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11 de Jul de 2020

Columnistas

Corrupción: cultura vs natura

Si el lector se tomara la libertad de examinar el contenido de las noticias del diario vivir, percibiría, de una u otra manera, que el tema “corrupción” embarra el tejido social, de la a la zeta

Si el lector se tomara la libertad de examinar el contenido de las noticias del diario vivir, percibiría, de una u otra manera, que el tema “corrupción” embarra el tejido social, de la a la zeta. Es tema por derecho propio de la prensa [escrita]. También bocatto de cardinale de los medios audiovisuales.

Sin importar los soportes tecnológicos que la apapachen [televisión, computadoras, tabletas, celulares, plataformas digitales] la corrupción forma parte de nuestro hábitat humano, en consecuencia, de nuestras vidas. Nos salpica a todos. Hasta cuando hablamos de ella.

El manejo del tema con fines lucrativos empeora las cosas. Con o sin premeditación el tratamiento informativo de la delincuencia degenera en su promoción, construye referentes, crea ejemplos, en peor de los casos la “apologetiza”. Nos atrapa, aunque sea en calidad de lectores… adictivos.

Debemos tener claro es que en la naturaleza la corrupción no existe. En el seno de la madre natura prevalece la ley de la selva. La corrupción nace cuando el instinto territorial o de posicionamiento, el “mío-mío”, transgrede las normas culturales reguladoras, pero no desaparece. Acecha en espera de la oportunidad para transgredirla.

Al analizar el tema generalmente no tomamos en cuenta lo paradigmas biosféricos sino las normas culturales creadas por el hombre en su afán de regular sus atávicos impulsos depredadores.

Lo que se toma en cuenta, con toda razón, son las instituciones, constituciones, sistemas políticos, derechos, códigos, democracia, paz, etc., toda esa parafernalia cultural concomitante con el proyecto humano.

Por esa razón no estaríamos nada equivocados si parafraseando a Carlos Marx dijéramos que “la historia es la historia de la lucha del hombre contra la corrupción”. O la lucha del hombre contra su propia naturaleza. O el esfuerzo que hace el hombre para que los preceptos abstractos, leyes, valores, creencias…, concebidos para elevar su condición humana, se cumplan.

De manera que al analizar lo específicamente humano generalmente tocamos fondo, pero no trasfondo [lo biológico]. Apuntamos en la dirección “correcta”, con apego al tejido psicosociocultural, pero no lo biopsicosociocultural.

Centramos nuestra atención en pactos sociales institucionalizados, cuyo objetivo es colocar el interés colectivo por encima de los intereses individuales, con la imperiosa” obligación” de ser cumplidos de acuerdo con la mosaica metáfora contenida en “mandamientos”, pero con prescindencia de la biología.

Pensemos, por ejemplo, en emprendedores del tipo Rico Mac Pato. Estos especímenes acumulan riquezas pantagruélicas no porque les haga falta para satisfacer necesidades vitales sino porque en ellos el instinto de supervivencia, desde la perspectiva de algunas corrientes humanistas, alcanzan, aberrados, el grado calificable de corrupción.

Lo bueno es que el distanciamiento entre cultura y naturaleza se amplía. Hay progreso. Lo hay al punto de que los seres humanos no sienten que son una especie de las tantas que pueblan el planeta sino seres emparentados con divinidades, creados a su imagen y semejanza.

Ojalá que el proceso de reajustes “genético-culturales” permita que el hombre algún día se posesione de su humanidad, aunque sea el día de San Blando. PRO.