriquecer a aquellos que, a pesar de tener fortunas unos, y otros no, se apropiaron de cientos de millones de dólares del erario amparados bajo un sistema condescendiente, donde las instituciones llamadas a frenarlo —Contraloría, Ministerio Público, los bancos, y la misma población— volvieron a mirar para el otro lado ante la presencia de estos criminales.

En ‘la ecuación del poder’ (La Prensa 30/1/2009), preveía con anticipación lo que hoy se devela, cinco años después, la oscura trama del más descarado asalto a las arcas del Estado que registra la historia, en donde los criminales de cuello blanco se pasean, cual personas acaudaladas por nuestras calles, restregando a los ciudadanos su delito con mucha desfachatez.

Hay que cambiar las leyes para que sean menos permisibles ante estos casos, y castigar con dureza este tipo de delito. Tal como se castiga al empleado que se apropia de un lápiz, así mismo debe castigarse al que se queda con millones del erario, pero con todo el peso de la Ley, sea ciudadano natural o jurídico, y quitándole lo que se robó sin más dilación. El escarmiento debe llegar a todos, corruptos y corruptores, sin distingo de ninguna naturaleza, para dar un ejemplo a las generaciones futura de que el delito se castiga.

PERIODISTA