24 de Oct de 2021

Columnistas

La variante delta y los antivacunas

“[…] la sociedad, instituciones, empresas y Gobierno, todos juntos y coordinados, deben promover la difusión oportuna de información precisa, basada en datos científicos y probatorios, dirigida a todas las comunidades […]”

La semana pasada, acumulamos 450 mil casos de COVID-19, estamos por llegar a las 7000 defunciones por la mortal enfermedad, y es muy probable que, al igual que en los países vecinos y próximamente en todo el mundo, ahora tengamos circulando en todo el territorio nacional, la variante delta, que es notablemente más transmisible que la versión original del virus, produce un cuadro clínico más severo, afecta más a los jóvenes que las variantes anteriores y, lo que es peor, puede escapar a la inmunidad natural o derivada de la vacuna y disminuir la susceptibilidad a las terapias.

Todo esto debería ser una advertencia contundente, especialmente porque, al igual que la mayoría de los países, si no es que todos, no tenemos la capacidad instalada para hacer la llamada secuenciación genómica a todos los casos positivos por COVID-19, y conocer a ciencia cierta, cuántos corresponden a esta variante. Pero, aunque es importante conocer esto, más importante es comportarnos como si fuera la delta la responsable de nuestra situación. Aunque puede que no lo sea actualmente, con seguridad lo va a ser pronto.

Pero, la forma en que la variante termine comportándose en nuestro país dependerá de algo más que de su biología. De acuerdo con la comunidad científica, los aumentos en la transmisión parecen estar impulsados por cuatro factores: la circulación de variantes de preocupación más transmisibles, la relajación de las medidas sociales de salud pública originalmente destinadas a controlar la transmisión, el aumento de la mezcla social y la gran cantidad de personas que siguen siendo susceptibles a la infección por SARS-CoV-2. Y no olvidemos que, la elevada transmisibilidad de la variante delta ocasionará un aumento más rápido de los casos, lo que, en última instancia, significa más hospitalizaciones y muertes. Y nosotros ya estamos experimentando el inicio de un aumento de hospitalizaciones, tanto en salas como en UCI.

En todo caso, los expertos coinciden en que las vacunas son la mejor forma de detener la delta. Los datos del Reino Unido sugieren que una dosis de la vacuna Pfizer ofrece solo un 34 % de protección contra la variante, mientras que dos dosis brindan un 88 %. Y, recientemente, AstraZeneca anunció que su vacuna tiene 92 % de efectividad contra la hospitalización de la variante delta. Sin embargo, nuestra cobertura de vacunación, que aumenta diariamente, apenas alcanza al 20 % de personas cubiertas con dos dosis de vacunas, lo cual nos obliga a preguntarnos si llegaremos a tiempo al 85 % de cobertura que se necesita para detener al virus.

Frente a este escenario, no hay argumentos científicos para oponerse a la vacunación, todo lo contrario. De acuerdo con un reciente informe de la OMS, se sigue esperando la evolución del virus, y cuanto más circula el SARS-CoV-2, más oportunidades tiene de evolucionar, lo que hace suponer, con mucha razón, que, si no somos capaces de reducir la transmisión de delta, utilizando las vacunas disponibles y los métodos de control de enfermedades establecidos y probados; la variante delta también mutará y se convertirá en una variante resistente a la protección de las vacunas o, lo que es peor, en un nuevo virus, que nos obligaría a comenzar de cero el camino que venimos transitando desde hace casi dos años.

Sin embargo, a pesar de toda la información científica disponible, así como la experiencia acumulada, todavía hay personas en Panamá y en el mundo que se oponen a la inmunización contra la COVID-19, y no es nada fácil convencer a estos negacionistas. Unos dudan de los efectos beneficiosos de las vacunas, otros sencillamente las rechazan. Se niegan a considerar información sobre la vacuna, defienden premisas falsas de conspiraciones sin base y prefieren prácticas médicas alternativas, cuyas consecuencias suelen ser negativas para ellos, sus familias y la sociedad.

Esa posición irracional y anticientífica de los antivacunas nos coloca, a los panameños y a la humanidad, frente al grave riesgo de no poder alcanzar la inmunidad colectiva para protegernos y, por ende, no poder salvarnos de esta mortal amenaza. Esto no puede continuar, aquí no hay espacio para inventar y difundir, sin comprobar su veracidad ni calidad, historias falsas o engañosas sobre las vacunas. Cada vez que alguien pone a circular una noticia falsa y sin fundamento, esta se difunde y asimila muy rápidamente, dando lugar a cambios de comportamiento que pueden llevar a que las personas tomen mayores riesgos, como, por ejemplo, no vacunarse. Todo esto hace que la epidemia sea mucho más grave, perjudique a más personas y ponga en peligro el alcance y la sostenibilidad de nuestro sistema de salud.

Como señalé antes en mi columna sobre la desinformación, la sociedad, instituciones, empresas y Gobierno, todos juntos y coordinados, deben promover la difusión oportuna de información precisa, basada en datos científicos y probatorios, dirigida a todas las comunidades, y en particular los grupos de alto riesgo; a la vez que se previene y combate enérgicamente la propagación de información errónea y falsa, sin coartar la libertad de expresión.

Médico, exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

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