La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Aristides Royo

Columnistas

Repatriación cultural

El museo que sí conozco es el de la Universidad de Yale, ubicada en New Haven, Connecticut

A fines del siglo XIX y durante un poco más de la centuria pasada, los países colonialistas y algunos otros, por razones culturales y algo de dinero en sus erarios, obtuvieron por saqueo o compra, objetos que se siguen exhibiendo en los grandes museos del mundo. Valiosos tesoros artísticos de la antigua Mesopotamia, Persia, Siria, Grecia, Roma, Egipto, así como de las culturas originarias de México, Centroamérica y Perú, integran salas enteras de museos ubicados en ciudades como Londres, Berlín, Madrid, Viena, París, Bruselas, Nueva York y Chicago.

Actualmente tiene lugar en el Museo Metropolitano de Nueva York que, cuando fue dirigido durante tres décadas por Philip de Montebello, se enriqueció con 84 000 mil piezas que fueron adquiridas mediante compra, una exposición que se titula Los Reinos Dorados, acompañada de un estupendo catálogo. Centenares de miles de personas acudirán durante casi un cuatrimestre a conocer las expresiones culturales, fundamentalmente en orfebrería, escultura y utensilios domésticos y rituales, de los pueblos que poblaron Norte, Centro y Sur América.

La inmensa mayoría de las preciosas piezas exhibidas, fueron préstamos que generosamente hicieron —como se acostumbra en régimen de reciprocidad— museos de ciudades mexicanas como México D.F., Puebla, Oaxaca y Tulum. Igual sucede con las muestras de diversos museos peruanos, colombianos y el Nacional de Costa Rica. Sin embargo, una sala llama la atención. Es la dedicada al Sitio Conte, donde a fines de los años cuarenta del siglo pasado, un grupo de arqueólogos norteamericanos descubrieron en los alrededores de El Caño, cerca del Río Grande en la provincia de Coclé, preciosos objetos arqueológicos, generalmente ubicados en las tumbas indígenas.

Sin embargo, la dicha y el orgullo de que objetos de nuestro país formen parte de una exposición tan importante, se trastocan para los panameños en dolor y vergüenza, pues todas las bellísimas piezas de orfebrería de gran valor artístico allí presentadas como procedentes del Sitio Conte, forman parte y son propiedad del Museo Peabody de la Universidad de Harvard.

No he visitado la universidad más prestigiosa de Estados Unidos y una de las más importantes del mundo y me imagino que pocos panameños han acudido al Museo Peabody para poder contemplar las piezas arqueológicas de nuestra cultura prehispánica. El museo que sí conozco es el de la Universidad de Yale, ubicada en New Haven, Connecticut. Allí se exhibían hasta hace algunos años, las piezas más preciadas de las miles que trajo el arqueólogo norteamericano Hiram Bingham cuando descubrió Machu Pichu en 1911. Me imagino a Francisco Pizarro y sus hermanos, conquistadores del Cuzco, revolcándose en sus tumbas por haberse perdido ese tesoro. Pues bien, hace pocos años el Museo de Yale devolvió al Perú una gran cantidad de objetos que había llevado el explorador Bingham.

¿Cabría preguntarse si no sería posible que el Club de los Alumni panameños de Harvard, junto con el Instituto Nacional de Cultura, iniciasen una intensa actividad diplomática destinada a lograr la repatriación cultural de los objetos que pertenecieron a una cultura istmeña ancestral y que están en el Museo Peabody de esa afamada universidad?

Como lo malo de los buenos sueños es que uno termina despertándose, habría que prometerle a la Universidad de Harvard que primero restauraremos el Museo de Antropología cuyo nombre honra a nuestra gran arqueóloga y antropóloga panameña, Reina Torres de Araúz, nuestra profesora en el Instituto Nacional y después gran amiga y colaboradora. Dado que los Gobiernos tienen paladar de champaña para los subsidios y las partidas circuitales y bolsillo de cerveza para la cultura, se podría invitar a empresarios de nuestro país para que contribuyan a la reapertura del Marta con aportes deducibles de impuestos, desde luego. Parafraseando la famosa frase del presidente Kennedy, no nos preguntemos qué puede hacer la cultura por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros por la cultura.

Sabemos que esto no será fácil en un país como el que todos amamos, donde —salvo honrosas y loables excepciones— las asociaciones de padres de familia, las juntas comunales y los maestros, le exigen al Meduca que espante las palomas que anidan en los aleros de los planteles y que les corten la hierba de los patios por temor a las culebras. ¿Superaremos algún día la falta de solidaridad y del esfuerzo compartido?

ABOGADO, EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.