28 de Nov de 2022

Columnistas

Decodificando valores: bendiciones

“[…] “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia”. Para mí, esta es la mejor bendición que podemos desearnos a nosotros mismos, todos los días”

Judíos en todo el mundo celebran en estos días las festividades anuales del “primer mes”, que incluyen el Año Nuevo (5782 años, contados desde la creación bíblica), el Día del Perdón, el día de la Torá (la Biblia) y, además, la fiesta de Sucot, la cual celebra la bíblica salida de los judíos de Egipto (el Éxodo) famosamente visualizada en 1956 en la excelente película de C. B. DeMille, los “Los diez mandamientos”.

Estas fiestas, además de contar con un vasto rango culinario y de celebración, son percibidas como un tiempo para reflexionar y compartir con familiares y amigos y frenar un poco el ritmo de trabajo y la rutina diaria. Como en muchas culturas, estas celebraciones se componen de regalos, visitas y felicitaciones, entre vecinos, amigos, familiares y colegas. Estas felicitaciones, bendiciones o deseos, que por milenios se transmitieron de forma personalizada, pasaron luego a cartas, luego a “e-mails” y últimamente son los grupos de WhatsApp los que de forma impersonal, eficiente y masiva se llenan de memes o imágenes al estilo Hallmark.

Esta falta de “contacto humano” me hace cuestionar ¿qué tan válidas y honestas son estas bendiciones? ¿Cuál es su verdadera intención y beneficio, tanto en el que bendice como en el bendecido? ¿Podrán ser estas un superficial y simple acto social o cultural y no un verdadero deseo e intención, aún con nosotros mismos, para una vida mejor?

Primeramente, me atrevería a afirmar con precaución que la gran mayoría, sin distinción de raza o religión, sigue viviendo su vida igual después de estas “épocas de reflexión” como antes, pues en realidad, ¿cuánto nos cambia una festividad religiosa? Para contestar esto, consideremos las bendiciones más comunes: felicidad y salud. ¿Quién en este mundo no las desea? Pero nuestra realidad es más complicada que un simple deseo, ¿cómo podemos asegurar nuestra salud y cómo podemos actuar para ser verdaderamente felices?

En cuestiones de salud la pandemia nos ha recalcado que, por más que nos cuidemos, no la podemos controlar en un 100 %. La salud de nosotros depende en gran parte de la solidaridad, buena voluntad y cuidado de otros y vale de solo unos pocos para arruinarla (por ejemplo, los antivacunas). A pesar de esto, también depende de nosotros mismos, de nuestras decisiones, las cuales consciente y diariamente fallamos; desde el cigarrillo y el alcohol hasta las bebidas azucaradas y la falta de ejercicio. Por más bendiciones que recibamos, no vivimos sananamente, si no nos cuidamos.

Igualmente, la felicidad. Son tantas las variantes que afectan esta sensación que es casi imposible llegar a una “fórmula” y la cual también depende de los demás, de nuestra familia, amigos y hasta dirigentes. Aun así, muchos dicen, entre ellos filósofos y psicólogos, que la felicidad comienza con nosotros mismos, con una mentalidad orientada hacia ella, de optimismo, de sonreír a la vida ante la adversidad. Sí, es difícil, pero no imposible.

Pero en esta mitad del 2021, nos parece que la meta de conseguir una saludable felicidad pareciera hoy tan lejos que ni la bendición personal de Dios ayudaría: las (malas) noticias al estilo del “síndrome del mundo cruel” de Gerbner, la pandemia, el materialismo y la polarización son solo algunos de los tantos obstáculos que parecieran separarnos de una vida bendecida con salud y felicidad. Aun así, está en nuestro poder ver la vida en una luz positiva, apreciando lo que tenemos, con quien estamos, enfocándonos en la parte llena del vaso, sin ignorar que existe una parte vacía, la cual debemos aspirar a llenar, sin ansiedad.

Por mí parte, hace años que me enfoco menos en las noticias, la suerte, los chismes o las bendiciones de otros y más en una introspección personal y diaria, basada en el principio del “esfuerzo práctico”, al estilo de la “oración de la serenidad”, atribuida a Dr. Reinhold Niebuhr, que dice: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia”. Para mí, esta es la mejor bendición que podemos desearnos a nosotros mismos, todos los días.

Arquitecto