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14 de Oct de 2019

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Marco A. Gandásegui, Hijoopinion@laestrella.com.pa

Columnistas

Hong Kong

“Los hongkoneses, a pesar de su relativa prosperidad, se sienten apartados, están construyendo una ciudad que están perdiendo, que no los quiere. El problema no es ideológico, es de identidad”

Hong Kong es una ciudad que tiene muchas afinidades con Panamá. Durante más de un siglo y medio fue un enclave colonial británico que se proyectaba sobre el Pacífico en el costado de China, el gigante asiático. Panamá también tenía una herida en su geografía, que la partía por la mitad de un océano al otro. Hong Kong era el puerto de entrada a China, en el siglo XIX, del opio que explotaban los ingleses en la India. El Canal de Panamá fue el puente que le sirvió a EE. UU. (para) convertirse en la potencia global después de la II Guerra Mundial. Tanto Hong Kong como la Zona del Canal de Panamá se reintegraron a sus países en los últimos años del siglo XX. En el caso de Hong Kong, en 1997 dejó de ser colonia británica y se reintegró a China. En Panamá, EE. UU. terminó su ocupación del área del Canal en 1999.

Hong Kong y la antigua Zona del Canal tienen un área territorial similar de algo más de mil kilómetros cuadrados. En términos de población, Hong Kong tiene 7.5 millones de habitantes y la República de Panamá algo más de 4 millones.

La ocupación inglesa de Hong Kong transformó la región —en un siglo y medio— de una caleta de pescadores en un centro comercial, industrial y, finalmente, financiero. Cuando Gran Bretaña soltó la colonia lo hizo con pleno conocimiento de que la pérdida de soberanía sobre Hong Kong le beneficiaría. En 20 años —1997 al presente— la ciudad ha prosperado enormemente, se han hecho grandes fortunas y es un centro financiero que compite con los más sofisticados del mundo. Además, todo indica que continuará creciendo y haciendo más ricos a los grandes inversionistas y especuladores.

Cuando EE. UU. negoció con Panamá el fin de la ocupación del área del Canal en 1977 también lo hizo pensando que sacaría provecho. Políticamente, puso fin a un enfrentamiento permanente con un pueblo que no aceptaba ser subordinado. Militarmente, acabó con 16 bases militares que solo le representaban gastos para resguardar una infraestructura (el Canal) imposible de defender. Diplomáticamente, Washington pretendió presentarse ante el mundo como una potencia dispuesta a entenderse con países más débiles. La imagen colapsó en 1989 cuando decidió invadir a Panamá para hacer un cambio de régimen que favorecería la imagen de un presidente sin carisma.

Hong Kong está pasando, en la actualidad, por una crisis política que los medios norteamericanos no quieren analizar y, por lo tanto, no la entienden. Toman la información que les proporciona Washington y repiten la misma canción desgastada: las protestas en Hong Kong son a favor de la democracia capitalista norteamericana y en contra de la democracia comunista china. Un sociólogo hongkonés, Ip Iam-Chong, predijo las protestas en 2018. En un artículo sobre la “gentrificación” (neourbanización), sostiene que la política de desarrollo urbano impulsada por el Gobierno de Pekín y apoyada por las autoridades municipales de Hong Kong creó lo que llama una emergente clase media “alienada”. Una clase media que en los años últimos del siglo XX e iniciales del siglo XXI se sentía muy identificada con el futuro de la antigua colonia británica.

“La emergencia de un mercado orientado a la compra y venta de propiedades conectado a la lógica de la globalización y desconectado de los intereses locales, combinado con la llegada de compradores y turistas del resto de China —con la aparición de los “malls”— convirtió a Hong Kong en un paisaje urbano que fue rechazado por la población local, alimentando un resentimiento popular”. Según Ip, aunque (la R. P. de) China le ofrece a la ciudad un boleto mágico hacia un futuro de prosperidad en un mundo globalizado, “los cambios han creado entre los habitantes de Hong Kong una distopía donde se sienten alienados de su terruño”.

Los hongkoneses, a pesar de su relativa prosperidad, se sienten apartados, están construyendo una ciudad que están perdiendo, que no los quiere. El problema no es ideológico, es de identidad. La gran mayoría de los obreros se ha radicado en ciudades vecinas. En Hong Kong hay trabajadores de servicios que quieren ser parte del proceso de transformaciones que experimenta China. ¿Cómo? La ciudad está en manos de las burocracias bancaria y partidista. Panamá tiene el mismo dilema. La juventud quiere transformar el país y pronto saldrá a las calles para hacer realidad sus anhelos.

Profesor de Sociología de la UP e investigador asociado del CELA.