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10 de Jul de 2020

Berna D. Calvit

Columnistas

En estos días

En estos días, en que el tiempo da para atender tareas pendientes, dispuse poner orden en los libros que he ido amontonando sin orden ni concierto.

En estos días, en que el tiempo da para atender tareas pendientes, dispuse poner orden en los libros que he ido amontonando sin orden ni concierto. Tengo por costumbre poner de vecinos a los autores; otros lo hacen según el género poesía, novela, cuentos, biografías, etc. Se nota, según mi preferencia, que uno de mis escritores favoritos es, entre los latinoamericanos, Mario Benedetti, escritor uruguayo, fallecido en 2009. En "Cuentos completos" del autor, el cuento "Salvo excepciones" (de su libro “Despistes y franquezas”), es uno que tengo marcado. Ya verán por qué. Trata el cuento de un ilustre señor que "... con todo el peso de su prestigio y de su insobornable capacidad de juicio..." durante una disertación ante una sala repleta "... tomó aliento para decir: "Como siempre, quiero ser franco con ustedes. En este país, y salvo excepciones, mi profesión está en manos de oportunistas, de frívolos, de ineptos, de venales". Continúa el cuento diciendo que a la mañana siguiente de aquella conferencia al preclaro ciudadano su secretaria lo llamó para informarle que le acaban de avisar, había como quinientas personas esperándolo frente a la casa. "¿Y qué quieren?". "Según dicen, se proponen expresarle su saludo y su admiración". "Pero, ¿quiénes son?". "No lo sé con certeza, don Luciano. Ellos dicen que son las excepciones".

La primera vez que leí el cuento detuve la lectura; mis neuronas frenaron en seco y, envidiosas y cizañosas, empezaron a acusarme de descuidada y perezosa. Ellas bien saben que escribir como lo hace Benedetti es estar a un paso del Nobel de Literatura; por tanto, no venía por allí el reproche. Lo que me reclamaban era que el uruguayo me hubiera ganado la delantera poniendo en blanco y negro un asunto que tantas veces había visitado los aposentos de mi cerebro. Pues bien. Cuando cesaron los reproches de las neuronas, se puso en movimiento el trapiche que muele mis pensamientos. Lo que acababa de leer era buen material para un artículo. ¡Una verdad presentada magistralmente en tan cortas líneas! ¿Se dirigía el ilustre caballero a médicos, abogados, banqueros, profesores, escritores, etc.; o a políticos (que dicho sea de paso es profesión para algunos)? No lo sé. Lo cierto es que ese reproche le cae como anillo al dedo a muchos. Solo ponga atención a los discursos y observará que están repletos de "excepciones", que el dedo acusador siempre estará apuntando hacia otros. Esa es la realidad que muestra el magnífico cuento de Benedetti.

Como es un libro el que origina este escrito, me permito decir lo que pueden hacer los libros (los que se leen, no los que adornan libreros). Pueden hacer reír, llorar, dudar, causar indignación, asombro, arrobamiento, vergüenza; pueden ser como espejos que reflejan la fealdad o la bondad de los sentimientos; otras veces resultan como escarbadientes de la memoria o luz que ilumina el túnel de la ignorancia. Algunos son como descargas eléctricas que sacuden apatía, desempolvan anhelos o desencadenan reflexiones; pueden ser dulces como la miel o ásperos como una lima. Por eso, cuando estoy hasta la coronilla de tanto blablablá y cuando quiero huir de la contaminación televisada, busco la lectura como antídoto y sigo al pie de la letra la inolvidable y sabia canción infantil que dice "... por eso cuando todos se lanzan a jugar, yo sola con mi libro me siento a conversar... "Es mejor escuchar la voz silenciosa de un libro que los ruidos necios y huecos de "las excepciones".

Comunicadora social.