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21 de Nov de 2019

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Columnistas

Michael Kozak, cuando Noriega dijo no

La tradicional afabilidad del panameño hace que nos resignemos ante lo bueno, lo malo y lo feo que viene de Washington y que agradezcamos a sus emisarios cuando nos vienen a dar órdenes.

La tradicional afabilidad del panameño hace que nos resignemos ante lo bueno, lo malo y lo feo que viene de Washington y que agradezcamos a sus emisarios cuando nos vienen a dar órdenes.

Michael Kozak, subsecretario del Departamento de Estado, nos acaba de visitar para tirarnos la línea sobre Venezuela, Nicaragua (y China). Para saber quién es Kozak, recordemos qué vino a hacer a Panamá en marzo de 1988.

En 1983, Ronald Reagan, un presidente sanguinario, después de matar a Omar Torrijos, invadió a Granada previo asesinato de su primer ministro, Maurice Bishop, y de 15 de sus seguidores.

El 10 de diciembre de 1985, el director del Consejo de Seguridad Nacional (CSN), John Poindexter, presionó a Manuel A. Noriega, en violación de los Tratados, para que las Fuerzas de Defensa (FFDD) atacaran a Nicaragua sandinista; autorizara la presencia militar de EU después del 31 de diciembre de 1999 y Panamá se sometiera a su política exterior.

Noriega dijo su primer no, y así empezaron sus conflictos con Washington. (1)

En abril de 1986, el CSN organizó una campaña de operaciones encubiertas para desestabilizar a Panamá; restablecer el control estadounidense del Canal y abrogar los Tratados; mantener la ocupación militar después del 2000; expulsar a Japón del Canal; evitar que el Canal cayese en manos de la URSS o Cuba y ahuyentar a inversionistas de Oriente —v. g., China. (2)

EU obtuvo éxito total, y en enero/febrero de 1988, Reagan invocó la Ley de Poderes de Emergencia Económica y declaró al “régimen Noriega-Solís Palma” como “una amenaza a la seguridad nacional de EU”, que abarcó toda clase de sanciones violatorias del Derecho Internacional.

La CIA y la embajada apoyaron a la oposición para destruir a Panamá pero, tras cuatro años de sanciones, fracasaron. Reagan pensó sacar a Noriega del poder “honrosamente” (es decir, con ultimátum) en fecha impuesta por EU, una condición inaceptable para el militar que, como comandante, tenía inmunidad, según el Tratado de Montreal promovido por Washington en 1969.

Tal era el escenario en el que actuaría Michael Kozak en marzo de 1988 para ejecutar la orden de Poindexter de 1985 y el Decreto de Emergencia de 1988, con el fin de darle un golpe de Estado a Noriega. Es decir, Kozak vino, no como emisario, sino como sicario del presidente Reagan. ¡Y algunos “torrijistas” le dieron la bienvenida!

Kozak no vino a tomarse un té con Noriega, sino a ordenarle que se largara de Panamá y se fuera sine die a España a cambio de dinero y de anular los falsos indictments en EU. Vino acompañado de William Walker para reunirse el 18 de marzo de 1988 con Noriega. William Walker era aquel otro mercenario de ingrata recordación que asoló Centroamérica en el siglo XIX y que, adelantándose siglo y medio a Juan Guaidó, se autoproclamó su presidente.

Pero Kozak no es Mike Pompeo, que dejó al déspota de Arabia Saudita para venir a ladrarle como un Pitbull al presidente Juan Carlos Varela por lo de China. Kozak tampoco es el impresentable John Bolton, quien, por no haber sido militar, solo hablaba de guerras.

Kozak en nada se parece a un refinado Maurice Claver-Carone, cubano, director del CSN, experto catador de chocolate y de nombre afrancesado, para quien las relaciones de Panamá con China “son mucha espuma y poco chocolate”, aunque él era un charlatán, “como las olas: mucha espuma y poco fondo”. (3)

Dos días antes de la cita con Noriega en Fort Clayton, William Walker y Mike Kozak venían de regreso de un golpe contra el primero (16 de marzo de 1988), auspiciado por la CIA, el Comando Sur y la DC, a raíz de cuyo fracaso EU decidió convencer a Noriega de irse “por su voluntad”. Kozak, el “gringo bueno”, venía acompañado, como instrumento del golpismo de EU, por Walker, el “gringo malo”.

Walker le ofreció a Noriega un avión para viajar a España, dos millones de dólares y una placa de reconocimiento “por sus valiosos servicios”. Ninguno de los dos había leído la biografía de la CIA sobre Noriega: “Noriega es inteligente, agresivo, ambicioso y ultranacionalista. Es una persona astuta y calculadora”.

Ante la propuesta, Noriega opinó: “Ser un nacionalista no es compatible con venderse a sí mismo y traicionar a su país por dos millones de dólares”. (4)

Por un momento, Noriega pensó que Kozak y Walker podrían ser arrestados por intentar sobornarlo, pero se contuvo y simplemente cortó la conversación, porque tenía un almuerzo con el presidente Manuel Solís Palma, a quien no hizo ningún comentario, al estimar que la propuesta era “demasiado absurda” para darle consideración.

Al regresar a Fort Clayton, Noriega le dijo a Kozak y Walker: “Su propuesta es un insulto inaceptable. Obviamente ustedes vinieron aquí pensando que esta es su colonia y que nos pueden empujar como les da la gana. Panamá es una nación soberana y yo soy su jefe militar. Siempre he tratado a EU equitativamente. Ustedes no tienen derecho para hablarme de esta manera. ¡Lárguense de Panamá!”. Y Kozak y Walker se largaron con el rabo entre las piernas.

Kozak regresó al mes siguiente (abril), pero sin Walker. Lo primero que hizo fue disculparse por la actitud de su colega, que no había sido “diplomático” y había insultado a Noriega. Pero repitió la misma cantaleta: Noriega saldría de Panamá por seis meses, se retiraría de las FFDD y no participaría en las elecciones de 1989. Kozak era, pues, la misma jeringa con diferente pitongo.

“Sabía que tenía enemigos en Washington —recordó—, pero los campesinos y sindicatos me apoyaban. No estaban en juego mi popularidad ni mi salud física. No era un problema personal. Estaba simplemente calibrando la situación de mi país en el esquema internacional”. (5)

Después de semanas de negociaciones, acordaron una fecha límite, propuesta por EU: Reagan tenía una cita con Mikhail Gorbachev y quería anunciar que había resuelto la crisis panameña como una manera de contestar la Perestroika, demostrando cómo EU llevaría la paz a América Latina.

“Pero yo desconocía esa agenda, que no era la mía —confesó Noriega— y el problema político no estaba resuelto. Mi equipo de trabajo decía que Panamá se desestabilizaría si yo salía. Habría una percepción de que Panamá estaba nuevamente capitulando ante el imperialismo”.

Los americanos siguieron presionando. Reagan había partido para Rusia, y el secretario de Estado, George Shultz, quedó en Washington, aguardando a Noriega. “El presidente Reagan está esperando que firme. ¡Vamos!”, dijo Kozak.

Noriega rememora: “Ese día el Estado Mayor se reunió en calle 50. Les leí la propuesta y la rechazaron. Me brindaron su apoyo y me pidieron que no aceptara. Lo pensé y regresé a Fort Clayton. “No lo haré”, le dije a Kozak”.

“No puedo lamentar mi decisión y no me arrepiento de mis acciones. Mi único consuelo es que no entregué a mi país. Al final, el resultado fue el mismo: los americanos impusieron un Gobierno y desmantelaron las fuerzas armadas. Pero necesitaron un acto de guerra para hacerlo, destrozando el Tratado de Neutralidad y barriendo todo trazo de conducta civilizada”.

(1) Julio Yao, “Para entender la invasión a Panamá”, Panamá-América, 18 de noviembre de 2000).

(2) Julio Yao, El Monopolio del Canal y la Invasión, Eupan, 2019; Lithografía Chen, 2019).

(3) Julio Yao, “Lo espeso del chocolate”, La Estrella de Panamá, 16 de septiembre de 2019).

(4) Manuel Noriega y Peter Eisner, America's Prisoner –The Memories of Manuel Noriega; Random House, New York, 1997).

(5) Ibid.

Analista internacional y exasesor de política exterior.