• 01/04/2009 02:00

Sicópatas del poder

Hay quienes aseguran que en conversaciones privadas el candidato opositor Ricardo Martinelli ha confesado que para arrebatar el poder po...

Hay quienes aseguran que en conversaciones privadas el candidato opositor Ricardo Martinelli ha confesado que para arrebatar el poder político del Estado estaría dispuesto a aliarse hasta con el mismo Lucifer. Lo que está comprobado, por abundantes testimonios de sicólogos y siquiatras que han estudiado el caso, es el carácter patológico de las pretensiones desmedidas de individuos que procuran asaltar el poder público. Esos personajes proyectan un empeño insaciable que no se detiene hasta adueñarse de lo que consideran el botín de guerra del Estado. En ese desenfreno por imponer el poder sobre otros, asfixian incluso a quienes ciegamente los respaldaron para alcanzar sus fines. La capacidad de destrucción de esos sicópatas del poder no conoce límites.

Martinelli reproduce esos síntomas. En su campaña hacia la Presidencia de la República trata de banalizar el proceso electoral mediante un bombardeo propagandístico en el que el engaño y la demagogia son las armas principales. Pretende así comprar o manipular las conciencias de los electores y secuestrar la voluntad popular. Procura que su novela negra se torne adictiva para que los votantes sucumban ante la mediocridad de su contenido. Su andamiaje está construido sobre el cálculo artero de ventajas ocasionales, con lo más viciado del quehacer político, el personalismo, la designación de a dedo y la figuración mediática. Pero los votantes rechazan lo que reconocen como engañoso.

Martinelli ha demostrado que su concepción del poder se basa en la supremacía de una minoría elitista que se considera dueña del país. Ha tratado de mermar con el descrédito el ejercicio de la política, buscando entronizar lo mediocre e irrelevante sobre la virtud. Su sicología política es una incrustación trágica en el proceso democrático panameño. Los fantasmas querellantes de Martinelli, para emplear la jerga sicoanalítica, lo están dominando totalmente. Ignora que la política no es compra de conciencias ni venta de voluntades. La política la conforman principios, ideología, compromiso.

Pero Martinelli es un oportunista, un cazador al acecho, a quien no se le ha pasado por la mente lo que significa hacer política genuina en un país como Panamá. La sociedad está obligada a rebasarlo y tomar conciencia de la responsabilidad que le cabe frente a las decisiones que deben asumirse en las elecciones de mayo próximo.

La tarea de gobernar la Nación trae consigo el deber de unir y no el de hurgar en la división social. Esa gestión no puede basarse en la confrontación y el conflicto. No está sujeta a identificar permanentemente a los enemigos para tratar de ponerlos de rodillas. Se requiere de una gran cuota de racionalidad y prudencia. Panamá no puede convertirse en una Nación políticamente desestructurada y emocionalmente desorientada. Hay un país que espera.

Llegó el momento de las definiciones, de tomar conciencia de la encrucijada que se tiene por delante. La disyuntiva es profundizar y consolidar las transformaciones sociales iniciadas por el actual gobierno o dar un paso al vacío y al retroceso. La hora de Panamá debe estar cada vez más cerca de convertirse en una realidad de la cual todos sus ciudadanos se sientan orgullosos.

-El autor es periodista.d_olaciregui@hotmail.com

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