Temas Especiales

05 de Apr de 2020

Ramón Lima C.

Columnistas

La asonada del 4 y 5 de diciembre de 1990

“Pedí a los directores que me acompañaran a la Presidencia, si no apoyaban el movimiento. Todos salieron conmigo [...]. [...], aclaro que en ningún momento fui secuestrado, como erróneamente se publicó”

Hago memoria de un hecho histórico, ocurrido el 4 y 5 de diciembre de 1990, siendo viceministro de Gobierno. El 4, los sindicatos estatales marchaban liderados por los del IRHE e INTEL, reclamando la devolución del décimo tercer mes, retenido desde 1972. Habían llamado a un paro de labores de 24 horas. Adicionalmente, la segunda quincena de noviembre no se había distribuido a la Policía. Esto último, contrario a disposiciones legales que obligaban a la Contraloría a entregarla, ya que había otorgado el refrendo.

En la tarde del 4 de diciembre, el ministro Ricardo Arias Calderón me comunicó que el coronel Eduardo Herrera, detenido el 24 de octubre por atentar contra la estabilidad interna del Estado, había escapado de la isla Naos en helicóptero privado que aterrizó en San Miguelito. Allí le esperaban antiguos miembros de las Fuerzas de Defensa. Luego, se dirigió al cuartel de Tinajitas a pedir apoyo, el cual fue denegado por el capitán Javier Licona. Luego de este informe, acompañé al ministro a la sede de la Policía en Ancón. Poco más de una hora después, el Dr. Arias Calderón me comunicó que el presidente le convocaba a la Presidencia y que le acompañaría el director Asvat. Permanecí en la sede.

Antes de la medianoche entraba al patio frontal el coronel Herrera. Con él venían varios exmiembros de las Fuerzas de Defensa y algunos integrantes de la Unidad de Seguridad de las Instalaciones de la sede policial, entre ellos, el capitán Jurado. También estaban los coroneles James Steele y Jack Pryor, enlaces del ejército de EUA durante la invasión del 20 de diciembre de 1989, quienes conversaban con el coronel Herrera.

Reunido con algunos miembros del Directorio, éstos concluyeron que no se contaba con la fuerza letal para enfrentar la inminente entrada de los sublevados; por eso decidieron ir a la planta baja. Mientras caminaba por un pasillo, pedí que me llevaran adonde estaba Herrera. En el encuentro, me indicó que los policías tenían varias reivindicaciones. Escuché atentamente, consciente de que hablaba con un evadido de la prisión. Le dije que quería dirigirme a un pelotón de policías que allí se encontraba. Pronuncié una arenga, recordando que el ministro había desarrollado todos sus esfuerzos para formar una Policía civil, para reconstruir el Estado de Derecho. No hubo reacción. Luego me retiré hacia la Presidencia.

Ya en la Presidencia, después de una reunión, el ministro me preguntó si podía regresar a la sede, puesto que estaban llegando muchos periodistas. A las 4 a.m. del 5 de diciembre, permanecí a pocos metros de la cerca de la sede policial. Una hora después se apersonó a ella un policía y me informó que Herrera quería hablarme. Pedí instrucciones al ministro y respondió que el presidente solo me autorizaba a escuchar, más no podía negociar. Transmití que entraría cuando estuviera amaneciendo, el encuentro sería en el patio y con los medios presente.

Me esperaba Herrera con un grupo de sublevados. Pregunté por los motivos del movimiento. Respondió que me los había comunicado esa noche. Le dije que poco habíamos hablado; pedí lo hiciera frente a los periodistas. Cuando terminó, pregunté dónde estaban los rehenes, a lo que un guardaespaldas (capitán Bernal) contestó que no había, asintiendo Herrera. Pedí la presencia de los miembros del Directorio, dándose instrucciones para buscarlos. Poco después informaron que dormían. De inmediato instruí para que los despertaran y el policía acató la orden. Al llegar, les dije que en unos minutos regresaría a la Presidencia. Que Herrera había dicho públicamente que no había rehenes y que, en consecuencia, les invitaba a que fueran conmigo a la Presidencia.

El mayor Darío Arrue, subjefe de la Policía, me pidió que habláramos dentro del edificio. Convine en eso y nos fuimos a un salón de reuniones. En ese momento desconocía que horas antes, alrededor de la 1:30 a.m del 5 de diciembre, Herrera se había reunido con esos directores, en presencia de los coroneles Pryor y Steele, a fin de convencerles de que se unieran a su movimiento.

Al entrar a la reunión, observé a Herrera sentado en la cabecera. Me dejaron un asiento vacío, a un costado de ésta. Tomé la silla y pedí al coronel que se corriera; presidí la reunión durante una hora. Herrera aseveró que los cuarteles le apoyaban. Afirmé que ese reporte era incorrecto y que los informes que tenía aseguraban el respaldo total al Gobierno. En ese estado, dije que habíamos conversado suficiente; di por terminada la reunión. Pedí a los directores que me acompañaran a la Presidencia, si no apoyaban el movimiento. Todos salieron conmigo rumbo al encuentro con el presidente Endara.

Más tarde, Herrera salió caminando con su grupo hacia el Palacio Legislativo; siendo detenidos por soldados de los EU y uno de los policías murió, el sargento Filemón Montero Del Rosario. Antes de terminar este relato, aclaro que en ningún momento fui secuestrado, como erróneamente se publicó.

Abogado