05 de Dic de 2021

Columnistas

El rapto de la República

“Roguemos a Dios […], […], que nos ayude a espantar la cobardía, para liberar la patria de los claros intentos de colonizar la República, pisoteando la bandera de la patria, con la corrupción y la maleantería […]”

La República, como forma de gobierno, introduce una diferenciación sistémica y medular entre gobernantes y gobernados por lo cual la persona, además de individuo portador legítimo de intereses y necesidades privados y egoístas, deviene en ciudadano, fuente originaria del poder, titular último de la soberanía al cual solo se le puede gobernar, y nunca mandar.

Las cualidades distintivas de la gobernabilidad moderna concurrieron, sí, en la Revolución francesa, pero maduraron por separado, con tiempos y ritmos distintos.

Entre ellas, solo la confianza, expresada en el voto popular como expresión del soberano, cual poderoso y a la vez delicado hilo de cristal, las articula y las sintetiza dialécticamente en aquel asalto heroico a la Bastilla para hacer posible la República moderna.

Y como la confianza -que se funda en la buena fe y la honestidad- puede ser caracterizada, analizada y delimitada cuantitativamente de manera transparente por los ciudadanos, la confianza se convierte, por ello mismo, en el parámetro sistémico que determina la viabilidad y sostenibilidad de la gobernabilidad del arreglo republicano.

Si la buena fe y la honestidad pierden sustento social, la confianza decae y si ella decae, las libertades se marchitan, se deteriora la legalidad y sucumbe a la violencia, se enturbia la legitimidad, entra en crisis la política y lo que ella representa, se envilece la democracia en un mar de clientelismo, la impunidad descarría la justicia y el sistema de garantías mutuas y el poder, despojado de toda utilidad social, muta en violencia cruda y se coloca al servicio de la codicia y del interés particular.

Cuando la confianza agoniza, los ciudadanos desisten de ser fiscalizadores, dejan de comprometerse con el bien público. Si la confianza desaparece, los ciudadanos dejan de combatir a los arrogantes y a los tiranos y la República morirá cuando no haya más que algunos que dominan y muchos que obedecen.

El hilo conductor del arreglo republicano es ciertamente la confianza, pero la esencia de la confianza, la esencia de ese pacto, reside, fuera de toda duda, en la buena fe de sus partes y, sobre todo y por encima de todo, en la honestidad.

“Dicen los ciudadanos sabios, aquellos revestidos de autoridad, que una democracia corrupta no es democracia, porque pisotea el primero de todos los derechos ciudadanos que la República nos otorga: el de ser iguales”

Y la enfermedad terminal de la honestidad y de la buena fe que sostienen esa confianza sobre la cual se erige el arreglo republicano, es LA CORRUPCIÓN, que no se agota en la debilidad trivial de ceder a la tentación de robar, ni en la ocurrencia de eventos esporádicos de tomar provecho indebido e ilegal de la cosa pública. Esas manifestaciones de la frivolidad humana siempre existirán y en la medida en que sean precisamente casos aislados, la República se consolida, si puede identificarlos con prontitud, si puede castigarlos oportuna y legalmente y erradicarlos cuando ello sea posible.

La corrupción que nos debe interesar y preocupar es aquella que haya alcanzado tal nivel metastásico de maduración como para doblegar la honestidad y obligar a los honestos a claudicar para ver reconocidos sus derechos, a humillarse para que no le cierren las puertas, a callar y mirar para otro lado para acceder a las contrataciones públicas y a los cargos públicos. A solo taparse la nariz al entrar en las instituciones públicas.

Nos debe interesar aquella corrupción que deviene en regla de selección y elección, que aborrece el mérito y la competencia profesional, que te dice de manera inapelable a quién pagar y cuánto pagar, y, sobre todo, que te conmina a pagar para ser electo y a entrar en la lógica insensata del intercambio de favores, so pena de no estar cuando repartan con fruición lo que es de la República y de sus ciudadanos.

Nos debe angustiar cuando el nivel y alcance de la corrupción nos haga perder de vista que vivir en un país carcomido por esa cultura malévola, que vivir en un país donde todo está contaminado por la corrupción, es vivir en una sociedad indeseable en sí misma, país que solo nominalmente es una República y que solo en el papel es una democracia.

Dicen los ciudadanos sabios, aquellos revestidos de autoridad, que una democracia corrupta no es democracia, porque pisotea el primero de todos los derechos ciudadanos que la República nos otorga: el de ser iguales. En efecto, la corrupción es fuente de desigualdad.

De la experiencia reciente queda claro para todos que la corrupción es en extremo peligrosa en sí misma y capaz de atrapar a todo aquel o aquella que no tenga claro que el fin no justifica los medios. Pero el verdadero alcance de su impacto dañino solo puede ser dimensionado cuando se levanta la mirada del hecho delictivo particular para decodificarlo como cultura espuria de intercambio social, como diseño de dominio pervertido de un grupo pequeño, pero poderoso de facinerosos sobre lo político y lo económico, como mecanismo oculto y vergonzoso que dispensa favores a los delincuentes y castigo para los honestos, como forma de vida.

Esa, que migra de la trivialidad de los actos individuales y episódicos a la corrupción capaz de afectar de manera irremediable la República y la democracia, más allá de los bandidos y mafiosos que la prohíjan, es la corrupción que nos debe concitar a la lucha sin cuartel.

“[…] cuando el interés de unos pocos corruptos agavillados en los círculos cero se apropia de la República y se torna una fuerza dominante […], […] depaupera el talante ético de los decisores políticos y de los servidores públicos […]”

Resultados ominosos tiene pues la corrupción. Pero más grave aún, es a quién le abre las puertas de par en par, a quién, cual invitado indeseado, se le habilita para irrumpir en nuestra vida cotidiana y a quién, sobre todo, se le crean las condiciones materiales, morales y espirituales abyectas para que nos imponga un proyecto de colonización criminal que nos enfrenta a una amenaza mayor, que, por estar celada por la plataforma de servicios estructurada sobre las ventajas y bondades geográficas y geopolíticas del istmo panameño, nos pasa desapercibida, o, lo que es peor, con sus mieles nos engaña, cual sirena en mar tempestuoso para llevarnos a perecer en el arrecife.

Es preciso comprender que cuando el interés de unos pocos corruptos agavillados en los círculos cero se apropia de la República y se torna una fuerza dominante y tendencialmente hegemónica, esa fuerza depaupera el talante ético de los decisores políticos y de los servidores públicos, los orienta a retener poder y a acumularlo para fines egoístas e inconfesables, crea el clima propicio para compromisos con entidades de poder criminal que atentan contra el bien primario de la colectividad y que contribuyen al forjamiento de una relación instrumental compartida en cuanto dirigida a la comisión de delitos que benefician a ambos.

Dice un bardo talentoso de los nuestros, que Patria es aquel viejo árbol del que nos habla el poema, el cariño que aún guardas después de muerta la abuela, las paredes de un barrio, su esperanza morena, lo que lleva en el alma todo aquel cuando se aleja, son los mártires que gritan, ¡bandera, bandera, bandera!

Y sin ánimo de corregir tan bella e inspiradora lírica, del tantas veces laureado maestro Blades, agregaría que patria es, sin duda, el lugar donde se nace, ese terruño que nadie te puede quitar y en el cual nunca se es extranjero. Pero Patria es también, y, sobre todo, la polis en la cual todos pueden y tienen el derecho a vivir honestamente, en plena libertad y democracia, con igualdad de oportunidades para soñar y alcanzar su propio modelo de felicidad personal.

Roguemos a Dios los canaleros, como nos identifican nuestros hermanos centroamericanos, que nos ayude a espantar la cobardía, para liberar la patria de los claros intentos de colonizar la República, pisoteando la bandera de la patria, con la corrupción y la maleantería, momento en el que le diría, parafraseando al insigne GASPAR OCTAVIO HERNÁNDEZ:

“Bandera… Sube hasta perderte en el Azul y luego de flotar en la patria del querube… si ves que el hado ciego en los istmeños puso cobardía, desciende al Istmo convertida en fuego y extingue con febril desasosiego…” A LOS QUE SE APROVECHARON DE TU ESPLENDOR UN DÍA.

A la cárcel los corruptos; y que DIOS SALVE LA REPÚBLICA.

Decana de la Facultad de Derecho de la USMA.

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