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26 de Nov de 2020

Saúl Rolando Cortéz Chifundo

Columnistas

Transitismo: germen de la malograda producción nacional

Es innegable en el devenir histórico istmeño la marca indeleble de los sectores elitistas.

La ventajosa posición geográfica de Panamá constituye nuestro principal recurso natural, especial e inagotable. Sin embargo, desde el siglo XVIII los grupos de poder que se instauran en el Istmo fabricaron una visión histórica exclusivista del mismo, garante de su ‘statu quo' como clase social, supeditándola a poderes foráneos en absoluta ausencia de sentimiento nacionalista.

A estos grupos foráneos de prematura presencia en el Istmo (s. XVIII), solo les interesaba aprovechar su privilegiada posición geográfica, para usufructuar la actividad transitista (ofrecer servicio de pasar mercadería). Ese era su verdadero idilio con este terruño, pero sujeto al capital extranjero (inglés, francés o norteamericano). Con esto, automáticamente, declaran inferior la producción interior agrícola, artesanal e industrial.

Sin dudas, esa idea del transitismo, desde siempre ha estado vinculada al espíritu hanseático de los sectores elitistas. A nuestro parecer, es una categoría cultural segregacionista que lamentablemente se constituyó en un factor cultural inmutable que ha trascendido hasta el presente. Se introduce así el germen de la inferioridad nacional y de que el único motor de nuestra economía es el sector servicio en detrimento de los otros sectores de la producción.

Es innegable en el devenir histórico istmeño la marca indeleble de los sectores elitistas. Ello ha constituido un verdadero ultraje a la nación, desde la secesión de 1821 con sus dos momentos bien diferenciados: 10 de Noviembre en el área rural y 28 de Noviembre en el área urbana. El común denominador han sido los intereses económicos elitistas. Esto, determinó la tardía presencia istmeña en los movimientos de emancipación hispanoamericana.

Por un lado, la burguesía comercial citadina supeditada a la Corona española hasta tanto esta le permitió facilidades para el comercio lícito e ilícito (contrabando). Por el otro, una oligarquía latifundista ufanada por la explotación agraria a gran escala y respaldada por el coronel José de Fábregas. Ambas actuaron en ausencia pura de sentimientos nacionalistas o patrióticos. Reiteramos, su desenfrenado amor solo apuntaba al usufructo de nuestra providencial posición geográfica.

Los sectores populares, obviamente, fueron invisibilizados por los rígidos mecanismos de vejación social (esclavitud) vigentes, propios de un sistema feudal decadente o en simbiosis, dada la presencia de nuevas relaciones de producción (capitalismo). Esta particularidad, otorga exclusivo protagonismo a una élite insensible a la suerte del terruño, pues no era una clase nacional.

Quizás, teniendo presente la inestabilidad del Istmo con una pujanza económica intermitente y determinada por hechos coyunturales, estos mismos sectores elitistas, una vez unidos a Colombia mostraron mayor empeño por un proyecto hanseático supeditado al mercado y capital foráneo. La ausencia de nacionalismo y patriotismo por parte de estos para 1903, comprometería la Soberanía territorial istmeña.

En suma, eso del ‘transitismo', viniendo de los sectores elitista (oligarquía latifundista y burguesía comercial), contiene una fuerte carga segregacionista y de desapego al terruño. Es más que evidente, aún contra toda virtud que pretenda imponerse a estos grupos de poder, que nuestra malograda producción nacional actual fue cimentada por la ausencia de vocación nacional de la élite.

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