26 de Sep de 2021

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Jorge Luis Prosperi Ramírez

Columnistas

Buenas noticias y asuntos pendientes

“La siguiente fase de esta lucha dependerá de la aplicación sostenida, rápida y eficiente de las vacunas, priorizando a las personas más vulnerables, hasta lograr una cobertura mayor del 70 % de la población […]”

Luego de casi un año de estar padeciendo esta epidemia de COVID-19, nuestro país, gracias al esfuerzo conjunto de la ciudadanía y el Gobierno, comenzamos a ver el fruto de este trabajo en equipo, y surgen buenas noticias en relación con el control de la epidemia en el país. Pero también hay asuntos pendientes, que deben ser resueltos con prontitud, pues afectan el imaginario colectivo de la población y, por ende, pueden tener un efecto negativo en la disciplina ciudadana necesaria para avanzar en la lucha.

La primera buena noticia es que hemos logrado reducir de forma importante y sostenida el temido reporte diario de casos activos, lo cual ha condicionado que disminuyan también los pacientes hospitalizados, tanto en salas como en UCI, dándole un respiro al personal de salud que labora en la atención de los pacientes hospitalizados. Como consecuencia de ello, las defunciones también han disminuido de manera importante, y mantenemos una letalidad de 1.7 %, de las menores en el continente. Aunque todavía hay luto y dolor por los fallecidos en esta lucha, muchos hogares celebran con esperanzas renovadas la recuperación de sus familiares. Y, no menos importante, la economía comienza a dar señales de recuperación a partir del inicio de la reapertura escalonada de actividades, comercios y empresas.

Todo eso lo hemos conseguido gracias a la concientización de las personas sobre la obligatoriedad de cumplir cada uno con las medidas de bioseguridad individuales y colectivas; sumado al esfuerzo gubernamental por mejorar su estrategia de comunicación social, a la vez que ha fortalecido la ya conocida trazabilidad, manteniendo un promedio de más de 10 mil pruebas diarias de laboratorio para detectar el virus, acercándonos cada vez más al famoso 5 % de pruebas positivas diarias, necesarias para controlar la epidemia.

En el camino también hemos fortalecido la capacidad de resolución de nuestra red de servicios de salud, construyendo nuevas infraestructuras, dotándolas de los equipos y los recursos humanos necesarios, a la vez que hemos aprendido cuáles son los mejores tratamientos para los enfermos hospitalizados. Y ahora, desde hace un mes, comenzamos un ambicioso programa de vacunación contra la COVID-19, el cual permitirá proteger a nuestra población con las vacunas efectivas y seguras disponibles. Para esa labor también contamos con el equipamiento y los recursos humanos de nuestro programa nacional de inmunizaciones, que, por cierto, es de los mejores del mundo.

Los párrafos anteriores no tienen el propósito de alabar el desempeño del Gobierno y la población, y no faltarán quienes afirmen que no se ha hecho lo suficiente, o que se pudo hacer más. No obstante, es obligatorio su reconocimiento para poner en contexto la situación, y reflexionar sobre nuestro quehacer colectivo necesario para lograr el control de la epidemia en esta etapa, donde es posible que tengamos que enfrentar nuevas variantes del virus, las cuales, como se sabe, son más contagiosas y, por ende, con el potencial de causar más muertes.

La siguiente fase de esta lucha dependerá de la aplicación sostenida, rápida y eficiente de las vacunas, priorizando a las personas más vulnerables, hasta lograr una cobertura mayor del 70 % de la población, lo que hará poco probable un aumento en las muertes por COVID; el cumplimiento permanente y sin excepción con las medidas de protección de cada uno (enmascaramiento, distanciamiento social e higiene de manos), la medida más importante para frenar la transmisión comunitaria, evitar la aparición de nuevas variantes y disminuir el número de enfermos y; el fortalecimiento de la trazabilidad por parte del sistema de salud, para detectar y aislar de forma oportuna a las personas que se han contagiado.

Por otro lado, urge la recuperación y fortalecimiento de los procesos educativos para nuestros niños y adolescentes. Para eso debemos iniciar lo antes que se pueda las clases presenciales, aunque solo sea parcialmente, y mientras tanto garantizar que el aprendizaje virtual sea efectivo. A estas alturas, como reconocen los expertos, además del daño académico que, sin duda se ha producido, está el daño en el desarrollo del niño como ser humano. Las escuelas además proporcionan a nuestros niños alimentación adecuada por lo menos una vez al día. Esto también se ha perdido. El problema es grave y hay que buscar una solución, gradual pero inmediata, para retornar a las aulas.

Finalmente están los asuntos pendientes relacionados con la necesidad de erradicar el clientelismo político y alcanzar un sistema de administración de justicia transparente, independiente y eficiente, que aplique la justicia de forma igual para todos; con funcionarios judiciales idóneos e imparciales que rindan cuentas de su gestión; mediante una tutela judicial efectiva, expedita e igualitaria que transmita confianza ciudadana en la justicia. Y esa confianza en el sistema de justicia, está directamente relacionada con recuperación de la economía, y con la disposición de la población a cumplir con las recomendaciones individuales, unirse a los esfuerzos organizados de participación social, o apoyar la gestión del sector salud para controlar la epidemia.

Médico, exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud (OMS).