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05 de Mar de 2021

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Xavier Sáez Llorens

Columnistas

Eficacia y efectividad de las vacunas contra COVID

“Si Panamá logra una vacunación amplia y rápida, las hospitalizaciones y muertes se reducirán significativamente, la devastada economía se reactivará […] y las traumáticas cuarentenas desaparecerán […]”

Mucha gente no ha comprendido todavía el significado de eficacia y efectividad en el campo de las inmunizaciones. Como lo he comentado en múltiples ocasiones, la mejor vacuna es la que uno se aplica, independientemente de marca, procedencia o costo. La calidad de manufactura lote a lote en el tiempo es, por supuesto, un parámetro que cualquier agencia regulatoria debe revisar con rigor. Una vacuna con moderada eficacia porcentual en ensayos de investigación puede llegar a ser de muy alta efectividad en el mundo real, posterior a su autorización. El grado de cobertura, la facilidad en la cadena de frío, la protección inicial ejercida por una dosis y el acceso óptimo a las vacunas son factores que contribuyen a elevar el impacto en salud pública de cualquier producto biológico.

¿Qué significa eficacia y efectividad? La eficacia se define como el grado de protección que brinda una vacuna, en un estudio controlado, aleatorio y ciego, para evitar un desenlace específico descrito en el protocolo antes de empezar su ejecución (por ejemplo, prevención de infección o de enfermedad clínica de cualquier intensidad o solo de padecimiento grave). Una eficacia de 70 % contra COVID sintomático no significa que el 30 % de vacunados sufrirá la enfermedad. En la fase 3 de AstraZeneca, 30 personas desarrollaron COVID de un total de 5807 voluntarios vacunados (frecuencia de 0.5 %), mientras que lo mismo ocurrió en 101 de 5829 participantes asignados al azar al grupo placebo (frecuencia de 1.7 %), diferencia que se tradujo en un 70 % de reducción en la ocurrencia de la enfermedad. Efectividad se refiere al grado de protección observado cuando la vacuna se utiliza después de obtener licencia para su uso masivo, donde numerosas variables epidemiológicas se anteponen, incluyendo la inclusión de individuos no admitidos en las fases de investigación, el cumplimiento parcial en las dosis e intervalos de administración y el relajamiento de las habituales medidas de mitigación (mascarilla, higiene, distanciamiento) que favorecen una mayor exposición al SARS-CoV-2.

Antes que los resultados de los estudios fueran divulgados públicamente, instituciones regulatorias (OMS, FDA y EMA) habían manifestado que autorizarían cualquier vacuna con eficacia superior al 50 %. Hoy en día sabemos que cuatro vacunas andan cerca o por arriba del 90 % (Pfizer, Moderna, Sputnik, Novavax), mientras que otras cuatro varían entre 50-80 % (AZ, J&J, Sinopharm, Sinovac). No obstante, la protección demostrada contra hospitalización, enfermedad grave o muerte por COVID de estas ocho vacunas se aproxima al 100 %. Como comparación, la efectividad anual de la vacuna contra la influenza oscila entre 30-70 %, aunque también es muy superior para prevenir la gripe complicada o letal. Pese a ser una vacuna moderadamente efectiva, se estima que solo en Estados Unidos previene 80 millones de episodios gripales, 500 mil hospitalizaciones y 130 mil defunciones todos los años. La efectividad de la vacuna contra el sarampión es 93 % con una dosis y 97 % con dos dosis. La efectividad de la vacuna inactivada contra la poliomielitis es 90 % con dos dosis y 99-100 % después de 3 dosis. La vacuna contra la malaria, después de 4 dosis, previene solo 40 % de malaria leve, pero 60 % de anemia severa por malaria, lo que se traduce en que miles de niños africanos son salvados de morir anualmente, pese a la reducida efectividad de la inmunización contra el paludismo. La vacuna contra la tuberculosis (BCG) es 50 % efectiva contra la enfermedad pulmonar, pero 70-80 % efectiva contra la enfermedad diseminada o cerebral causada por el bacilo de Koch.

Alcanzar la inmunidad de rebaño, umbral porcentual necesario para proteger incluso a los no vacunados, depende del grado de eficacia de la vacuna para prevenir la infección (asintomática y sintomática) y del nivel de transmisibilidad (contagio) del microbio en cuestión. Para la cepa original de Wuhan, con una tasa de 2.5 personas contagiadas por cada infectado, se estimaba que 65-70 % de población inmunizada podría ser suficiente. Para las nuevas variantes más transmisibles (tasa de 3 contagiados por cada infectado), la cifra podría andar cercana al 80 %. La evidencia generada, tanto en estudios clínicos como en las evaluaciones preliminares emanadas de Israel, al menos con las vacunas de mRNA, sugiere que la vacunación reduce significativamente la probabilidad de infección asintomática y la magnitud de la carga viral en la nasofaringe de las personas inmunizadas, incluso después de la primera dosis. Desconocemos, por ahora, el impacto de otras vacunas, con plataforma tecnológica distinta, en la obtención de protección colectiva.

En el mundo, ya se ha vacunado a más de 200 millones de personas, el doble de individuos que ha sido diagnosticado de COVID. Las reacciones adversas graves o potencialmente fatales, presuntamente asociadas a la inmunización, han sido relativamente escasas, pese al gran activismo de grupos antivacunas que exageran, manipulan, tergiversan o falsean los datos. Si Panamá logra una vacunación amplia y rápida, las hospitalizaciones y muertes se reducirán significativamente, la devastada economía se reactivará de manera ininterrumpida y las traumáticas cuarentenas desaparecerán en nuestro territorio. No se deje engañar, las vacunas son las únicas y verdaderas inmunobombas…

Médico, investigador.