• 28/11/2017 01:02

Ensayo sobre el perfil del futuro presidente

Es indispensable servir sin defecciones la doctrina del interés público y no ceder ante los juegos políticos (politiqueros) que conspiran contra la dignidad.

La decepcionante experiencia sufrida por la ciudadanía frente a la incapacidad, improbidad, irresponsabilidad del actual presidente, Juan Carlos Varela (2014-2019), impone pensar en delinear cualidades indispensables que debiera reunir como mínimo el perfil del próximo presidente de la República, en relación a su compromiso como gobernante para el periodo constitucional (2019-2024).

Analicemos, pues, las cualidades pertinentes que la ciudadanía debiera exigir a los candidatos a la Presidencia de la República, a partir del período (2019-2024) y periodos subsiguientes:

Probidad. Estar debidamente capacitado para desempeñar el alto cargo de presidente de la República, con cabal sentido de responsabilidad, conciencia de la propia idoneidad y probado espíritu de sacrificio, en el entendimiento de que el ser gobernante no es una canonjía ni un bien de uso indiscriminado sino un mandato que da derechos pero que también impone deberes indeclinables.

Carácter-coraje. Tener entereza de saberse abstener a las influencias partidarias, a las presiones de grupos y a toda demanda unilateral de los intereses creados, comprendiendo que la única causa que ha de servirse es la del bien de la comunidad nacional. Proceder con ecuanimidad, juicio sereno y decisión firme en la solución de los problemas que se plantean a su personal consideración y obrar sin flaquezas ni dubitaciones cuando se trate de reprimir la ilegalidad y castigar sin violaciones de la Constitución y las leyes de la República.

Honestidad a toda prueba. Significa que debe ser capaz de escoger colaboradores competentes, honestos y laboriosos, librándose de los males del favoritismo y de los afectos familiares, valores negativos si no se fundamentan con el testimonio de una probada eficiencia y una indiscutible solvencia moral. Ser consecuente y cumplir lealmente los propósitos y promesas expuestas en su plan de Gobierno, avalando la seriedad de lo propuesto y de las promesas con actitudes de consecuencia principista y rectitud funcional.

Conducta rectilínea como ejemplo. Esto obliga a tener presente en todo momento, que para exigir a sus colaboradores inmediatos, directores, funcionarios y a la ciudadanía en general, orden, honradez, conducta y esfuerzo, es preciso desempeñarse en los planos superiores siempre con fuerza de ejemplaridad, en el entendimiento de que no existe una moral privada y una moral pública porque la moral es una sola e indivisible y no admite una interpretación dual.

Formación democrática indiscutible. Significa estar consciente de que el mandato del pueblo (el soberano) es fundamental en el sistema democrático. ‘Del pueblo por el pueblo y para el pueblo'. El pueblo es el mandante; el presidente o gobernante, es el mandatario. Es indispensable servir sin defecciones la doctrina del interés público y no ceder ante los juegos políticos (politiqueros) que conspiran contra la dignidad. Es obligante para el mandatario comportarse con conducta y exento de pasiones, firme el convencimiento de que no existen amigos y adversarios sino integrantes de una única entidad institucional.

Valiente, austero, decidido. El presidente, gobernante o mandatario, debe desempeñarse siempre como un hombre valiente; aplicar el principio de austeridad en el manejo de la administración pública, cuidando de no malgastar los recursos del erario que puedan afectar un buen servicio de la educación, la salud y la debida asistencia social a la comunidad nacional. Y, sobre todo, tener la valentía de renunciar o abandonar el cargo que se desempeña o la representación que se inviste, cuando está en peligro el mantenimiento de una recta línea de conducta o cuando la vindicta pública señala con su dedo acusador la violación de los deberes, la incapacidad funcional o el abuso de las facultades otorgadas, entendiendo que honra más una retirada digna que mantener un poder detentado por razón de empecinada prepotencia y sin contar con la confianza de los gobernados y el respeto de la sociedad.

Infortunadamente, el presidente Juan Carlos Varela, perdió la confianza de sus gobernados por su incapacidad, egoísmo, hipocresía, mendacidad; su condición de santurrón, derrochador del tesoro público, llega al fin de su mandato despreciado por el pueblo (se me figura aquel honradísimo católico que, al pasar frente a un templo, se descubrió respetuoso sin advertir que levantado el sombrero se escapaba el canario hurtado a su vecino).

PEDAGOGO, ESCRITOR Y DIPLOMÁTICO.

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