El movimiento telúrico ocurrió a las 7:34 a.m., hora local, y tuvo una profundidad estimada de 76 kilómetros
Hablar del estado de la literatura panameña obliga a reconocer una contradicción. Panamá tiene una tradición literaria sólida, autores reconocidos, concursos, programas de formación y una Feria Internacional del Libro que reúne a buena parte del sector. Sin embargo, seguimos enfrentando problemas de publicación, distribución, comercialización y visibilidad, especialmente cuando se trata de autores emergentes o que viven fuera de la Ciudad de Panamá.
Por eso, el problema de nuestra literatura no es que no se escriba. Se escribe, y bien. El verdadero problema es quién consigue publicar, quién logra ser visto, dónde circulan los libros y quién puede convertir la escritura en una carrera sostenible. Esta desigualdad se hace más evidente en las provincias, donde existe talento, pero no siempre las mismas oportunidades.
La historia demuestra que el interior ha producido autores fundamentales. María Olimpia de Obaldía, Carlos Francisco Changmarín, José Franco, Salomón Ponce Aguilera, Hersilia Ramos de Argote y, más recientemente, Ela Urriola son parte de una tradición que demuestra que la calidad literaria no está concentrada en la capital. El obstáculo está, en buena medida, en el ecosistema. Publicar requiere corrección, diseño, impresión, distribución y promoción. En un mercado pequeño, esos costos pueden ser difíciles de asumir. El autor independiente termina muchas veces siendo editor, promotor, gestor cultural, community manager y vendedor de su propia obra. Y publicar no garantiza que el libro llegue a los lectores.
Aquí aparece uno de los principales problemas: la centralización cultural. Editoriales, librerías, medios, instituciones, eventos y contactos siguen concentrándose en la capital. Un escritor de Chiriquí, Veraguas, Coclé o Bocas del Toro puede tener una obra de calidad y, aun así, enfrentar mayores dificultades para conectarse con quienes pueden ayudarlo a construir una trayectoria. Descentralizar, por tanto, no significa simplemente llevar ocasionalmente una actividad de la capital a una provincia. Significa crear condiciones permanentes para producir, publicar, distribuir, leer y discutir literatura en cada territorio.
La tecnología ha abierto algunas puertas. Después de la pandemia crecieron las presentaciones virtuales, los eventos híbridos, las comunidades de lectores en línea y las ventas digitales. La autopublicación, los libros electrónicos y plataformas como Amazon permiten hoy que un escritor de David, Santiago, Chitré, Penonomé o Colón pueda llegar a lectores sin tener que mudarse a Ciudad de Panamá. Pero la tecnología tampoco es una solución mágica. Ha democratizado la publicación, pero también aumentó la cantidad de textos que compiten por la atención. Publicar es más fácil; ser encontrado, no. Además, la inteligencia artificial ofrece herramientas útiles para investigar, corregir y organizar ideas, pero plantea el riesgo de producir textos cada vez más formulaicos si el autor sustituye su propia voz por la herramienta.
Por eso, hoy existe una paradoja: nunca había sido tan fácil publicar, pero todavía es difícil construir una carrera literaria. El campo sigue siendo centralizado y, en cierta medida, elitista, aunque ya no esté completamente cerrado. Las redes sociales, los colectivos, las universidades regionales, los premios y los eventos provinciales han abierto nuevos caminos.
En este proceso, las ferias tienen un papel fundamental. No solo venden libros: crean comunidad, generan contactos y ofrecen legitimación. La Feria Nacional del Libro en Azuero, la Feria Internacional del Libro de Colón y los encuentros literarios realizados en Coclé muestran que la descentralización ya está ocurriendo. Son iniciativas que demuestran que el interior no debe ser únicamente receptor de la cultura producida en la capital, sino también productor y protagonista.
El desafío es pasar de las actividades aisladas a los ecosistemas. Descentralizar implica fortalecer, al menos, cuatro dimensiones: producción, circulación, legitimación y formación. Necesitamos escritores, pero también lectores; bibliotecas, librerías, editoriales, talleres, universidades, ferias, gestores culturales y espacios de crítica.
El Estado tiene herramientas para contribuir a este proceso, como el Programa de Formación de Escritores y los concursos literarios. Sin embargo, una política cultural no debería medirse únicamente por la cantidad de premios entregados. El verdadero éxito estaría en construir condiciones para que más personas puedan escribir, editar, publicar, distribuir, vender, leer y discutir libros.
El futuro de la literatura panameña dependerá de nuestra capacidad para combinar las nuevas herramientas digitales con una política cultural verdaderamente descentralizada. El objetivo debería ser sencillo: que escribir desde el interior de Panamá deje de significar, necesariamente, estar en desventaja frente a quien escribe desde la capital. Tenemos escritores. Lo que necesitamos ahora son ecosistemas literarios capaces de sostenerlos.