Temas Especiales

16 de Jan de 2021

Mauro Zúñiga Araúz

Columnistas

Los paradigmas

Una de las manifestaciones más importantes de ese nuevo régimen fue la democracia representativa

Thomas Kuhn, filósofo de la ciencia, definió muy bien el concepto de ‘paradigma': cuando los hechos científicos no se explican con las teorías vigentes, hay que crear unas nuevas que sí lo hagan. Transcurrir de un paradigma a otro es un proceso difícil, porque muchos se aferran a él, y el cambio de un paradigma a otro lleva a una Revolución Científica, cuyos postulados se sedimentan con el correr de los años, hasta que la realidad y la teoría vuelvan a entrar en pugna, lo que hará surgir nuevos paradigmas. Así ha transcurrido la ciencia.

Si extrapolamos estos conceptos a nuestro mundo social, político y económico, nos podemos dar cuenta de que también ha habido paradigmas que han cambiado las concepciones vigentes, las que han sido reemplazadas por otras. El problema central de nuestras sociedades es que, llámesele con el nombre que queramos: esclavistas, señores feudales, capitalistas, globalizadores, etc., siempre una clase pequeña domina y controla a las mayorías. A finales del siglo XVIII surgió una revolución que destruyó el régimen feudal imperante, el que fue reemplazado por el capitalismo.

Una de las manifestaciones más importantes de ese nuevo régimen fue la democracia representativa. Antes ni los esclavos ni los plebeyos ni las mujeres ni las demás clases desposeídas tenían derechos. Poco a poco los esclavos y las mujeres han logrado, al menos, igualdad ante la ley; pero continúa el dominio de pocos sobre muchos.

Es inadmisible que, en pleno siglo XXI, trescientas cuarenta y cinco familias tengan la riqueza equivalente al cuarenta y cinco por ciento de la población mundial y que cada seis segundos se muera en el mundo un niño de hambre. Los que están de acuerdo con esto, les solicito que no sigan leyendo este artículo.

El brazo político de estas inadmisibles asimetrías sociales es la democracia representativa. En algunos países se les consulta a los ciudadanos sobre temas álgidos; en la mayoría ni eso. El caso de Panamá es un ejemplo vivo. Los panameños vamos a las urnas cada cinco años a despojarnos de nuestros derechos cívicos y se los entregamos a un puñado de individuos para que hagan a su merced lo que a bien tengan.

La participación ciudadana jamás es tomada en cuenta para nada. Como resultado de ese modelo vemos a un Órgano Judicial, un Órgano Ejecutivo y un Órgano Legislativo completamente corruptos. Un Tribunal Electoral que legalizó la corrupción y a unos partidos políticos, sin excepción, que carecen de ideologías y de propuestas, cuyo único objetivo es asaltar al Estado para disfrutar de sus bienes. No dudo que dentro de sus filas haya personas honestas, pero, de llegar al poder, serán asfixiadas y, tal vez, eliminadas por el propio sistema.

Ante esta realidad, ¿qué hacer? Continuar como estamos; hacer cambios cosméticos a la carta magna o llevar a cabo un giro de 180 grados en el que el pueblo organizado, sin los obsoletos partidos políticos, participe en un proceso constituyente que culmine en una constituyente originaria, participativa e incluyente. Que cada panameño se postule independientemente y que sean los propios panameños, sin intermediarios de ninguna clase, los que los escojan para integrar la nueva Asamblea Constituyente.

Eso sí, se tienen que efectuar cabildos abiertos en todo el país para escuchar y tomar en cuenta la opinión de los ciudadanos, que ha de ser soberana.

Afirmar que no existen las condiciones para convocar una constituyente es desconocer la historia, porque, precisamente, las constituyentes son los remedios a las crisis. Tenemos que tener mucho cuidado con aquellos que pregonan una Constituyente Paralela, llevada a cabo por los mismos partidos que han contribuido a crear la actual crisis.

MÉDICO