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04 de Jun de 2020

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

Bombas sobre el museo

“Los habitantes de Dresde resguardaron su legado [...] ante el peligro de la desgracia. [...]. Es un ejemplo de cómo la sensibilidad logra sobreponerse a la tragedia [...]. Hay que recordar esto durante esta pandemia”

El 17 de abril de 1945, 572 aviones de la Octava Fuerza Aérea de los Estados Unidos ennegrecieron el cielo de la ciudad alemana de Dresde, situada a orillas del río Elba y dejaron caer en su perímetro 1526.4 toneladas de bombas explosivas, 164.5 de incendiarias y, además, 28.4 en una zona industrial cercana. Este ataque fue el último de una serie que destruyó el lugar casi por completo y preludio al combate final un mes después en Berlín.

Esta incursión hace 75 años, constituyó el toque final a las iniciadas a mediados de febrero, planeadas por las respectivas ramas de la aviación de Estados Unidos e Inglaterra. Su objetivo estratégico era evitar el despliegue y reagrupamiento del ejército de Alemania. Pero en el fondo, estas acciones tenían el propósito de debilitar futuras áreas bajo el dominio de los rusos, como dijera un informe de la Real Fuerza Aérea inglesa.

Lo paradójico fue que esta metrópoli no era un punto esencial de los conflictos en la Segunda Guerra Mundial. Su pasado estuvo ligado al desarrollo artesanal y artístico. En la tradición industrial resalta la porcelana, óptica, cristalería y sobre todo su vocación de preservar obras de arte en su extraordinario Museo Zwinger. La lluvia de fuego de las noches del 13 y 14 de febrero echó desplomó prácticamente el extraordinario castillo que fue su sede.

Hace mucho tiempo visité Dresde y al llegar, luego de cruzar el río Elba y entrar a la amurallada localidad, me sorprendió que las paredes internas reflejaban huellas de los incendios y el infierno que se había vivido en las tormentosas experiencias. Me informaron que eran testimonio de un hecho lamentable que costó la vida a cerca de 25 mil personas; abrasadas muchas de ellas por el fuego y gases bajo los refugios.

El Swinger está situado en el centro histórico y sus paredes del ala oeste miran el río; precisamente en este sector está la galería de maestros de la pintura (la Gemäldegalerie). Fue construido entre 1711 y 1728 y un siglo después, la pinacoteca (1854). En realidad, este es un conjunto que agrupa varias colecciones permanentes: de matemática y física, zoología, armería, porcelana y arte pictórico.

La Pinacoteca de los Grandes Maestros contiene alrededor de 700 ejemplares de autores de diferentes escuelas estéticas de varios momentos y países europeos; entre ellos españoles, franceses, italianos, holandeses, flamencos. Se considera que guarda una portentosa cantidad de primitivos retablos renacentistas. Impresionan clásicos como la Madonna Sixtina de Rafael Sanzio.

Andar por los pasillos del Swinger en esta sección tan llena de historia de pinceles y lienzos es como un recorrido a varios siglos por las épocas en que algunos hombres dejaron imágenes religiosas, de la vida cotidiana y retratos de ilustres. Se conserva la Venus dormida de Giorgione, Dama con abanico de Tiziano o los canales de Venecia de Canaletto; además de la Virgen y la familia Cuccina de Veronés y La visión de Santa Ana de Tiépolo.

Por los alemanes puede encontrarse la más grande selección de pinturas de Lucas Cranach; igual, cuadros de Durero y Holbein. Entre los holandeses, Rembrandt con Ganimedes raptado por el águila y Vermeer tiene La alcahueta. De los flamencos, destacan van Eyck, Rubens con la Caza del jabalí y otros temas mitológicos, Jordaens y van Dick. Poussin y Watteau representan a Francia.

Los habitantes de Dresde resguardaron su legado y trasladaron las colecciones ante el peligro de la desgracia. Cuando empezó la reconstrucción de su fortaleza, devolvieron a las paredes el material que se salvó de la bestial furia incendiaria. Es un ejemplo de cómo la sensibilidad logra sobreponerse a la tragedia; no importa si es natural o humana. Hay que recordar esto durante esta pandemia.

Periodista