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02 de Jul de 2022

Columnistas

La guerra contra la memoria

Si una guerra nuclear es capaz de producir la destrucción de la humanidad y probablemente de todos sus rastros históricos, ya aquí en Panamá ese proceso de borrar los pasos por el tiempo comenzó desde hace muchas décadas

Hay dos temas recurrentes en mis escritos a lo largo de los años: el de la comunicación con todas sus ramificaciones y el de la memoria histórica, igualmente, desde todas sus perspectivas. En ambos casos, me dedico a llamar la atención sobre la necesidad de fortalecer los procesos a fin de que el ser humano pueda entenderse y dejar un legado digno en su empeño por supervivir, pero es difícil.

Cada acto de comunicación, en un mundo tan peligroso, debe ser con el propósito de avanzar la causa humana. Eso es importante en estos momentos con las fracturas comunicacionales que ha producido la guerra entre Rusia y Ucrania. Es evidente el deterioro comunicacional cuando por más de 80 días no se ha resuelto esa disputa. Y más evidente aún, es la amenaza que se aposta sobre nuestras cabezas, con el posible ingreso de Finlandia a la OTAN y las amenazas de Rusia si eso se da. Podrán los expertos darle todas las vueltas analíticas que quieran; los que saben y los que no saben de asuntos geopolíticos y globales. Pero cuando se trata de salvar a la especie, hay que ir al fondo y entender que es un problema de comunicación, y esa falla aumenta las posibilidades de guerra, probablemente a niveles nucleares. Todos estamos en peligro.

Si se da una guerra nuclear, lo más probable es que sea determinante para la vida como la conocemos. Además de amenazar el bienestar de gran parte de la especie, lo más probable es que, igualmente, desaparezcan las evidencias de que estuvimos aquí y lo que logramos como conjunto humano en lo cultural, científico, filosófico, etc. Eso lleva al otro tema, el de la memoria histórica. Es más triste que el de la guerra. Sin necesidad de armas, tanques y aviones, ya están desapareciendo toda señal de vida inteligente y los documentos y las obras para probarlo.

La Estrella de Panamá publicó el pasado 5 de mayo una nota de Yorlenne Morales que señala que: “El magistrado de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), Olmedo Arrocha fue asignado ponente de una habeas data que interpuso la docente universitaria, Ileana Golcher contra el director de Bienes Patrimoniales del Ministerio de Educación (Meduca), Aníbal Stanziola, por el extravío de 9,412 libros de la biblioteca pública Escolar Eusebio A. Morales, del Instituto Nacional”. Resalto, como dice la nota, que en esa biblioteca había libros de incalculable valor histórico. “Se trataría de libros históricos. Algunos que datan de los inicios de la República, muchos donados por expresidentes, líderes sociales, organizaciones, así como escritores nacionales e internacionales".

Si una guerra nuclear es capaz de producir la destrucción de la humanidad y probablemente de todos sus rastros históricos, ya aquí en Panamá ese proceso de borrar los pasos por el tiempo comenzó desde hace muchas décadas. Los museos alrededor del país, la casa Wilcox y la destrucción de la casa en donde estuvo Pedro Prestán en el Casco Viejo de Colón, la antigua Embajada de los Estados Unidos y muchos otros ejemplos.

Somos pocos, como la profesora Golcher, los que nos alarmamos con lo que ha sucedido en todas esas destrucciones y ahora con los libros desaparecidos de la Biblioteca del Instituto Nacional. Pero son muchos, los que han emprendido la guerra contra el legado y los procesos serios de documentación histórica, muchas veces desde las esferas de poder y los que suman y restan centavos. Aunque en sus discursos dicen lo contrario, prefieren gastar en espectáculo que en la seria responsabilidad de proteger las evidencias históricas que nuestra humanidad ha ido produciendo en favor de las futuras generaciones.

Esta irrespetuosa y grosera insensibilidad sobre el valor del legado histórico que siguen demostrando los burócratas debe terminar. Como escribió Pedro Rivera hace algunas décadas: “Ese es el costo que tienen que pagar los que han escogido como oficio la Cultura. Sentirse miserables frente a quienes con gestos desdeñosos elaboran presupuestos, suman y restan, reparten los espacios, pisotean los sueños, hunden sus pezuñas en la esperanza de los pueblos. Es cierto: la historia ignora a estos especímenes. No les reserve una línea en la más miserable de sus páginas. Pero, !cómo estorban mientras viven! Gracias a los burócratas que tomaron la decisión de no proteger el legado histórico, ya estamos sumidos en la guerra contra la memoria. Eso es lamentable.

Comunicador