• 10/08/2011 02:00

La confianza mató al gato

EX DIPUTADA DE LA REPÚBLICA.. La primera semana de agosto ha estado marcada por noticias preocupantes, dentro y fuera del país. Sobresa...

EX DIPUTADA DE LA REPÚBLICA.

La primera semana de agosto ha estado marcada por noticias preocupantes, dentro y fuera del país. Sobresalen: la bacteria KPC y el mosquito Aedes aegypti aquí, y el nivel de gastos y de deuda pública de Estados Unidos y Europa. Sobre la salud física, ojalá hayamos tomado conciencia de la importancia de la prevención temprana para evitar lamentaciones tardías. En cuanto a la salud financiera, ojalá el mal ejemplo de unas finanzas públicas manejadas con excesiva liberalidad nos haya enseñado algo, para pensar cómo podemos evitar que cosa similar ocurra en Panamá y cómo se afectaría nuestro bolsillo si sucediera. Muchos conocedores han aconsejado mesura en el manejo de los dineros públicos panameños, precisamente para evitarnos un trauma como el sufrido en otros países por su falta de cautela.

Pensemos: la deuda del gobierno estadounidense es gigantesca. Sobrepasaba los US$14 millones de millones, creciendo al ritmo de US$4 mil millones diarios. Por ley no podía aumentarse más, pero les llegó el momento en que los ingresos corrientes no alcanzaban para poder satisfacer todos los compromisos federales. Republicanos y demócratas no coincidían en la solución: unos insistían en recortar gastos, incluyendo subsidios a pobres; otros, en aumentar impuestos a ricos. Para salir del problema, a última hora se logró un acuerdo: aumento de la deuda en más de US$2 millones de millones, y recorte de gastos en cantidad similar. No se aprobaron nuevos impuestos, pero hay quienes aseguran que estas disposiciones son sólo paliativos engañosos de cortísimo plazo, influenciadas por la preocupación política del momento frente a las elecciones de noviembre del próximo año. Ninguno de los dos partidos está dispuesto a pagar ese alto costo político ahora.

Frente a estas medidas, una de las calificadoras de riesgo, en un hecho sin precedentes, bajó el nivel de la deuda norteamericana, de grado de inversión triple A a doble A+. Ciertamente que eso no afecta la seguridad del pago de la deuda estadounidense, pero envía un aviso de alerta a la clase política: un problema financiero de esta índole sólo se puede encarar de raíz, resolviendo sus aspectos técnicos, no los factores políticos; y, mientras no se reconozca esa realidad, lo único que se logrará será trasladarlo, sin solución permanente, a futuras generaciones.

Proporciones guardadas, hay semejanzas y contrastes con nuestro país. Nuestra deuda pública ronda los B/.14 mil millones; las autoridades aseguran que se puede aumentar debido al magnífico nivel de crecimiento de nuestra economía. Y así lo hacen. Con una envidiable calificación de riesgo de inversión —que nos aumentan a BBB positivo— le resulta fácil al gobierno pedir plata prestada a un interés bajo; pero, ¿qué repercusión tendría una posible disminución del crecimiento económico futuro, que nos obligara a pagar mayores intereses por el dinero que nos presten inversionistas si tuvieran una menor confianza en nuestra capacidad de pago?

Una deuda más onerosa limitaría los fondos disponibles al gobierno y, por otro lado, un recorte de gastos le significaría el costo político de castigar a los sectores que sufrirían la reducción, especialmente si se tratara de desembolsos fijos, como subsidios por enfermedad o jubilaciones. Ambas medidas —aumento de intereses y reducción de gastos— podrían empeorar el estancamiento económico; es el dilema en Estados Unidos que se agrava —para ellos y nosotros— con la medida inflacionaria de más papel moneda, de menos valor, para financiar sus gastos. Por eso es sumamente prudente cuidar el monto del endeudamiento público, como en nuestro medio ya lo vienen advirtiendo voces conocedoras.

Debemos mirarnos en aquel espejo para comprobar que esos fenómenos pueden golpearnos, si somos imprudentes. Estamos a tiempo de limitar el endeudamiento a un nivel juicioso, sin confiar ciegamente en un crecimiento económico que, aunque se vea con optimismo, mañana podría no ocurrir al nivel proyectado. También debemos ser cautelosos en relación al nivel de gastos y desembolsos, estando siempre pendientes de la posibilidad de efectuar los recortes menos dañinos cuando sea necesario. No controlamos una economía mundial que podría verse afectada sin que podamos hacer nada al respecto. Hoy, podemos gastar, pero mañana podría no ser igual. La confianza mató al gato.

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