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15 de Aug de 2020

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Marco A. Gandásegui, Hijo

Columnistas

'Ser ciudadano de pleno derecho significa ser blanco'

“No se trata de la línea que separa a gobernantes y gobernados, cuestión política, sino de aquella que separa a dominantes y subalternos”

Hace 10 años, celebrando el 50º aniversario de la revista TAREAS, Adolfo Gilly hizo un examen de la realidad boliviana que sigue siendo vigente en la actualidad. Aprovechamos este espacio para reproducir algunos extractos con motivo de la guerra racial que está viviendo ese hermano país.

“Según el vicepresidente Álvaro García Linera (en 2006), lo que está en curso es “una ampliación de élites, una ampliación de derechos y una redistribución de la riqueza. Esto, en Bolivia, es una revolución”.

Según Gilly, “lo que está ocurriendo es algo mucho más profundo y va más allá de las élites, la política y la economía. Es un cuestionamiento de los sustentos mismos de la dominación histórica de esas élites, viejas y nuevas. Viene de muy abajo, lo mueve una furia antigua y no lo van a detener las masacres de las bandas fascistas”.

La masacre de Pando, hace más de 20 años, con más de 30 campesinos asesinados a sangre fría por los sicarios de la minoría blanca, anunciaba sus planes. “Bolivia sabe bien lo que se juega: el poder de la minoría blanca no es negociable, sus tierras no se tocan, su derecho de mando despótico reside en el color de la piel, no en el voto ciudadano. La minoría blanca no está dispuesta a 'ampliar' en sentido alguno tal derecho despótico, apoyada además en sectores blancos pobres cuya única 'propiedad' es ese color de piel que los separa de los indios. Mucho menos dispuesta está a redistribuir propiedad o riqueza”.

”La derecha boliviana, las viejas y no tan viejas élites, los dueños y señores de las tierras y las vidas, decía Gilly, fueron derrotados por la inmensa revuelta indígena y popular que se inició con la guerra del agua en 2000, culminó con la rebelión de El Alto en 2003 y concluyó con el acceso de Evo Morales a la presidencia en enero de 2006”. Esa minoría sabe bien que no se trata de meras 'ampliaciones democráticas' sino de una revolución que cuestiona su poder y sus privilegios, el 'entramado hereditario' de su mando despótico. Pues una revolución es uno de aquellos momentos culminantes en que el movimiento insurgente del pueblo toca las bases mismas de la dominación, trata de destruirla y alcanza a fracturar la línea divisoria por donde pasa esa dominación.

No se trata de la línea que separa a gobernantes y gobernados, cuestión política, sino de aquella que separa a dominantes y subalternos. El clásico nombre de revolución social se refiere a la subversión de esa dominación social y no solamente política o económica.

Esa línea divisoria es nítida y profunda en Bolivia. No es tan solo una dominación de clase, que sí existe. Es sobre todo una dominación racial conformada desde la Colonia y confirmada en la República oligárquica desde 1825 en adelante.

”En esa dominación, dice Gilly, ser ciudadano de pleno derecho significa ser blanco o mestizo asimilado. Para llegar a ser ciudadano, un indio tiene que dejar de ser indio y reconocerse y ser reconocido como blanco. (Tiene que) romper con su comunidad histórica concreta, la de los aymaras, los quechuas, los guaraníes u otra de las muchas comunidades indígenas bolivianas. (Así puede) entrar como subordinado recién llegado a la comunidad abstracta de los ciudadanos de la República”. Aquella fuerza viene también del entramado hereditario de los dominados y subalternos que se sublevan para conquistar todos los derechos que esa República racial les niega o les recorta: la dignidad y el respeto, los espacios de libertad y de organización, los recursos naturales de su tierra, la educación, la salud. No se trata sólo de un nuevo orden político y económico. Se trata de lo que en el contexto boliviano constituiría un nuevo orden social. De ahí la violencia bestial de las reacciones de los grupos privilegiados minoritarios y sus sicarios.

(Las mayorías indígenas) “han podido ver en vivo y en colores la amenaza del regreso del pasado. No lo permitirán. Tienen suficiente experiencia y organización para saber cómo responder a la violencia con la violencia si sus gobernantes, de quienes esperan pero a quienes también exigen, no paran y castigan a los criminales, única salida sensata y efectiva que podría derivar de las negociaciones en la presente relación entre las fuerzas enfrentadas”. (Fuente: Adolfo Gilly, 2010, “Racismo, dominación y revolución en Bolivia”, Tareas Nº 134).

Profesor de Sociología de la UP e investigador asociado del CELA.