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05 de Mar de 2021

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

Escribir para sobrevivir a la pandemia

Estoy por volver a cumplir años y me parece que fue ayer que cumplí 75. Rodeado de familiares y amigos, celebramos la ocasión presentando un libro en el que se recogía una serie de ensayos de especialistas literarios que analizaban diversos aspectos de mi producción literaria: “Habitar la escritura” (2019).

Estoy por volver a cumplir años y me parece que fue ayer que cumplí 75. Rodeado de familiares y amigos, celebramos la ocasión presentando un libro en el que se recogía una serie de ensayos de especialistas literarios que analizaban diversos aspectos de mi producción literaria: “Habitar la escritura” (2019). El escenario era la Biblioteca Simón Bolívar de la Universidad de Panamá y la sala estaba llena. Había tres magníficos expositores, quienes presentaron el libro y fueron muy aplaudidos. Al final, dos de mis hijos y varias amigas me sorprendieron con un pastel y, con la canción tradicional, celebramos. Yo, por supuesto, estaba feliz. Lo sigo estando. Porque, aunque ya tenga algunos lapsus de memoria, recuerdos gratos como ese no están destinados a desaparecer fácilmente.

Este año, las condiciones son y por mucho tiempo serán otras, grandemente desfavorables a cualquier tipo de celebración, aunque a Dios gracias aún tengo salud y mi destino de escritor sigue vibrando a diario en mi alma para producir textos reales o inventados, cuya escritura -modestia aparte- no deja de fascinarme; no porque los haya creado yo, sino porque salen con tal fluidez, sorprendiéndome cada vez. Da la impresión de que se hubieran escrito solos. Es una impresión extraña que no soy el primer autor en sentir, por más que haya ciertas obras que, por su densa complejidad, cuesta un mundo parirlas.

Por supuesto que estoy consciente de varias paradojas, de la clara ambigüedad de al menos dos pormenores: por un lado, cada nuevo día que respiro es un día menos de vida que me falta por recorrer; por el otro: el hecho innegable de que ya he transitado por mucho más de la mitad de mi vida en proporción a lo que me queda por vivir. En el fondo es una y la misma realidad. Paradójicamente, se trata del mismo motivo por el cual, en vez de deprimirme agradezco al universo cada mañana que yo siga siendo un prevalente corpúsculo consciente de sí mismo en la infinita trama de su misteriosa composición.

Los tiempos de feroz pandemia que hoy vivimos o nos viven son brutalmente inexorables y seríamos robots si no nos infundieran miedo y a ratos franco terror. Estamos amenazados por todas partes. Desde hace un año nada es igual, incluidos conceptos tan universales como respirar, salir a hacer ejercicio, participar en fiestas y reuniones, comprender las vicisitudes raras del tiempo y el espacio, los complejos avatares de la libertad misma, la convivencia, el trabajo, la noción de fraternidad, entre muchos otros.

Sin duda hay escritores, y artistas en general, en los que el efecto del obligado encierro de esta pandemia maldita de una u otra manera resulta devastador: los invade una suerte de parálisis, una enercia desquiciante, una demoledora ansiedad cotidiana que amenaza con consumirles hasta el tuétano los últimos reductos de materia prima. Otros logran imponerse y no dejan de ejercer de un modo u otro su arte, sacando energía e imaginación de quién sabe dónde, y terminan por tanto por ponerse a crear. Yo he estado en ambas situaciones, y me congratulo de haber podido permanecer ya varios meses inmerso en la segunda. Todos los días escribo. Todos los días tomo conciencia de seguir vivo. Todos los días.

Muy lamentable resulta que la incredulidad, el descuido o la simple irresponsabilidad, además de ciertas teorías conspiratorias que cada tanto tiempo pululan por las redes sociales hayan contribuido al rebrote de Covid-19 en casi todas partes del mundo. En sitios como los Estados Unidos, buena parte de la culpa de esta sistemática desgracia es achacable al misógino del presidente Donald Trump, por no acatar las precauciones básicas de bio-seguridad y arengar en sus numerosos mítines políticos, y en la mismísima Casa Blanca, a sus huestes de fanáticos a igualmente desdeñarlas. Tampoco ha sabido o querido hacerle caso a los médicos ni apoyar económicamente el trabajo de la más avanzada ciencia. Su soberbia compite con su manifiesta estupidez.

Nuestro país no es una excepción: cada día que pasa se contagia más gente y mueren más personas, con los consabidos perjuicios afectivos en numerosas familias y redundantes daños económicos al país todo. Y de las vacunas poco sabemos a ciencia cierta, salvo que no llegarán a tiempo para frenar un poco este trágico desmadre que en este momento regresa, y que habrá personas que se nieguen a ponérselas por temor a la posibilidad de efectos secundarios. Este virus ha dado pruebas de ser poco menos que omnisciente, como un diminuto genio del mal que no le teme a nada.

Otra vez empieza a prevalecer de parte del gobierno nacional la idea de que tenemos que volver a la indispensable clausura de ciertos negocios, sitios públicos y cotidianas costumbres, y reasumir los horarios de confinamiento personal que tanto indignan a la gente y que van creando una sicosis difícil de manejar, como única forma de palear un poco los contagios.

Si las cosas siguen como van, todo parece indicar que después de aquella tristísima Navidad de 1989 en que ocurría la arbitraria invasión cruenta perpetrada por los gringos a nuestro país, la Navidad que estamos por vivir este ominoso año de 2020 será todo menos una fiesta a celebrar: una absurda época de encriptada incomunicación y lamento.

Yo espero poder seguir escribiendo, lo cual en esta nueva etapa que nos acecha no es garantía de nada. Acaso solo un modo coyuntural de no sucumbir con los brazos abiertos y degradada el alma.

Cuentista, poeta, ensayista y promotor cultural.