Decodificando valores: la permeabilidad política

  • 30/04/2026 00:00

Imagine nuestra sociedad como una gran producción cinematográfica. Los dirigentes políticos son los productores; los funcionarios, desde los más altos hasta los más modestos, conforman el elenco y el equipo técnico. Ahora imagine que esos productores, en lugar de contratar a los profesionales más capacitados para cada rol, deciden nombrar a sus amigos, familiares y demás sicofantes, independientemente de su talento o experiencia. El resultado no es difícil de prever: una producción mediocre, desorganizada y condenada al fracaso. En el mundo real, este fenómeno tiene nombre: caquistocracia, el gobierno de los menos aptos.

En una industria competitiva, una película mal producida simplemente fracasa en la taquilla y es reemplazada por otra mejor. Pero en la política no hay otra disponible. Cuando la oposición es débil o ineficaz, los ciudadanos quedan atrapados viendo una única función, sin posibilidad real de elegir. La alternativa, muchas veces, es radical: emigrar, abandonar el entorno personal y profesional, como han hecho millones en tantos países autocráticos, disfuncionales.

Para quienes no pueden o no quieren “salir de la sala”, las consecuencias de este mal casting son concretas, afecta nuestra calidad de vida: cuánto pagamos en impuestos, cómo se distribuyen los recursos públicos, la calidad de la justicia, la seguridad y hasta la política exterior. Sin embargo, solemos subestimar un rol clave de los políticos: no solo gobiernan, también deciden quién gobierna en cada nivel. Son, en esencia, directores de casting.

El funcionamiento del Estado es profundamente jerárquico. Un presidente nombra ministros; estos designan directores; los directores, jefes de departamento; y así sucesivamente, hasta llegar a los funcionarios que interactúan directamente con los ciudadanos. Cada nivel replica, en mayor o menor medida, los valores y criterios del nivel superior.

Cuando el criterio dominante es la lealtad en lugar del mérito, se produce un efecto en cascada. Un líder débil, prejuicioso o incompetente tiende a rodearse de perfiles similares. Estos, a su vez, hacen lo propio. Con el tiempo, esa lógica se filtra hasta los niveles más bajos de la administración pública, donde las decisiones afectan directamente a nuestras vidas.

El problema no es solo quién ocupa un cargo, sino cómo lo ejerce. Como han demostrado estudios sobre el juicio humano (como en el libro “Ruido: un juicio en el fallo humano”), personas distintas pueden tomar decisiones muy diferentes ante situaciones similares. Aunque existan leyes, siempre hay un margen de interpretación. Un juez puede ser más o menos severo; un inspector más o menos riguroso; un funcionario más o menos eficiente. Cuando esas decisiones dependen de favoritismos o valores distorsionados, en lugar de criterios profesionales, el sistema pierde legitimidad y nosotros, nuestra sanidad. Así, la elección de un político no es solo una decisión sobre discursos o promesas. Es, en realidad, una decisión sobre miles de futuros nombramientos que influirán en la vida de todos.

Frente a esto, el votante tiene una tarea más exigente que la simple reacción emocional o la simpatía personal. Evaluar a un candidato implica observar su trayectoria: qué decisiones ha tomado, cómo ha gestionado equipos, qué criterios ha aplicado para delegar responsabilidades, cómo se comporta en entornos personales y profesionales. No es una tarea sencilla.

En ese proceso, los medios de comunicación cumplen un papel fundamental. Sin embargo, también pueden verse afectados por las mismas dinámicas de influencia y lealtad. Cuando la cobertura mediática se negocia o se distorsiona, la capacidad del ciudadano para informarse se debilita. Proteger la independencia de los medios es, por tanto, una condición necesaria para mejorar la calidad del “casting” político.

Al final, los ciudadanos no somos espectadores pasivos, aunque a veces lo parezca. Tenemos un importante papel, limitado pero real, en la elección de quienes dirigirán esta única película que es la vida en sociedad.

Si el criterio dominante es el mérito, la profesionalidad y la integridad, el resultado será una obra más sólida, más justa y funcional. Si, por el contrario, prevalecen la lealtad ciega y el amiguismo, la película seguirá proyectándose... pero difícilmente será una que valga la pena ver.

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