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17 de May de 2022

Columnistas

El Consejo de Seguridad en Panamá (2)

“El canciller Tack me preguntó: “¿Qué harán en la Comisión [...] mientras estás en Holanda?”. Le dije que les pusiera una tarea: [...]. ]...]. De esa tarea surgió la resolución polémica, [...]”

La reunión del Consejo de Seguridad había sido gestionada en la ONU por el embajador Aquilino Boyd, pero no fue sino a principios de 1973, cuando el canciller Tack la formalizó ante la organización. Además de la resolución a ser presentada en marzo, Tack me solicitó diseñar la estrategia jurídica, diplomática y política de la reunión.

Era obvio que la resolución debía conducirnos a una ruptura con la dominación que EE. UU. ejercía sobre el Istmo desde el siglo XIX, cuando, en el marco de la Doctrina Monroe (1823) y el Convenio Mallarino-Bidlack (1846), el presidente Rutherford Hayes expuso (1870) la doctrina estadounidense del Canal.

Según Hayes, la vía acuática sería “una parte de la línea costanera de Estados Unidos”, un elemento integrado a los “medios de defensa, paz y seguridad de Estados Unidos” y que, como tal, sería defendido. Esta “doctrina” supuso un conflicto diplomático de medio siglo con Gran Bretaña, que exigía la neutralidad y la no fortificación del Canal, el cual se deslindó en 1901 a favor de Washington y en perjuicio de Panamá en 1903.

El canciller Tack me preguntó: “¿Qué harán en la Comisión (Diógenes de la Rosa, Carlos A. López Guevara, Juan Antonio Stagg, Julio Noriega, Omar Jaén Suárez, Jorge Aparicio, Boris Blanco, Jorge Illueca, Aquilino Boyd) mientras estás en Holanda?”. Le dije que les pusiera una tarea: redactar un borrador de la resolución ideal. Le expliqué cuáles eran los elementos a tomar en cuenta. De esa tarea surgió la resolución polémica, la que casi hizo fracasar la sesión del Consejo de Seguridad desde el 15 de marzo, que motivó el cierre de la reunión cuando aún no había comenzado.

Antes de viajar a La Haya, le expliqué al canciller Tack que mi misión debía ser secreta por dos razones: la primera, porque la embajada de EE. UU se enteraba de todo lo que discutíamos en Cancillería a los diez minutos; la segunda, porque la CIA me estuvo acosando desde 1966 en Panamá, en vista de que yo rechazaba los proyectos Robles-Johnson de 1967, e incluso me habían secuestrado en un viaje de mi instituto a Washington en mayo de 1970 e intentaron asesinarme en La Haya, donde me persiguieron permanentemente desde mayo hasta el 31 de diciembre de 1970.

Fueron el rector de mi instituto (un héroe nacional antifascista) y mi tutor de Relaciones Internacionales quienes me dieron refugio en el apartamento personal de la reina Juliana de Holanda, ubicado en su palacio (Queen's Palace) en La Haya (27 Molenstraat) y me ocultaron en una finca del norte de Holanda, lejos de la CIA. Esta fue una deferencia extraordinaria que me hizo el Gobierno de Holanda, pues no era permitido siquiera entrar al palacio, mucho menos prestar el apartamento de la reina a extraños.

A solicitud mía, el canciller Tack le pidió al responsable del G-2 (Manuel A. Noriega) que investigara quién o quiénes le soplaban a la embajada nuestros pasos, lo que dio sus frutos y, a raíz de esto, se tomaron medidas de seguridad.

El problema radicaba en que algunos en la comisión asesora no querían una ruptura con EE. UU., en tanto que nosotros (me refiero a Torrijos y Tack) pensábamos que lo importante era lograr la justicia de nuestra causa. La ruptura sería una consecuencia inevitable de un acto de justicia.

En La Haya, me encontraba solo en la misión, sin escoltas ni otros apoyos. Sin embargo, el embajador Aquilino Boyd, a quien le solicité diversos documentos de la ONU, nunca me los envió.

La delegación peruana, que vino a apoyarnos, incluía juristas de jerarquía, como el Dr. Juan José Calle y Calle, miembro de la Comisión de Derecho Internacional de la ONU, la cual congrega a los más prestigiosos juristas del mundo. El otro latinoamericano era Jorge Castañeda de México.

Tuve a grandes juristas como profesores en 1974 que eran miembros de dicha Comisión, en Ginebra, entre ellos, a Nikolai Ushakov, embajador de la Unión Soviética en Suiza, con quien cenaba diariamente en el Lago de Ginebra; Paul Reuter, eminencia de Francia, y Mohamed Bedjaoui, de Argelia. A este último lo entrevisté nuevamente en 1989, cuando era magistrado de la Corte Internacional de Justicia de La Haya. junto al Dr. Manfred Lachs, presidente de dicho Tribunal, de Polonia.

El Dr. Lachs, quien me dedicó su obra sobre el Derecho del Espacio Aéreo (“The Law of Outer Space”), era judío, cuya familia murió en el Holocausto, y él mismo tuvo que huir a Inglaterra. En esa ocasión, visité la Corte como agente de Panamá en dicho Tribunal, para demandar a la OEA y a EE. UU., a fin de evitar la invasión.

La delegación peruana conoció de nuestra polémica con miembros de la Comisión Asesora. Evidentemente, evitaban decirle al canciller Tack su opinión, para no ejercer una presión indebida al Gobierno panameño. Aprovechando un recorrido por el Canal, los peruanos le manifestaron al Dr. Boris Blanco, asesor económico, que “la posición de Julio Yao es la más consistente y sólida”, y Boris me lo confió enseguida e informé al canciller Tack.

Tack se enfrentaba a un dilema y me lo planteó así: “Julio, el problema es que los autores de esa resolución llevan 13 años en la ONU como embajadores y tú no. Tú vienes de Holanda”. “Sí”, le respondí, “pero nadie me ha demostrado que estoy equivocado. Además, he estudiado este problema y luchado contra la Zona como pocos desde los 8 años de edad. Mi instituto es parte de la Universidad Erasmo de Rotterdam, que no es poca cosa”.

(*) Analista internacional, exasesor de Política Exterior, residente honorario y encargado del Centro de Estudios Estratégicos Asiáticos de Panamá (Ceeap).