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11 de May de 2021

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

¿La guerra es al virus o a la gente?

“En una guerra, la primera baja es la verdad. […]. Impera la idea de que el fin justifica los medios, idea que, más temprano que tarde, conduce a que se cometan todos los atropellos imaginables […]”

Desde el inicio de la pandemia, diversos Gobiernos, incluyendo el de Panamá, adoptaron discursos de guerra. La guerra al virus. El problema con las dinámicas guerreristas es que suelen ser contrarias a las libertades de los ciudadanos. En particular, cuando se libran contra enemigos intangibles.

En las guerras de antes el enemigo era más fácilmente distinguible. Un príncipe, una ciudad Estado, o un Estado nación. Pero en aquellas guerras, tarde o temprano había un resultado decisivo y definitivo. Un bando victorioso y un bando vencido, o la paz resultante del agotamiento de ambos bandos. La guerra, en el sentido clásico del término, era muy difícil de sostener por largos períodos de tiempo. Aún las guerras muy prolongadas, como las dos Guerras Mundiales, eventualmente culminaban y eran sucedidas por períodos de paz.

Pero en la posguerra, el Estado nación ha adoptado la terminología bélica para luchas contra enemigos cualitativamente distintos de los de antes. Me refiero a guerras como la guerra a las drogas, y la guerra contra el terrorismo. ¿Qué tienen en común y en qué difieren estas nuevas “guerras” con las guerras de antes? Pues, la primera diferencia es precisamente que las guerras modernas contra enemigos entelequias, son de duración indefinida. La guerra a las drogas fue “declarada” por Nixon en 1971. Cincuenta años después, la misma idea de la guerra a las drogas se mantiene, sin que se haya avanzado si acaso un centímetro en la consecución del objetivo declarado -porque es uno irrealizable-, sino que más bien dicha guerra ha resultado claramente un remedio mucho peor que la enfermedad, según cualquier indicador. Pero, a pesar de lo evidente del fracaso, de lo evidente de que en el afán de erradicar el tráfico de drogas se termina destruyendo vidas inocentes de modo mucho más atroz que el daño que causan las drogas en sí, la patraña continúa debido a la inercia de las dinámicas que han adquirido las estructuras creadas para combatir el narcotráfico, dinámicas que responden a razones de ser propias, ajenas y lejanas a las razones que llevaron a su creación.

“Al hacerse continua, la guerra ha cambiado fundamentalmente de carácter. En tiempos pasados, una guerra, casi por definición, era algo que más pronto o más tarde tenía un final; generalmente, una clara victoria o una derrota indiscutible […], la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura […]. En nuestros días no luchan unos contra otros, sino cada grupo dirigente contra sus propios súbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio ni defenderlo, sino mantener intacta la estructura de la sociedad” (Orwell, '1984').

En una guerra, la primera baja es la verdad. En la guerra reina la propaganda. Impera la idea de que el fin justifica los medios, idea que, más temprano que tarde, conduce a que se cometan todos los atropellos imaginables contra las personas, incluyendo violaciones flagrantes a derechos humanos. La guerra a las drogas nos ha traído, por ejemplo, los allanamientos sin toque de puerta, la subversión de la presunción de inocencia, y una creciente intromisión del Estado en la intimidad de las personas, so pretexto de combatir al enemigo, el “flagelo” de las drogas. La llamada guerra contra el terrorismo vino a profundizar ese debilitamiento sistemático del respeto a los derechos humanos.

En la guerra, a medida que transcurre el tiempo, se condona aquello que llaman “daño colateral”. Es así como en la guerra a las drogas se daña a miles de personas al año de modo directo, en las operaciones dirigidas a capturar miembros de las mafias del narcotráfico. “Daño colateral”, eufemismo empleado para justificar el daño causado a personas inocentes en la lucha contra “el enemigo”. No es colateral, es daño inevitable por la acción dirigida hacia el “enemigo”.

Igual ocurre con la “guerra al virus”. Se ha destruido las fuentes de ocupación de los pobres y de gran parte de la clase media. Se ha privado a los niños de su escuela, y a los adolescentes y adultos jóvenes de su necesaria interacción con sus pares. Encima, culpándolos, estigmatizándolos cuando con sus conductas, otrora consideradas normales, se alejan de los rituales de sacrificio que se les exige para “vencer al enemigo”.

Se habla ya abiertamente de censura de opiniones divergentes, excusándola en “proteger la salud pública”, que no es cosa distinta de la censura impuesta en tiempos de guerra bajo el estandarte de la seguridad nacional. Se hace apología de la usurpación de poderes por el Ejecutivo, y de la supresión de libertades ciudadanas. Esa guerra al virus se ha extendido mucho más allá de cualquier noción de lo razonable, causando daño, mucho daño. Ese daño se llama iatrogenia, y es daño directamente causado por los que se dicen sanadores.

Abogado