• 19/05/2013 02:00

Acoso impúdico

En agosto de 2010 nos referimos al tema sobre el Miedo Incontenible, pero para entonces, dijimos que por el irreprimible temor, el sujet...

En agosto de 2010 nos referimos al tema sobre el Miedo Incontenible, pero para entonces, dijimos que por el irreprimible temor, el sujeto asustado atacó en defensa del acto provocado. En aquel momento nos remontamos al pretor Octavio desde el año 79 a. C; quien fue el promotor de la acción denominada ‘metus causa’, (causa de miedo), figura repetida en las siete partidas, en donde se invalidaba el pleito por declaraciones rendidas con miedo y ahora en evolución, nos puede conducir a la inimputabilidad del sujeto pasivo, basados en el artículo 42 de nuestro Código Penal, el cual ‘exime de culpabilidad’ a quien actúa circunstancialmente ‘Impulsado por miedo insuperable, serio, real e inminente de un mal mayor o igual al causado’. En esta oportunidad lo casamos con el acoso sexual abierto y despiadado, contra una pareja, sin excluir a la compañera sentimental del agresor.

Tenemos el escenario de este relato como ejemplo, un complejo vecinal, en donde existe una correlación amical entre dos parejas, sitio en donde el agente provocador atosiga a la mujer de su víctima, al presionar de forma paulatina para que ella acceda a sus ruegos sexuales. La trabaja con odiosas comparaciones de virilidad, exigencias inalcanzable del hombre ideal y la lluvia de constantes preocupaciones sobre el futuro bienestar, que extiende a su propia pareja y que no oculta al ofendido, a quien señala una creciente falta de hombría y en oscilaciones disminuye la consideraciones mínimas, al restar importancia a todo acto de advertencia del ofendido sobre la defensa de su honor y la protección a la honra y decoro.

Esta tragedia montada termina con una puñalada mortal en estocada, propinada por la víctima al agente provocador. No hay mejor manera de explicar estos fenómenos combinados, que con un ejemplo como el que nos ocupa. Como esta realidad se vive constantemente, estas experiencias elevadas a delito, debido a la violencia que desencadena y que llega hasta el homicidio, que generalmente califican de dolo y hasta condenan. Pero es como dice el doctor Antonio Chacón Medina(1), al referirse al acosador como una persona fría, con poco o ningún respeto a los demás. Un depredador que busca el contacto con alguien que le parece susceptible de molestar.

El hombre celoso exhibe una personalidad débil, dependiente, insegura, carente de autonomía. El propio entorno y la incapacidad de lograr mejores condiciones de vida, lo hace desvalorizarse al extremo de creer que le pueden arrebatar a su pareja. Ante esta angustia creciente su comportamiento se aparta de lo razonable o coherente, para convertirse en un hombre paranoico con el ánimo de retener a cualquier costo a su pareja, razón por la cual restringe la libertad de movilidad física y psíquica de su yunta, lo que hace mucho más difícil la convivencia en el hogar; pero así, empinado en sus percepciones, intuiciones e interpretaciones subjetivas, esclarece el misterio y comprueba el engaño y admite su honor mancillado.

Tenemos que tomar en cuenta a los cuatro actores. La agresividad del acosador pernicioso con un radio de operaciones al descubierto; su pareja con indolente inacción cómplice, la mujer de la víctima, con una actitud pasiva y tolerante y por qué no decirlo, hasta moderadamente permisiva y finalmente la víctima, con mucho miedo a descubrir la insana realidad, más el miedo de enfrentar el desafío, aparte de la inseguridad de su propia relación. Esto es lo que lleva a muchos hombres a justificar su incapacidad para reclamar por el recelo que los agobia.

Esta respuesta emocional compleja surge en la medida que la persona siente la sombra de la amenaza, en este caso su propia pareja. Los orientales llaman la loca de la casa a la mente, capaz de interpretar la sospecha de una inusual atención de su pareja por un tercero, lo que empieza de la nada, de la casualidad, de una simple coincidencia en las miradas o los gestos dispensados en atención al otro.

Hay muchas cosas que se resguardan en la privacidad y, en especial, la intimidad compartida de la pareja monogámica en resguardo de la paternidad, la dependencia material; de modo que nos encontramos frente a dos infidelidades, en la mujer, ante la posibilidad de mermar en los beneficios de la condición de proveedor del varón y a la inversa, si hay dudas en la carga genética, pero para todos los casos, ese sentido de propiedad de los cuerpos lo que se consagra con la copulación y la exclusividad de tales favores.

Afiebrado por su actitud posesiva, el afectado por los celos, quiere disponer de su pareja como si fuera objeto de su propiedad privada e igualmente, empieza la persecución con la estricta vigilancia, todo es motivo de sospecha, se revisan las carteras y bolsillos constantemente, las llamadas telefónicas ni se diga. Se dan largos y tediosos interrogatorios. Teme que alguien pueda arrebatar su amor, debido a su propia inseguridad, considera que él no vale nada por su bajo nivel de autoestima. Esto ocurre igualmente a la inversa, debido al delirio celotípio, pero al final esta afección mata.

Cuatro veces le sonaron al afectado las alarmas de la celopatía, hablo con todos, acordaron que se distanciaran para evitar habladurías, pero en el recelo, pudo notar una llamada extraña a su mujer y comprobó que era del acosador, entonces reclamó, habló con los tres y entró en furia contra su impotencia, agarró un cuchillo y amenazó a su cuñado y en eso llegó el ultrajador y lo enfrentó con botellas y piedras, se defendió con el arma que ‘puyó’ en una especie de estocada, una sola herida. Trató de llevarlo al hospital, pero el sujeto gravemente herido muere desangrado.

ABOGADO Y DOCENTE UNIVERSITARIO.

(1) PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA, ESPAÑA, ES EL AUTOR DE LA OBRA ‘UNA NUEVA CARA DE INTERNET’.

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