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22 de Ene de 2022

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    Orlando Goncalves

Columnistas

Esperanza versus odio

La comunicación política tiene claro que las emociones mandan, y que, en una campaña electoral el objetivo es generar esas emociones en los electores, a fin de que, estos se acerquen a un determinado candidato, pasando lo racional a un segundo plano.

La comunicación política tiene claro que las emociones mandan, y que, en una campaña electoral el objetivo es generar esas emociones en los electores, a fin de que, estos se acerquen a un determinado candidato, pasando lo racional a un segundo plano.

Entonces, no es a través de la razón que se logra convencer al electorado, es a través de los sentimientos; situación que lleva a pensar que con ello no contribuimos a la elevación del debate político, y por ende a la cultura política ciudadana. Ahora, esto no se trata de usar la manera fácil de llegar al elector, por el contrario, se trata de estudiar, analizar, entenderlo y encontrar la forma más eficiente para no solo llegarle, sino para movilizarlo.

Algunos dirigentes políticos, casi de manera intuitiva, lo han entendido, logrando acceder a cuotas de poder manipulando esas emociones; lo cual es muy distinto a generar emociones. Se ve confuso, pero no lo es tanto. Para comprender el proceso es necesario entender que la razón ha perdido fuerza desde que vivimos en la era de la prevalencia de la inmediatez; es por ello que, escuchamos para contestar, no para entender lo que el otro nos dice. Este proceso se viene acentuado en las últimas décadas y nos va llevado a razonar desde nuestra emocionalidad, aceptando las “verdades” que se ajustan más a nuestras creencias; porque, para la complejidad de nuestro cerebro, lo más eficiente es lo más simple; por lo tanto, para nuestro sistema de creencias lo que más encaje pasa a ser “nuestra verdad”.

Por ejemplo, para Tali Sharot, profesora de neurociencia cognitiva, en el Departamento de Psicología Experimental del University College de Londres, en su libro La mente influyente, nos dice: “Los números y las estadísticas son necesarios y maravillosos para descubrir la verdad, pero no son suficientes para cambiar las creencias, y son prácticamente inútiles para motivar la acción”, así que para algunos dirigentes políticos que han entendido este mecanismo, la razón o la verdad no son prioridad, la primacía está en conectar con las emociones de los votantes, y para ello hay que construir un relato que esté alineado con esas creencias. Los datos contrastados convencen menos que los mensajes emocionales. Diversos estudios revelan las limitaciones de la razón ante las emociones, porque los humanos vivimos en un relato, necesitamos que las piezas encajen, por lo cual, en ocasiones, se ignoran los hechos, porque no se adaptan a lo que pensamos, así que la verdad, no siempre importa.

La idea, en el fondo, es simple, cuando defendemos nuestra visión del mundo, nuestros relatos o historias, inconscientemente vamos razonando, desechando unos datos y acogiendo otros, siempre en la dirección que nos conviene, hasta llegar a la conclusión que nos interesó desde el inicio, es decir, que “las piezas encajen” con nuestras improntas.

Es por ello que a los políticos populistas -tanto de izquierda como de derecha, (si es que esa clasificación aún existe)- no les importa que les desmientan, pues, su objetivo es instalar en el imaginario su mensaje, para que se hable de lo que le interesa, fijando entonces el marco de la conversación pública; lo que lleva a los votantes partidistas a que se active la parte del cerebro que regula las emociones, no la del razonamiento.

Andreas Kappes, investigador de la Universidad de la City de Londres y coautor de un estudio que publica Nature Neuroscience, nos dice: “Nuestros hallazgos sugieren que ni siquiera los argumentos más elaborados del otro lado convencerán a las personas más polarizadas porque el desacuerdo será suficiente para rechazarlo”, y añade: “El hecho de no observar la calidad del argumento opuesto hace que los cambios en la mente sean menos probables”.

Este fenómeno se da, entre otras cosas, porque ha sido descuidado el diálogo, porque no se cree que este funcione, siendo más cómodo -y eficiente para el cerebro- hacer encajar las fichas en función de nuestras creencias, sin importar la realidad, con lo cual se deja un campo fértil para que los políticos populistas continúen avanzando.

Al momento de escribir este artículo, casi 100 millones de norteamericanos ya habían votado anticipadamente o por correo, para el día de la elección solo votaron unos 60 millones, con lo cual, es probable que, aún, para el día de hoy, no haya certeza del resultado definitivo de la elección, a menos que la victoria de la esperanza sobre el odio, el miedo, la mentira y manipulación haya logrado un triunfo que no dé lugar a dudas.

Consultor político; en Twitter: @orlandogoncal.