Temas Especiales

21 de Oct de 2020

Juan Carlos Mas C.

Columnistas

Recuerdo, sonrío y me preocupo

Repasando el interesante documental de Inna Ifigenova sobre los acontecimientos de Costa Rica, observamos que, en el curso de 20 años, esa economía se vino en picada.

Repasando el interesante documental de Inna Ifigenova sobre los acontecimientos de Costa Rica, observamos que, en el curso de 20 años, esa economía se vino en picada. En el 2019 uno de cada cinco ticos vivía bajo la línea de pobreza; pero en los 90 estaba a la par de Uruguay y hoy está entre los más desiguales solo superado por Brasil, Colombia y el Perú.

El Estado tico actual parte de aquel famoso acuerdo de garantías que puso fin a la breve, pero intensa guerra civil en 1948. El Estado surgido de ese armisticio se obligó a respetar la educación, la salud y seguridad social sin someterlas a vaivenes políticos. Gracias a ello, Costa Rica alcanzó niveles de vida y estabilidad social que la hacían comparable al Uruguay de entonces. Hoy, ya no es así, no obstante, su organización sanitaria, concebida como la expansión de EBAIS (Equipos básicos integrados de Salud) hace que la sanidad tenga gran penetración y, aunque se necesitan hospitales grandes de referencia, su planificación no es la primera opción sanitaria. Con pocos funcionan mejor que nosotros con grandes hospitales.

Recuerdo que por los años 95, siendo la Caja dirigida por quien fuera presidente y entretuviera al público con sus estancias en EUA y los estrados tribunalicios de Panamá, se convocó a una reunión interprogramática e interdepartamental para convalidar una política de construcciones hospitalarias. Con ello se pretendía dar respuesta a una demanda de mejor atención por parte de los asegurados.

Por alguna razón, que no recuerdo, fui elegido por el conjunto para expresar su vocería y presentar una opinión coincidente o alternativa con la del director. Le dije: “Sr. Director, vivimos tiempos de crisis sistemática, la historia nos indica que en tiempo de crisis los animales grandes, como los dinosaurios, mueren, pero subsisten las lagartijas y bichos pequeños; ¿por qué no construimos pequeñas unidades de salud locales de gran penetración en los barrios, en vez de costosos y poco funcionales megahospitales?”. Se volvió y me miró con ojos desmesurados, como si yo fuera un loco. De todas maneras, se continuó con el sesgo construccionista hospitalario, fue entonces cuando en Aguadulce se construyó un hospital de cuatro pisos, pero al cual solo se le notan tres.

No obstante, hay que reconocer que los desvaríos constructivos de los gobernantes se apoyan en una cultura irracional sembrada en la mayoría de los ciudadanos que se acostumbraron a hacer una similitud entre la palabra obras y realizaciones, siendo que la obra termina siendo adjetivada como obra o construcción pública.

En aquella ocasión, propuse una instalación alternativa que recogiera y profundizara el criterio de centro de salud hasta llevarlos a una reducción equiparable a una clínica particular que se siembra en el medio de una urbanización; a esa instalación le pretendíamos imponer el nombre de Unidad Local de Atención Primaria de Salud. Debía ser chica para infiltrarse en el tejido vecinal de la urbe. Sin embargo, todas las especialidades, servicios y programas pretendían tener una representación en ese microcentro. Les dije: estoy pretendiendo que construyamos un bote para pasar unos racimos de plátano de un lado a otro del río y ustedes me proponen que transporte vacas en el mismo, el resultado fue que las Ulaps aprobadas terminaron por ser unas mini-policlínicas, no el centro básico de salud que penetraba al interior de los barrios.

Hace unos años atrás, debí atender a un funcionario chileno, conocido previamente como asesor de un organismo internacional, quien, estando de tránsito, sintió que debía conocer los avances sanitarios en este país al cual había venido en repetidas asesorías. Lo llevé a conocer nuevas instalaciones megahospitalarias que se estaban levantando. Después de aquella gira le pregunté: “¿Qué le parece?”. Y me contestó: “Yo le pondría cuatro”; acostumbrado a precisar qué tipo de calificación se usaba para precisar una cosa, y pensando que utilizaba el rango usado en las universidades que parte del 0 al 10, le pregunté: “¿Tan poco?”. Y él me contestó lisa y llanamente: “Le pondría cuatro cargas de dinamita, una en cada costado; este tipo de soluciones solo beneficia a los constructores y a los gestores de la iniciativa, pero traen muchos problemas para la gestión de un adecuado sistema sanitario”.

Ahora, otra vez, se dice que después de la pandemia hay que abordar el tema de la infraestructura hospitalaria. Dificulto que la megaestructura de la avenida Centenario resuelva otra necesidad que la de los políticos y los constructores. El problema es que hay que rediseñar el tipo de gestión y de concepción estratégica de la prestación de salud; las instalaciones comentadas se podrán aprovechar para otros cometidos sanitarios, tal vez docentes o administrativos, pero para viabilizar una atención oportuna, eficaz y eficiente, lo pongo en duda.

Médico