• 04/10/2015 02:00

Promover el trabajo y la producción

Panamá no necesita un cambio de Gobierno. No necesita de alquimias políticas para encubrir la realidad de un Gobierno débil y aislado. 

Panamá no necesita un cambio de Gobierno. No necesita de alquimias políticas para encubrir la realidad de un Gobierno débil y aislado. Panamá necesita, sí, revertir la curva de decadencia moral y sacar del baúl del recuerdo las mejores ideas que han trabajado anteriormente en la solución de nuestros problemas históricos.

Panamá se está derrumbando y es deber cívico de todos poner el hombro para apuntalarlo. En esta hora crítica, hay que ser prudente con las palabras y desinteresados con los gestos. Pero que nadie se llame a engaño: éste no es el país que queremos para nosotros y nuestros hijos. No puede serlo, porque nadie elige convivir con una inseguridad galopante, con una corrupción desbocada y con un sistema económico que no beneficia a los pobres. Además, en el exterior nos acusan de paraíso fiscal y blanqueadores de capital. Y gran parte de razón les asiste y es bueno admitirlo, porque nos confirma, a la vez, que de esta acusación, no solo económica sino moral, solo saldremos con nuestro propio esfuerzo y nuestra propia inteligencia.

Hay que advertir que la inseguridad y la ola de asaltos no son solo un factor de incapacidad política o inestabilidad social, es también la peor de las violaciones a los derechos ciudadanos. Porque significa que quienes nos sentimos vulnerables no tenemos garantizados nuestros derechos a la vida. Desde ese punto de vista, es lo peor que tenemos actualmente en Panamá.

Sin embargo, no es la magnitud ni la duración de la inseguridad lo que genera frustración, sino la carencia de un proyecto que convoque al esfuerzo, a la audacia y a la energía creadora.

Todos hemos cometido errores y desde hace mucho tiempo. Recuerdo cuando el agua potable en Panamá era la mejor del mundo. Hoy, nuestra agua, cuando llega al grifo, carece de esa cualidad y en muchos casos sobrepasa los niveles aceptables de cloro, lodo y turbidez. Es solo un ejemplo, pero sirve para reconocer crudamente nuestras equivocaciones y entender el camino a seguir.

Si el objetivo es solucionar los problemas, es necesario rescatar nuestras mejores ideas y ser capaces de elaborar una identidad productiva propia y una estrategia de desarrollo nacional. Esto implica redefinir la relación entre el mercado, el Estado y la sociedad civil a partir de las instituciones, la producción y los valores culturales.

En ese camino hay una tarea central: replantear la relación interna del poder en Panamá. Eso significa dar una difícil, pero inevitable pelea para que los sectores productivos ocupen el centro de la escena nacional y desplacen a la política partidista del sistema de toma de decisiones. Esa transformación implica una reforma del Estado en la que el criterio de la chequera y del clientelismo no puede estar por encima del concepto estratégico de país, el verdadero regulador del equilibrio social e impulsor del desarrollo.

Es un error pensar que no hay nada que hacer hasta ver presos a los culpables de los actos de corrupción del Gobierno anterior y que todo el proyecto del Gobierno pasa por los dictados del Ministerio Público. Es esencial no olvidar que la calidad de las instituciones, la gestión de la Contraloría General de la República, la imparcialidad de la justicia, la transformación de la educación básica, la creación de marcos regulatorios novedosos, la defensa de los consumidores, la protección del medioambiente, la desburocratización del Estado y la descentralización municipal son campos donde nuevas ideas, nuevos sistemas de razonamiento, resultan imprescindibles para construir un país diferente al de hoy.

Hace sesenta años, Panamá atravesó una crisis moral y política que admite cierto paralelismo con la realidad de nuestros días. Al subir a la Presidencia en 1956, Ernesto de la Guardia escribió, de puño y letra, una nota de sugerente vigencia a Chinchorro Carles, su ministro de Hacienda y Tesoro, donde le decía: ‘El poder de un país no se mide por sus riquezas naturales, sino por la importancia del trabajo nacional. Promover y proteger este trabajo no solo es el derecho de los ciudadanos, sino el deber de mi Gobierno '.

Por eso, aquella vieja idea de que el campo, el trabajo y el mercado interno son pilares clave para construir el poder y la riqueza de un país, adquiere hoy una tremenda vigencia. Porque son los sectores productivos los verdaderos protagonistas de la economía y los que nos van a devolver la voluntad de ser un gran país.

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