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- 18/08/2026 00:00
Doris Rosas de Mata: la ministra que entendió que educar también es saber escuchar y tender puentes
Hay personas que pasan por un cargo y dejan huella, no por el ruido que hacen, sino por la manera en que logran conectar con los demás. Una de esas personas es Doris Rosas de Mata, quien fue ministra de Educación en Panamá durante el gobierno de Mireya Moscoso. Al frente de un sistema tan grande como complejo, no solo asumió el reto con firmeza, sino que supo imprimir un sello que aún perdura: el valor del acuerdo, la fuerza de las instituciones y una forma de hacer política educativa con alma participativa.
Su gran acierto fue darse cuenta de que ninguna transformación en educación puede imponerse desde un escritorio. Que maestros, familias, estudiantes y comunidades tenían que ser parte de la conversación. Por eso, abrió canales de diálogo con los gremios docentes y otros actores sociales, convencida de que hasta las diferencias más complejas podían convertirse en oportunidades de entendimiento.
Tal vez el capítulo más entrañable de su gestión fue precisamente ese: el vínculo que construyó con los educadores. En medio de desacuerdos sobre jubilaciones, condiciones laborales y otras demandas sentidas, Rosas de Mata eligió siempre la mesa de diálogo. No como un gesto simbólico, sino como una práctica constante. Escuchó, se reunió una y otra vez con las organizaciones magisteriales, y así fue posible avanzar en una agenda de reivindicaciones con salidas reales. No se trataba de perder autoridad, sino de ejercerla desde la cercanía y el respeto mutuo.
Otro de sus aportes profundos fue la actualización del marco legal educativo, especialmente con la Ley 50 de 2002, que reformó la Ley Orgánica de Educación. Esa norma no solo amplió la participación de las comunidades educativas, sino que impulsó el Proyecto Educativo de Centro, devolviendo a cada escuela la posibilidad de mirarse a sí misma, reconocer sus propias necesidades y trazar su propio camino.
Durante su gestión, también puso un énfasis especial en la educación en valores. Promovió iniciativas de formación moral y cívica, como aquella promesa estudiantil que vinculaba el estudio con la verdad y la honradez. Una idea que resuena con las palabras del educador Tsunesaburo Makiguchi: “la función de la educación consiste en guiar la vida inconsciente hacia la existencia consciente; la vida sin valor, hacia la existencia valiosa; la vida irracional, hacia la razón”.
No podemos olvidar tampoco su impulso al Fondo de Equidad y Calidad de la Educación (FECE), una herramienta clave para atender necesidades concretas en infraestructura, equipamiento, materiales y bienestar estudiantil. Su gran virtud fue acercar los recursos a la realidad de cada centro, porque sabía que ahí, en lo cotidiano, es donde realmente se juega el futuro.
También promovió espacios de participación regional y comunitaria, junto a programas de formación y actualización para los maestros. Para ella, el docente no era un simple ejecutor de normas, sino un protagonista imprescindible del cambio. En lo físico, aquellos años vieron multiplicarse los proyectos de construcción, rehabilitación y equipamiento escolar, con especial atención en las escuelas formadoras de maestros. Porque invertir en ellos era, para ella, invertir en el porvenir de todo el sistema.
Claro que no podemos atribuirle en solitario cada logro de aquel período. La política educativa es siempre un tejido colectivo: la Presidencia, el Ministerio, la Asamblea, los gremios y la sociedad civil confluyen en ella. Y tampoco su gestión resolvió todos los problemas históricos de la educación panameña. Pero su legado merece ser recordado por una razón esencial: entendió que reformar la educación es, ante todo, construir confianza institucional. Su trayectoria nos demuestra que escuchar no es debilidad, negociar no es rendirse, y buscar consensos puede ser la forma más humana y eficaz de gobernar.
Hoy, cuando la confrontación suele ocupar el lugar del diálogo, recordar a Doris Rosas de Mata no es solo un acto de justicia, sino una invitación. Porque su obra mayor quizá no sea un edificio ni un programa específico, sino una forma de entender lo público: educar, transformar y gestionar es, también, escuchar, conversar y construir juntos.